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Siempre llego tarde

Novelas y Relatos de Carmen Fernández

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Mis relatos

ISABEL.

Despertó de nuevo. Se levantó de inmediato. Solamente una idea ocupaba su cerebro: había quedado a cenar con su familia. Un pensamiento esperanzador se había abierto camino haciéndole olvidar. Tal vez él estuviera allí, al final de las escaleras; esperándola. Tal vez todo lo demás había sido un mal sueño. 

Como entre tinieblas, fue al cuarto de baño y abrió el grifo para eliminar los vestigios del llanto. Sentía arder sus mejillas. Con ambas manos vertió varias veces agua sobre su rostro, en un vano intento de refrescarlo y hacer desaparecer las huellas de sus sollozos. No tenía fuerza para permanecer inactiva en la ducha, aunque solo fuera unos minutos. Se maquilló y puso todo el interés del que era capaz en esos momentos en eliminar las manchas rojizas que aparecían por doquier. Pintó sus labios de rosa fucsia, ¡mucho mejor! Tomó el vestido que la esperaba desde la noche anterior junto a la larga capa negra. Su pelo, en agresivo contraste con su capa, parecía más dorado que de costumbre. Sin embargo, sus ojos, de un extraño azul turquesa, en esos momentos parecían grises. Salió corriendo de su dormitorio, tenía que comprobar qué había ocurrido. 

No había nadie al final de las escaleras. 

Ni al atravesar el portal de su casa.

Cogió apresuradamente su coche para dirigirse al lugar donde esa noche se reuniría toda la familia. Tratando de centrarse en conducir, la realidad se fue imponiendo de nuevo. No había vuelta atrás. Él no podía estar allí. Él no podía estar ya en ningún sitio para ella.

Paró el coche junto al puente. Descendió de él sin quitar la llave de contacto. La música que se escuchaba desde la profundidad de la noche, como un terrible presagio, se mezclaba con el sonido del motor en marcha. Madame Butterfly cantaba su última aria despidiéndose del mundo con determinación: Amore, addio! Addio, piccolo amore! Va, gioca, gioca!

Puso de manera instintiva, sobre sus desnudos y fríos hombros, la negra capa de seda salvaje que la protegía de la noche, y abrochó el único botón que sujetaba la tirilla alrededor de su esbelto cuello. Sintió el peso enorme de sus huesos y dio unos pasos con dificultad, pensando que se iba a derrumbar. Se apoyó en la barandilla. La carga era excesiva. ¿Qué iba a decir a su familia? ¿Qué era lo que pretendía celebrar?

Se asomó por la ancha barandilla del puente. La profundidad abismal que contemplaba era fiel reflejo de sus sentimientos. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Como respuesta a un reclamo de su angustia, recordó una frase de Goethe que siempre le había impresionado: «Si la mañana no nos desvela para nuevas alegrías, y si por la noche no nos queda ninguna esperanza, ¿es que vale la pena vestirse y desnudarse?».

De pronto se sintió ligera. Como un autómata, se encaramó a la ancha barandilla. El abismo la llamaba, parecía un lecho amoroso donde podría reposar tranquila. Ya podía contestar a la angustiosa pregunta. Asió el borde de su negra capa, y como si fuera una extensión de su cuerpo, abrió los brazos en cruz saboreando anticipadamente la deseada paz y se dejó caer para emprender un vuelo sin retorno. Por un instante fue consciente de la decisión que acababa de tomar y quiso recuperar su equilibrio para volver a pisar el suelo.

¡Demasiado tarde, Isabel!

Corresponde al final del —Capítulo I— de NO QUIERO VIVIR SIN TI.

NOSTALGIA II

Ya en mi adolescencia Había una canción que contenía la misma palabra y me   producía intensa emoción, mitad dulce mitad triste:

“Desde la colina contemplé, donde yo mi amor te confesé, el tiempo ha pasado, todo lo ha borrado, tan solo NOSTALGIA sentiré”

Me encantaba la canción y sentía, ilusoriamente, la dulce nostalgia de ese amor ya acabado (aunque todavía no tenía ninguna experiencia en el amor).

Al cumplir dieciocho años me trasladé a San Sebastián durante todo un curso. Disfruté mucho en mis clases de diseño de ropa, nunca falté a una clase, eso que tenía compañeras que continuamente me invitaban a sus fiestas, pero yo quería aprovechar muy bien mi tiempo. Los fines de semana era distinto, salía con una prima, a la que adoraba, y que también estudiaba en San Sebastián. A menudo los pasábamos en Deva, que era su auténtico domicilio —claro, y de mis tíos—, ella tenía allí su cuadrilla de amigos, todos encantadores.

Durante la temporada baja preparaban unos maravillosos guateques en el hotel de los padres de una de las amigas. Nos dejaban la sala de baile, cuyos grandes ventanales daban a la playa, allí pasábamos la tarde merendando y bailando.

EN EL PIK UP SONABA LA VOZ DE NAT KING COLE………………

Aquellos ojos verdes, de mirada serena, dejaron en mi alma, intensa sed de amar, anhelos de caricias, de besos y ternuras, de todas las dulzuras, que sabían brindar… Aquellos ojos verdes…………

Aunque el cantante no pronuncia la palabra  NOSTALGIA, yo siempre la he asociado con esta canción.

… Recuerdo muy bien escuchar la voz de Nat King Cole, cantando en español mientras yo bailaba. Y volver  a sentir NOSTALGIA:

“No saben la tristeza, que en mi alma dejaron, aquellos ojos verdes, que ya nunca miraré.”

