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Siempre llego tarde

Novelas y Relatos de Carmen Fernández

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Mis relatos

NOSTALGIA. I

            La primera vez que conocí la palabra “nostalgia” era tan pequeña que justo acababa de aprender a leer. Sí, me dejó un recuerdo imborrable, como se puede comprobar. 

El día de Reyes, unos espléndidos magos me dejaron, entre otros regalos de similar importancia, unos cuentos ilustrados: Mucho dibujo y poca letra. Dos de ellos me impactaron por muy distintos motivos. Al que ahora hago referencia era una historia que ya no recuerdo, pero sé que al final, el joven del cuento lloraba por la despedida de un amigo que temía no volverá ver, y secaba sus lagrimas con un pañuelo. La frase que sí recuerdo siempre, es: “unas gotitas de nostalgia quedaron impregnadas en aquel pañuelo”.

NOSTALGIA. Qué palabra más… triste, profunda y para mi, bonita. ¿Cómo iba a saber cuál era su exacto significado?, podía tener tres o cuatro años recién cumplidos, lo que si sabía era el efecto que la palabra producía en mi ánimo. Del contexto de lo leído, sin duda, deducía la tristeza por algo querido e irremediablemente perdido. Tal vez lo que tenía era el presentimiento de que a lo largo de mi vida también yo iría dejando atrás cosas importantes —por supuesto que no tenía ni idea de qué—, pero ahora ya sé que siempre vamos dejando cosas por el camino, cosas irrecuperables  como la niñez, más tarde la adolescencia… la inocencia, y sobre todo, a seres muy queridos.

Es una palabra que, sin entender su significado, quedó grabada, para siempre, en mi vocabulario de palabras preferidas, por las nuevas sensaciones que acababa de despertar en mi ánimo.

Hoy la voz de NAT KING COLE, me ha recordado esa sensación…

Sigue…

Subir al castillo

No puedo recordar cuándo fue la primera vez que subí a ese monte para ver el castillo de los “moros” y sin embargo, no puedo olvidar el cosquilleo que me producía en el estómago descubrir uno de los habitáculos que, se decía, era la habitación de Zahara, la princesa mora.

Recuerdo que al acabar el invierno ya podía ascender hasta su cima. Cuando emprendía el camino al castillo —seguramente acompañada de otras chicas mayores—, me atormentaba la duda de si seguiría allí todo lo que recordaba haber visto el año anterior, en mi última excursión, o si “aquello” solo sería una ilusión y sufriría la decepcionante realidad —No sería la primera vez que me ocurría. Alguna vez, con el transcurrir del tiempo, entre lo que yo recordaba y la realidad del momento apenas había coincidencias.

Cuando llegaba a lo alto de la montaña respiraba tranquila, el castillo no era efecto de mi imaginación. Todo seguía igual.

Buscaba emocionada la habitación de la princesa mora. Solo tenía que recorre aquellas ruinas para encontrarla. Y sí, allí estaba, tal como la recordaba. En uno de sus ángulos había un banco de piedra —la misma piedra que los restos del castillo—, cuyo respaldo era la propia pared y en la otra parte del mismo ángulo, se veían los restos de una ventana. Yo me sentaba allí y ayudada por mi  imaginación, admiraba lo que mis ojos me mostraban por aquel rectángulo imperfecto. En el acto lo asociaba con aquello que veía Zahara al sentarse donde yo me encontraba y empezaba a sentirme parte de aquella historia que tantas veces había oído contar.

 Buscaba en el alféizar de aquella en otrora ventana, los huecos que había, y que eran los lugares donde Zahara había dejado siglos atrás su dedal de plata, sus agujas de oro… después de bordar sobre ricas telas hermosísimos arabescos, con sedas de tantos colores como era posible conseguir imitando el arco iris y tal como los había visto en ilustraciones del libro “Las mil y una noches”. Amén de películas de la misma naturaleza, o características. 

Claro. Ya sé que no son “moros” los protagonistas de Las mil y una noche, pero, en aquellos tiempos, mi mundo se dividía, entre la vida real y la fantasía. Aquellos gravados que contenían todos los colores posibles, los brillos de la seda, los muebles con incrustaciones de piedras preciosas y semipreciosas, los cortinajes que se arrastraban por las alfombras llenas de cojines pertenecían al mundo de fantasía, donde existían los genios de la lámpara y las alfombras voladoras. El nexo podía ser el islam, pero por entonces y para mí, moro era lo opuesto a cristiano y punto.