El cantante, con esa voz tan melodiosa y en un español desvaído, que aún la hacía más atractiva, cantaba nostálgicamente hablándonos de ese amor perdido. Hablaba de tristeza, pero todavía no he encontrado mejor definición para la palabra nostalgia que lo que aquella canción me hacía sentir.

Recuerdo con “Dulce Nostalgia” todas aquellas cosas vividas y perdidas: Las maravillosas vistas desde los grandes ventanales, mientras sonaba la música, en simpática y amable compañía, los bailes… — Perdí el contacto con la mayoría de aquellas personas al volver a mi casa. Queda el recuerdo de bailar ese bolero y sé que lo hacían muy bien… aunque ninguno tenían los ojos verdes— Pero en aquellos momentos lo verdaderamente importante era, más que la música, más que la cálida voz del cantante, su mensaje y las sensaciones que despertaba en mí.  

Inesperadamente…

Hoy he vuelto a escuchar a Nat King Cole y no he podido evitar sonreír durante todo el tiempo que ha durado la canción. He sentido esa dulce NOSTALGIA, de una etapa de mi vida en la que para ser feliz apenas necesitaba nada. Cuando las tristezas eran tan leves que hasta disfrutaba de sentir nostalgia, aunque casi no supiera cuál era su profundo significado. Todavía no había perdido a ningún ser querido y cualquier otra pérdida iba unida a instantes donde apenas atisbaba lo que era sufrir de verdad por una pérdida… 

Así que, mi NOSTALGIA de hoy, tiene el sabor dulce de momentos que han dejado recuerdos gratos e inocentes de mi transitar por la vida.

NOSTALGIA. I

            La primera vez que conocí la palabra “nostalgia” era tan pequeña que justo acababa de aprender a leer. Sí, me dejó un recuerdo imborrable, como se puede comprobar. 

El día de Reyes, unos espléndidos magos me dejaron, entre otros regalos de similar importancia, unos cuentos ilustrados: Mucho dibujo y poca letra. Dos de ellos me impactaron por muy distintos motivos. Al que ahora hago referencia era una historia que ya no recuerdo, pero sé que al final, el joven del cuento lloraba por la despedida de un amigo que temía no volverá ver, y secaba sus lagrimas con un pañuelo. La frase que sí recuerdo siempre, es: “unas gotitas de nostalgia quedaron impregnadas en aquel pañuelo”.

NOSTALGIA. Qué palabra más… triste, profunda y para mi, bonita. ¿Cómo iba a saber cuál era su exacto significado?, podía tener tres o cuatro años recién cumplidos, lo que si sabía era el efecto que la palabra producía en mi ánimo. Del contexto de lo leído, sin duda, deducía la tristeza por algo querido e irremediablemente perdido. Tal vez lo que tenía era el presentimiento de que a lo largo de mi vida también yo iría dejando atrás cosas importantes —por supuesto que no tenía ni idea de qué—, pero ahora ya sé que siempre vamos dejando cosas por el camino, cosas irrecuperables  como la niñez, más tarde la adolescencia… la inocencia, y sobre todo, a seres muy queridos.

Es una palabra que, sin entender su significado, quedó grabada, para siempre, en mi vocabulario de palabras preferidas, por las nuevas sensaciones que acababa de despertar en mi ánimo.

Hoy la voz de NAT KING COLE, me ha recordado esa sensación…

Sigue…

Subir al castillo

No puedo recordar cuándo fue la primera vez que subí a ese monte para ver el castillo de los “moros” y sin embargo, no puedo olvidar el cosquilleo que me producía en el estómago descubrir uno de los habitáculos que, se decía, era la habitación de Zahara, la princesa mora.

Recuerdo que al acabar el invierno ya podía ascender hasta su cima. Cuando emprendía el camino al castillo —seguramente acompañada de otras chicas mayores—, me atormentaba la duda de si seguiría allí todo lo que recordaba haber visto el año anterior, en mi última excursión, o si “aquello” solo sería una ilusión y sufriría la decepcionante realidad —No sería la primera vez que me ocurría. Alguna vez, con el transcurrir del tiempo, entre lo que yo recordaba y la realidad del momento apenas había coincidencias.

Cuando llegaba a lo alto de la montaña respiraba tranquila, el castillo no era efecto de mi imaginación. Todo seguía igual.

Buscaba emocionada la habitación de la princesa mora. Solo tenía que recorre aquellas ruinas para encontrarla. Y sí, allí estaba, tal como la recordaba. En uno de sus ángulos había un banco de piedra —la misma piedra que los restos del castillo—, cuyo respaldo era la propia pared y en la otra parte del mismo ángulo, se veían los restos de una ventana. Yo me sentaba allí y ayudada por mi  imaginación, admiraba lo que mis ojos me mostraban por aquel rectángulo imperfecto. En el acto lo asociaba con aquello que veía Zahara al sentarse donde yo me encontraba y empezaba a sentirme parte de aquella historia que tantas veces había oído contar.

 Buscaba en el alféizar de aquella en otrora ventana, los huecos que había, y que eran los lugares donde Zahara había dejado siglos atrás su dedal de plata, sus agujas de oro… después de bordar sobre ricas telas hermosísimos arabescos, con sedas de tantos colores como era posible conseguir imitando el arco iris y tal como los había visto en ilustraciones del libro “Las mil y una noches”. Amén de películas de la misma naturaleza, o características. 

Claro. Ya sé que no son “moros” los protagonistas de Las mil y una noche, pero, en aquellos tiempos, mi mundo se dividía, entre la vida real y la fantasía. Aquellos gravados que contenían todos los colores posibles, los brillos de la seda, los muebles con incrustaciones de piedras preciosas y semipreciosas, los cortinajes que se arrastraban por las alfombras llenas de cojines pertenecían al mundo de fantasía, donde existían los genios de la lámpara y las alfombras voladoras. El nexo podía ser el islam, pero por entonces y para mí, moro era lo opuesto a cristiano y punto.

En aquel espacio que yo reconstruía en cada visita, todo era posible: el banco de piedra estaba cubierto con infinidad de mullidos cojines dorados y purpúreos, de lo más alto de la ventana colgaban transparentes cortinas que aprovechaba el movimiento del viento para mostrar la hermosura de su tejido. Hasta cabía la posible aparición de un genio, que con su alfombra mágica me trasladase a ese país de leyenda. También era posible el descubrimiento de otro tesoro como el que un día encontró un pastorcillo junto a la talla de una Virgen ( la Virgen del Monte) y que, según la leyenda, Zahara había dejado con una nota entre sus joyas, en la que pedía que se construyese allí mismo una ermita.

Yo podía ser cualquiera de los personajes cercanos a la princesa. Me imaginaba ser la amiga a quien Zahara le contaba sus inquietudes y que más tarde hablaba con el padre para que le permitiese unirse a Fortún y evitar así la tragedia. Cómo no me iba a hacer caso el “moro” si se trataba de su única y queridísima hija. Y entonces todo se solucionaba y eran felices. Otras veces hablaba con  los padres de Fortún para que acogiesen a Zahara en su familia y hablasen con el príncipe Ali Abou-Alhama. Siempre solucionaba los problemas de Fortún y Zahara.

Ahora que lo pienso, en mis juegos nunca fui la princesa, si que traté de ponerme algunas veces en su lugar para comprender que sentía viviendo allí y cómo era su vida tan lejos del centro de Cervera Del Río Alhama, pero nunca me sentí Zahara. Seguro que no me gustaba su final.

ALGO ME CONECTA CON ANDALUCÍA

Sí, creo que algo me conecta con Andalucía.

He vivido casi veinte años “a caballo” entre Malaga y Logroño y me he sentido feliz e identificada con sus gentes, pero de Andalucía es especialmente con Córdoba y Granada donde más siento esa conexión.  La Mezquita de Córdoba hace que mi sangre circule con más rapidez, siento que el pulso galopa. No importa cuantas veces la visite, ¡siempre me asombra y maravilla!

Ver el busto de Averroes en una de sus plazoletas me produce sentimientos totalmente contradictorios, aunque ambos me hacen vibrar con ese sentimiento abstracto que es la emoción. Lo admiro por su inmensa obra, que demuestran sus profundos conocimientos, maestro en disciplinas como medicina, filosofía, matemáticas, derecho; pero… sostenía que la mujer no tenía alma.  Claro que no era el único filósofo de la antigüedad que pensaba lo mismo. Platón, antes que él y Maimónides coetáneo; más tarde Tomás de Aquino. Aunque con criterios distintos, la mujer era poco más que un semoviente.

En cuanto a Granada…, en pocos lugares del mundo he tenido la necesidad de llorar, sintiendo que no podía abarcar tanta hermosura solo con la vista de La Alhambra. Algo se conmovía dentro de mi…, tan profundamente, que al llegar del Patio de los leones, precisaba dar rienda suelta a mis lágrimas que caían sin poderlas contener. posiblemente necesitaba dejar espacio en mi alma, desbordada de hermosos e incontenibles sentimientos. 

Tal vez la explicación de esta conexión, esté en mi nacimiento.

                  Nací en Cervera del Río Alhama, un pueblo de La Rioja de ascendencia árabe —mora, decían los cerveranos, y este término no tenía nada de peyorativo—. Solo viví allí hasta los once o doce años, pero fue suficiente para tener preciosos recuerdos que me han estado acompañado toda la vida.

“Subir al castillo” era  mi excursión favorita.

No puedo recordar cuándo fue la primera vez que subí a la montaña para ver el castillo de los moros —más bien los escasos restos del castillo—, donde vivió Zahara, la princesa mora que se enamoró de un cristiano llamado Fortún.

Él cristiano  y musulmana ella, la unión resultaba imposible. Los enfrentaba de forma irreconciliable sus correspondientes creencias religiosas.

Según una de las distintas versiones que se conocen de la historia de esta trágica pareja: Zahara se enamoro de Fortún cuando este estaba prisionero en el castillo de su padre, Alí Abou-Alhama. Su padre solo consentía en el matrimonio si él se convertía al islam, pero fue ella la que decidió bautizarse haciéndose cristiana. Para evitar la ira del Abou-Alhama, cuando se enterara, decidieron huir del castillo, pero fueron encontrados  y castigados con la muerte.

Las distintas versiones que de ellos se cuenta, siempre acaban con la trágica muerte de los dos, unos mediante conjuros mágicos que hacen desaparecer a Zahara para culpar de su muerte a Fortún y poder castigarlo quitándole la vida. Otra versión afirma que al encontrarlos durante su huida, él fue colgado en las almenas del castillo y ella encerrada en un calabozo por siempre. 

La historia se parece a la de los amantes de Teruel, o a la de los Capuleto y Montesco, pero no es igual, solo se parece, ya que ellos, cristianos, no fueron los que decidieron como solución a su imposibilidad amorosa quitarse la vida.

Creo que vivir durante la infancia y la pre-adolescencia, en un lugar como Cervera del Río Alhama no solo imprime carácter, también el sentimiento de proximidad y conexión con Andalucía, por esos antepasados que también vivieron en mi tierra.

EL TREN

                  La primera vez que lo vi fue en el tren. 

                  Saqué mi billete tarde y tuve que aceptar uno de esos asientos enfrentados tan incómodos si no los compartes con amigos o familia. Viajaba sola y  asumí que  las personas con las que iba a coincidir en aquel espacio para cuatro, podían perturbar lo que para mi era un placer, o, con un poco de suerte, ser causa de entretenimiento. 

                  Cuando subí al tren, mi predisposición era no consentir que nadie estropease un viaje que me resulta siempre tan placentero.

Ocupé mi lugar al lado de la ventana, pronto un joven ocupó el suyo a mi izquierda, se colocó unos cascos —buen comienzo, me dije—. Casi a punto de arrancar el AVE, los asientos que tenía enfrente permanecían vacíos. Por si acaso no quise ilusionarme con la perspectiva de verlos desocupados todo el viaje, e hice bien, porque en ese preciso instante un padre que, casi seguro, no había cumplido los cuarenta, aterrizaba  en el lugar destinado a los equipajes y comprobaba con cierto alboroto que no había sitio para su abundante bagaje.

                  Lo primero que hizo, una vez descargados los bultos con la ayuda de una  azafata, fue tratar de acomodar a sus dos niños. Dejó al de cinco años sentado junto a la ventana. Le encomendó el cuidado de su hermanita de once meses (las edades las supe más tarde). Una bebita graciosa de sonrosadas carnes llenas de lorzas, con una sonriente  y preciosa carita, muy en concordancia con sus rollizos muslos. Estaba para comérsela, la verdad.

                  El padre, no muy alto, pero de fuerte complexión; puso en los brazos del niño a su hermanita, y éste, sin protestar, más bien con aire de persona responsable, la agarró por donde pudo —que no era precisamente el más cómodo para la bebita—. La niña, sin duda debido a las posturas a que le obligaba su abnegado hermano daba muestras evidentes de su incomodidad, y comenzó a protestar sin demasiado entusiasmo, mientras el padre, que buscaba espacios para todo su equipaje, se limitaba a decir en un tono cordial y sin mirarlos:

                  —Coge bien a tu hermana.

                  El niño trató inútilmente de buscar una forma mejor de sujetar a su hermanita sin que esta se quejase, pero no había manera. El cambio de postura no pareció muy acertado o cómodo porque la niña comenzó a llorar, pero lo hacía como por compromiso; vamos, con pocas ganas.

                  Yo los miraba sin ánimo de intervenir, pero en pocos minutos había pasado del disfrute de ver a dos niños que me recordaban a mis nietos, a sufrir por las posturas imposibles de la pobre bebé. 

                  Su hermano tan pronto la sujetaba pasando el brazo por su enlorzado cuello —dando la sensación de que la iba a ahogar—, con todo el cariño, eso sí, como le ponía una mano tapándole un ojo y la nariz, o intentando sujetarla cambiando de postura porque se le vencía hacia el brazo de su butaca. La niña empezó a llorar, ya con decisión, y el padre continuó diciendo en el mismo tono calmado:

                  –Coge bien a tu hermana.

                  La bebé subió tanto el tono del llanto que el padre debió de sentirse en la obligación de cogerla en sus brazos, y de esta guisa trató de colocar la silla plegable en el porta equipajes, sobre nuestras cabezas. El padre no cambió su tono al decir: 

                  —Vamos a colocar la silla aquí.

                   Pero… misión imposible. Con la niña en brazos no se podía estirar lo suficiente.

                  Al verlos juntos, observé el gran parecido que había entre ellos: cara redonda, pelo muy negro… también el niño era moreno, pero de rostro ovalado

                  Contra lo que me había propuesto, me dirigí al padre para decirle que me permitiera sujetar a la bebita mientras el colocaba su equipaje. Casi sin terminar mi proposición tenía a la niña en mis brazos mientras el padre decía sonriente:

                  —¡Disfrútela un rato! 

                  Para mayor comodidad de la niña, la senté en la mesa mirándonos de frente, la niña que había dejado de llorar desde que paso a los brazos de su padre, continuó en calma y sonriente. Apreté con ganas sus rollizos brazos como si fuera una masa apetecible de amasar, después estrujé sus muslos, y acaricié sus abundantes papitos. ¡Qué rica! —dije.

                  El padre, al terminar de colocar sus bártulos, dirigió hacia mí su mirada, y yo, interpretando ese movimiento elevé a la niña tratando de entregársela, pero él, impertérrito, con la misma calma que había mostrado hasta entonces me dijo:

                  —No. ¡Disfrútela!, voy a la cafetería.

Le entregó a la niña un juguete de trapo que ella cogió sonriente, y después se dirigió a su hijo: tú pórtate bien, ahora vengo, cuida de tu hermanita. 

                  Pasó el tiempo y aunque la bebé no dio más guerra que la que le correspondía empecé a pensar que tal vez se había bajado en alguna estación, inmediatamente recordé que ese AVE no paraba en las primeras dos horas del viaje. En el tren seguro que continuaba.  El niño debía estar acostumbrado a esperar sin prisas a su padre, porque enseguida sacó una Tablet, la encendió, y sin titubeo comenzó a jugar a esos juegos de niños: DragonCity,  My Singning Monsters, etc. a todo volumen. Alguien le preguntó si no podía bajar el tono y el contestó que no sabía. El joven que estaba a mi lado y parecía no enterarse de nada, se quitó los cascos y se ofreció para hacerlo, pero el niño pareció no fiarse demasiado y no se lo permitió. La niña comenzó a tirar el pequeño juguete de trapo que llevaba en la mano y de nuevo el joven intervino cogiéndolo y dándoselo a la bebé una y otra vez, en un claro alarde de paciencia. Y así se fueron pasando los muchos minutos… 

                  Al fin apareció el padre  con un vaso en la mano, sin ningún comentario ocupó su butaca, el niño quiso probar el líquido que tomaba su padre, pero él le aseguró que contenía alcohol y no podía dárselo a probar. A la niña le hizo desde su asiento unas cuantas carantoñas con una mano, mientras con la otra sujetaba el vaso que se llevaba con cierta frecuencia a los labios. Yo empezaba a sentir cierta indignación además de los brazos doloridos, la niña, que también debía estar cansada y no paraba de moverse inquieta, tal vez deseando volver a los brazos de su padre, empezó a protestar a su estilo, sin muchas ganas y sin llegar a llorar.

                  Yo, que no veía al padre con mucho entusiasmo por llegar a recuperar a su hija, tras pensarlo un momento, apunté que la niña parecía cansada o tenía sueño. Él trató de relajarme, pasando ya al tuteo:

                  —Tranquila, estoy esperando que se canse un poco más para darle la merienda y así el resto del viaje lo hace dormida.

                  ¡Yo no me lo podía creer! 

                  Mucho más tarde, un azafato pasó ofreciéndonos las toallitas húmedas, y otro, el díptico de lo que iban a dar de merendar. Me limpié las manos sin soltar a la niña y el padre siguió mirándola con simpatía y tomando el líquido de aquel vaso, que parecía durar como si fuese mágico y no tuviera fondo.

                  Cuando se  acercaron con las meriendas y vi que el padre, se disponían a dar buena cuenta de la merienda, levante en brazos a la niña y directamente se la pasé al padre diciendo: es una ricura de criatura. Siento tener que devolvérsela, pero voy a tomar la merienda. 

                  ¡Menos mal que no la rechazó, que era lo que me temía!

                  Terminé la merienda casi al mismo tiempo que la bebé su potito. Entrecerré los ojos; un poco para indicar que pretendía descansar, y un poco más para evitar que me hiciera más favores aquel padre tan amable. Él, después de echar un vistazo a su entorno, colocó a la niña en la mochila, tipo canguro, y fue como si la hubiera anestesiado, se quedo dormida en el acto. 

                  A partir de ese momento pude observar, discretamente, al padre. Se llevaba con frecuencia una mano a la cabeza, los dedos, cual si fueran púas de un enorme cepillo, recorrían su pelo negro ligeramente rizado. Tal vez fuese un tic, pero no parecía nervioso. De vez en cuando contestaba a las preguntas de su hijo sobre el tiempo que faltaba para llegar, aunque la mayoría de la vez le decía: no te pongas pesado, no des guerra, y cosas por el estilo. El juego continuaba en sus manos haciendo a veces un ruido infernal, pero era evidente que eso al padre no le molestaba en absoluto.

                  El parecido con la bebé ya me había quedado claro, pero a pesar de su cara, más bien redonda, no estaba gordo, de cejas muy pobladas, sin que sus pobladores se hubiesen ido a vivir fuera  del poblado. Ojos oscuros como del montón. Me pareció que el único rasgo a destacar estaba en su boca: el labio superior delgado, en claro contraste con el inferior, parecía desbordarse desde el interior hasta media barbilla. Pensé que eso le daba un toque displicente, muy en consonancia con su actitud. O ¿tal vez era al contrario? 

                  Antes de llegar a destino una azafata vino a ayudarlo. La niña seguía dormida en idéntica postura que al colocarla en la mochila.

                  Salieron los primeros. No hubo disculpas hacia nadie, ni tampoco un gracias. 

                  Lo recordé más tarde. Cuando en la parada de taxi lo vi de nuevo junto a una señora, más o menos de mi edad, que tenía a la niña en brazos y dándole la mano al niño, a quien animaba para que entrase en el primer vehículo, mientras el taxista acababa de meter unos bultos en el maletero.

                  ¿Se estaba despidiendo? Le oí decir:

                  –No te preocupes mamá, disfruta de tus nietos y no me esperéis a cenar. ¡Ah!, si no te importa, no me despiertes a desayunar, necesito dormir, el viaje ha sido agotador.

VIAJE A JAMAICA.

Patricia y Pablo se habían hecho mayores. Sí, tan mayores que su “yayita”, como ellos la llamaban, decidió que había llegado el momento de hacer un viaje con ellos a un lugar muy lejano, al que para llegar, era necesario tomar un avión y volar muchas horas.  

Patricia y Pablo tenían en ese momento ocho y seis años respectivamente, eran además muy fuertes y muy valientes, por lo que la abuelita sabía que ellos aguantarían el viaje sin protestas por muy pesado que resultase estar en el avión tantas horas.

La verdad es que cuando se hicieron los primeros planes de viaje se tomó la decisión de ir  Florida. Repartirían el tiempo entre Disney Word, en Tampa y Miami, desde donde visitarían uno de los Callos (Cay West) para que al menos Patricia y tal vez Pablo —sólo tal vez—,  pudieran nadar con los delfines en alta mar. 

El problema se planteó, precisamente, porque para nadar con los Delfines era preciso medir al menos un metro y cuarenta centímetros. Patricia, todavía no los medía, con lo cual, y tras varias reuniones entre los papás y los abuelitos llegaron a la conclusión de que… no podían estirar a los niños hasta conseguir que midiesen un metro y cuarenta centímetros, pero si podían esperar a que ellos fueran creciendo de forma natural y en un año o tal vez dos ya no existiría el inconveniente de la altura y los dos podrían disfrutar de ese baño tan deseado con los simpáticos delfines.

Así que decidieron buscar otro destino. Pero, al mismo tiempo se preocuparon, porque sabían que los niños se iban a llevar una gran desilusión al conocer que tenían que renunciar al viaje que tanta ilusión les hacía.

La reacción de los dos niños fue bastante inesperada.

Patricia  preguntó un poco preocupada

—¿Pero, vamos a ir a otro sitio?  

A lo que los papás se apresuraron a contestar afirmativamente, Patricia  se encogió de hombros y con la mejor de sus sonrisas y una voz alegre y cantarina  dijo:

—Bueno, entonces no importa, ¿dónde vamos a ir?

La reacción de Pablo fue aún más curiosa. Dio un respiro muy profundo, sobre todo teniendo en cuenta sus seis años y dijo:

—Vale, así no me roban.

La yaya miró a los papas bastante asombrada por la reacción de su nieto, hasta que los papás le explicaron a qué se debía ese comentario:

Pablo no es ni más ni menos obediente que la mayoría de los niños de su edad, pero le gusta “ir por libre”, por lo que sus papás le habían advertido que, en Disney habría muchísima gente y se podría perder, debía estar muy atento para no separarse del grupo en ningún momento. Tendría que estar con los papás o con la abuelita y no ir él sólo a ningún sitio, añadieron para estar más seguros de que les haría caso: “por si alguien al verte solo, te lleva a su casa”.  Por lo visto, desde entonces, se había quedado preocupado con lo que le podía pasar en el viaje y fue para él un descanso muy grande saber que ya había pasado el peligro.       

La segunda opción fue África, concretamente Tanzania. El agente de viajes dijo por teléfono que había un viaje muy bonito a este país, que estaba especialmente preparado para niños.

La yaya que ya había estado en dos ocasiones en la selva: una en la amazónica y otra en la africana, y había pasado sus apurillos con los “bichos”, escuchó la oferta con un poco de prevención, pero al pensar que estaba preparando un viaje para disfrute de sus niños, dio su “visto bueno”.

  Los papás enseñaron a Patricia y Pablo, por internet, los animales que iban a ver, y  ambos se animaron rápidamente con el viaje. No cesaban de preguntar:

—Seguro que vamos a ver jirafas, y ¿rinocerontes? Pero también hay leones, ¿y cebras? Y así poco a poco iban repasando todos los animales que eran capaces de recordar. ¡Estaban entusiasmados

El problema esta vez fue para la propia yayita. Cuando recibió la relación de los “Hoteles” donde iban a dormir todas las noches, empezaron sus cavilaciones.

 Les llamaban Cam. En realidad, se trataban de unas enormes tiendas de campaña individuales de un aspecto estupendo, con todo tipo de detalles, incluso se podrá decir lujosas, con sus respectivos cuartos de baño, amén de instalaciones comunes muy variadas, para el grupo de “Cams”. Pero eran tiendas de campaña en la selva.

La yayita pensó que el viaje podía estar preparado para niños, pero era demasiado para ella. Dos noches estaba dispuesta a pasarlas en la selva en un buen Loge, pero… ¡Todas las noches! y en tiendas de campaña, por muy maravillosas que se las pintasen, no lo podría soportar. ¿Quién le aseguraba a ella, que no iban a pasar a visitarla alguna araña peluda, o tal vez una serpiente? ¿Cómo iba a poder dormir  si tendría que vigilar que no entrasen “esos visitantes”?  Y como podría cuidar por la noche del nieto que durmiese con ella —confiaba en dormir cada noche con uno—, si no se sentía capaz de cuidar de sí misma. Pero, por otro lado, como iba a desilusionar de nuevo a sus nietos diciéndoles que tampoco harían este viaje. Y esta vez por su culpa.

Le dio vueltas al asunto todo el día y al llegar la noche no pudo más llamó por teléfono a su hijo, el papá de Patricia y Pablo, y le explicó lo que le pasaba. Toda la ilusión que sentía por viajar con sus nietos se había convertido en angustia. El papá de Patricia y Pablo muy comprensivo le dijo:

—No te preocupes mamá, busca otro viaje que no te ocasione angustia. Ya has visto lo bien que han reaccionado tus nietos cuando les hemos dicho que no podíamos ir a Disney. Lo que hace falta es que todos hagamos el viaje a gusto. 

Esta vez fue la yayita la que dio un suspiro de tranquilidad muy fuerte. Al igual que Pablo, también ella se había quitado un gran peso de encima.

A la mañana siguiente lo primero que hizo, en cuanto se despertó, fue llamar a la agencia para cancelar el viaje y seleccionar el siguiente. Mientras hablaba con su agente por teléfono se lo imaginaba sudando copiosamente a la vez que pensaba “esta familia no va a hacer ningún viaje”.

Pero sí. La siguiente oferta fue la definitiva, no en vano era la tercera, y ya sabéis eso de…  “a la tercera va la vencida”.

En efecto, lo habéis adivinado, el tercer viaje era a Jamaica, una isla del Caribe, la tercera en importancia después de Cuba y la República Dominicana. A diferencia de estas dos que son de habla hispana, en Jamaica se habla ingles a pesar de que en su día fue descubierta por Cristóbal Colón y enseñó a sus habitantes a hablar nuestro idioma, pero más tarde fue conquistada por los ingleses y los jamaicanos aprendieron a hablar ingles y olvidaron el español.

Para Patricia y Pablo esto no era un problema, al contrario. Ellos van a un colegio trilingüe, aprenden ingles y francés, además de español lógicamente.

Así que, cuando les dijeron los papás  que iban a Jamaica en lugar de ir a Tanzania, sólo preguntaron si allí también iban a ver animales. La respuesta fue que iban a ver muchos animales marinos y eso fue bastante para ellos. La verdad es que Patricia y Pablo son fantásticos, todo les parece bien, casi nunca se enfadan, disfrutan de todo, pero lo que más les gusta es estar juntos.  

 Patricia y Pablo ayudaron a preparar su maleta.

—Mamá ¿llevo mis gafas de bucear? 

—Claro que sí, ponlas aquí, decía su mamá.

—Papá —decía Pablo—, Me has dicho que vamos a ir en una moto. ¿No quieres que lleve la mía?

A Pablo le habían regalado una moto de gasolina, junto con un equipo y un magnífico casco para proteger muy bien todo su cuerpo principalmente la cabeza, las rodillas y los codos. Estaba aprendiendo a usarla bajo la atenta vigilancia de su papá que era quien la ponía en marcha y permanecía a su lado mientras se iniciaba en esta actividad o deporte.

Su papá le explicó que no se la podían llevar y que, además, en Jamaica montarían en una moto de agua, muy distinta de la que él tenía para usar en tierra. 

—Y… ¿quién la va a conducir?  —preguntó de nuevo Pablo.

—Nos montaremos tu y yo, pero tu serás el conductor —aseguró su papá.

—Pablo dio unos aplausos mientras llamaba a su hermana.

—Patricia voy a hacer una carrera por el agua con papá y yo voy a llevar la moto.

A Patricia  le hace mucha gracia todas las ocurrencias de su hermano y miró a su papá con una sonrisa de complicidad diciendo:

—¡Hay Pablo! Cómo te gustan las motos.  

Prepararon las maletas con mucha ilusión y por fin llego el momento de iniciar el viaje. A las seis de la mañana montaron casi dormidos en el coche que conducía su papá y fueron a recoger a la yayita a su casa. La mitad del trayecto lo hicieron dormidos, al despertar, papá paró para almorzar, lo que hicieron con buen apetito. Papá puso gasolina al coche y ya no se volvieron a dormir, muy al contrario, estaban despejados y emocionados y sobre todo deseosos de iniciar el vuelo.  Llegaron al aeropuerto después de haber preguntado ¿cuándo llegamos?, catorce veces al menos.  

Embarcaron después de una larga espera. Una vez en el avión, La azafata les comunicó a todos los pasajeros que había habido un problema con los equipajes. Por lo visto habían llevado todas las maletas de ese vuelo a otro avión, por lo que los equipajes que llevaba el avión no eran de ninguno de los pasajeros. Menos mal que se dieron cuenta antes de despegar, sino, nuestros protagonistas, al igual que los demás pasajeros, no hubieran tenido nada para ponerse en Jamaica, y habrían tenido que renunciar a todas esas cosas que con tanta ilusión habían metido en las maletas para usarlas en la isla, habrían tenido que buscarlas por las tiendas de Montego Bey u Ocho Ríos que eran los sitios más próximos a su hotel, pero algunas de ellas, seguramente, hubiera sido imposible de encontrar.

El vuelo partió al fin hacia el Caribe. Fue un vuelo tranquilo sin más incidencias.  

Lo que ocurrió en Jamaica pertenece a otra historia…  

LA DESPEDIDA

A todas las profesoras que saben entender y cuidar tan bien, y con tanto afecto a nuestros niños y niñas, desde sus primeros pasos en la escuela o en “el cole”.

Javier apenas puede moverse, le tiemblan las piernas, siente que algo le quema por dentro, más o menos a la altura del estómago, es allí donde se lleva las manos. Mira con los ojos muy abiertos, como incrédulos, la actividad y la alegría de sus compañeros. Él no puede seguirlos, no está contento y además siente un dolor como cuando se come media tableta de chocolate; pero el no ha comido chocolate, ni helado; que también a veces come demasiado y le sienta mal. 

No  sabe qué es lo que le pasa. Pero eso no le impide sentir lo que siente. Aunque tampoco sabría explicar qué es lo que siente.

Todos su compañeros de infantil están alborotados.

—! Es el último día de clase!

Dicen entre gritos que ya no tendrán que madrugar en todo el verano. Alguno asegura dando saltos mientras ríe, que se irá de vacaciones a la playa con sus padres, otros cuentan que irán a ver a sus abuelitos al pueblo. ¡Bieeeen! —exclaman otros.

Para Javier no es solo que hoy termina el curso, es que sus padres, que llevan tiempo deseando cambiarse de casa, quieren aprovechar las vacaciones de verano para hacerlo — tendrán que trasladarse  a otro barrio—. Le han asegurado, que en la zona elegida hay un colegio, “más adecuado para él y  para el estilo de vida de la familia” —Javier no comprende el significado de aquella justificación. Él cree que significa “mejor”, pero no lo acaba de ver claro —.  Según sus padres, al terminar infantil como ya tiene seis años, es un buen momento para cambiar de colegio.

Lo que sí comprende Javier con toda claridad, es que hoy es el último día que se va a encontrar con aquellos amigos y con aquellas profesoras,  y sobre todo con  “su seño”, a la  que tanto quiere y  la que tantas cosas le ha enseñado. Se lleva las manos a la barriga, y cruza las piernas como si necesitara ir al baño.

A los amigos que tiene más cerca, les pregunta con una vocecita que apenas le sale del cuerpo, porqué están tan felices, si no se van a volver a ver. Los grandes ojos de Javier se humedecen al decirlo.

Tener que decirles adiós le produce algo parecido, pero más fuerte, a cuando tiene que abandonar su juguete favorito, porque se le ha roto de tanto usarlo, y tiembla como si un escalofrío recorriera  todo su cuerpo. El lo identifica con la necesidad de ir al servicio,  pero ahora no puede ir, le toca a él subir a la tarima dónde las profesoras les despiden con un consejo y un abrazo. Sube y cruza  las piernas cuando está frente a “su seño”, tiene que aguantar un poco. 

                  Sí, aún puedo aguantar   —piensa—.

“Su seño” le coge de la mano en ese momento, le dice que ha sido un muchacho excelente. Afirma que ella no lo olvidará

                  ¿Vendrás a verme algún día? —le pregunta.

Javier siente que algo se desmorona en su interior, y cuando le va a contestar advierte que un líquido caliente está descendiendo por sus piernas. Mira al suelo con pavor y comprueba que a sus pies se está formando un pequeño charco. Cruza con más fuerza las piernas, pero  ya no puede contener el fluido. Mira a  “su seño” como pidiendo socorro. Ella lo observa sorprendida, sin entender el  SOS. que le está enviando, hasta que la risa de unos niños y los dedos que lo señalan le descubren lo que está ocurriendo.

Javier rompe a llorar desconsolado. 

 ¡Demasiadas emociones Javier, para tu tierna sensibilidad!    —piensa “la seño”—.  Inmediatamente, se quita la bata  del colegio, donde aparece su nombre, Mª José y pide a una compañera que le traiga una bolsa de plástico de su taquilla. Trata de esconder el cuerpo de Javier con el suyo, para evitar las burlas de otros niños. Seca a Javier con su bata y después  la deja caer con disimulo al charquito. Consuela a Javier con un abrazo y le dice que no pasa nada. Mete su bata mojada en la bolsa que le ha traído su compañera y acompaña a Javier al baño. Una vez allí, saca de la mochila la ropa de recambio que la mamá de Javier siempre le pone, en previsión de posibles contingencias, y se lo da, diciendo con dulzura: 

 —Te espero fuera, tranquilo. No pasa nada —insiste pasando su mano por la cabeza de Javier y tratando de calmarlo —, cámbiate y sal, yo estaré en la puerta.

Pasa el tiempo, Mª José considera que más del que parece necesario, da unos golpecitos en la puerta y entra en el baño. Javier se ha cambiado, pero está en un rincón llorando  silenciosamente entre hipos. Mueve la cabeza negativamente . No quiere salir. 

“La seño” entiende que es el último día que está con sus amigos y no quiere que lo recuerden así. O tal vez es él quien no quiere recordar a sus amigos riéndose mientras lo señalan. 

Es tal el desconsuelo que, por primera vez, Mª José, aquella buena profesora, no sabe qué debe hacer.

En cuclillas  y tomándole las manos, trata de explicarle que ha sido la emoción del momento la culpable de su incontinencia, y no debe sentir vergüenza, porque eso solo demuestra lo grande y sensible que es su corazón.  Ella está muy orgullosa de “su Javier”.

—Es posible que no te comprendan todos los niños, pero, por esos no merece la pena que te preocupes.

Javier se va calmando y al fin accede a salir del baño. Un grupo de niños lo señala, pero otro grupo más numeroso se acerca a él para abrazarlo y despedirse, todos le piden que vuelva cuando empiece el curso y que los invite a su nueva casa. Quieren conocerla.

Javier se siente más tranquilo.

¡Tal vez la despedida no es para siempre! —piensa, mientras deja salir el último hipo.

Mis sueños:

Mis sueños:

No se qué ocurrirá con vuestros sueños, pero a veces los míos son tan reales que sus efectos duran hasta unos minutos después de despertarme.

Veréis lo que quiero decir:

Este ha sido mi último sueño:

Yo vivo en Logroño. En esta ocasión, en mi sueño también vivía en esta bella ciudad. Salí con mi coche a un pueblo (no recuerdo su nombre) aparqué y me fui a  hacer lo que fuera que tuviese que hacer. Al terminar, volví a por mi coche para regresar a casa. Pero no conseguía localizarlo, intentaba recordar algún dato que me facilitase el lugar donde lo había aparcado, sin ningún resultado positivo. Anduve por sitios muy extraños, sitios que en la vida real nunca se pueden utilizar para aparcar: montículos rocosos, arboledas con matorrales… intentando deducir donde me habría resultado más fácil aparcar al llegar al pueblo. Cuando empecé a buscar mi coche era pleno día, pero estaba oscureciendo yo seguía caminando por sitios que no recordaba haber pasado antes, y el coche no aparecía. Llegué a un punto donde consideré que podía estar en Logroño, porque el lugar se parecía, aunque había algo extraño que no me permitía identificarlo con rotundidad. Pregunté a dos señoras que pasaba junto a mí:

¿Me pueden decir dónde estamos?

—¡Claro, en Logroño!, ¿no ve las torres gemelas de La Redonda?

—Es verdad, me lo estaba pareciendo.

Pensé con disgusto que tendría que volver de nuevo al pueblo del que me había alejado tanto. Tendría que empezar a buscar de nuevo y estaba agotada, pero además tendría que llamar a mi casa y explicar lo que me ocurría, seguro que ya estaban muy preocupados, con lo tarde que era  y desconociendo dónde me encontraba a esas horas de la noche.

Saqué el teléfono de mi bolso y busqué una farola para ver los nombres y llamar a mi marido y a mis hijos.

En el momento que empezaba a localizar el nombre que buscaba me desperté.

¡Uf!, ¡menos mal que era un sueño, pensé aliviada. 

Lo curioso fue, que después me dije: que tranquilidad no tener que llamar a nadie para darle explicaciones y sobre todo no tener que seguir buscando con lo cansada que estaba, además ¡vaya usted a saber dónde habré dejado el coche…

De verdad que ya estaba despierta.

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