En aquel espacio que yo reconstruía en cada visita, todo era posible: el banco de piedra estaba cubierto con infinidad de mullidos cojines dorados y purpúreos, de lo más alto de la ventana colgaban transparentes cortinas que aprovechaba el movimiento del viento para mostrar la hermosura de su tejido. Hasta cabía la posible aparición de un genio, que con su alfombra mágica me trasladase a ese país de leyenda. También era posible el descubrimiento de otro tesoro como el que un día encontró un pastorcillo junto a la talla de una Virgen ( la Virgen del Monte) y que, según la leyenda, Zahara había dejado con una nota entre sus joyas, en la que pedía que se construyese allí mismo una ermita.

Yo podía ser cualquiera de los personajes cercanos a la princesa. Me imaginaba ser la amiga a quien Zahara le contaba sus inquietudes y que más tarde hablaba con el padre para que le permitiese unirse a Fortún y evitar así la tragedia. Cómo no me iba a hacer caso el “moro” si se trataba de su única y queridísima hija. Y entonces todo se solucionaba y eran felices. Otras veces hablaba con  los padres de Fortún para que acogiesen a Zahara en su familia y hablasen con el príncipe Ali Abou-Alhama. Siempre solucionaba los problemas de Fortún y Zahara.

Ahora que lo pienso, en mis juegos nunca fui la princesa, si que traté de ponerme algunas veces en su lugar para comprender que sentía viviendo allí y cómo era su vida tan lejos del centro de Cervera Del Río Alhama, pero nunca me sentí Zahara. Seguro que no me gustaba su final.

ALGO ME CONECTA CON ANDALUCÍA

Sí, creo que algo me conecta con Andalucía.

He vivido casi veinte años “a caballo” entre Malaga y Logroño y me he sentido feliz e identificada con sus gentes, pero de Andalucía es especialmente con Córdoba y Granada donde más siento esa conexión.  La Mezquita de Córdoba hace que mi sangre circule con más rapidez, siento que el pulso galopa. No importa cuantas veces la visite, ¡siempre me asombra y maravilla!

Ver el busto de Averroes en una de sus plazoletas me produce sentimientos totalmente contradictorios, aunque ambos me hacen vibrar con ese sentimiento abstracto que es la emoción. Lo admiro por su inmensa obra, que demuestran sus profundos conocimientos, maestro en disciplinas como medicina, filosofía, matemáticas, derecho; pero… sostenía que la mujer no tenía alma.  Claro que no era el único filósofo de la antigüedad que pensaba lo mismo. Platón, antes que él y Maimónides coetáneo; más tarde Tomás de Aquino. Aunque con criterios distintos, la mujer era poco más que un semoviente.

En cuanto a Granada…, en pocos lugares del mundo he tenido la necesidad de llorar, sintiendo que no podía abarcar tanta hermosura solo con la vista de La Alhambra. Algo se conmovía dentro de mi…, tan profundamente, que al llegar del Patio de los leones, precisaba dar rienda suelta a mis lágrimas que caían sin poderlas contener. posiblemente necesitaba dejar espacio en mi alma, desbordada de hermosos e incontenibles sentimientos. 

Tal vez la explicación de esta conexión, esté en mi nacimiento.

                  Nací en Cervera del Río Alhama, un pueblo de La Rioja de ascendencia árabe —mora, decían los cerveranos, y este término no tenía nada de peyorativo—. Solo viví allí hasta los once o doce años, pero fue suficiente para tener preciosos recuerdos que me han estado acompañado toda la vida.

“Subir al castillo” era  mi excursión favorita.

No puedo recordar cuándo fue la primera vez que subí a la montaña para ver el castillo de los moros —más bien los escasos restos del castillo—, donde vivió Zahara, la princesa mora que se enamoró de un cristiano llamado Fortún.

Él cristiano  y musulmana ella, la unión resultaba imposible. Los enfrentaba de forma irreconciliable sus correspondientes creencias religiosas.

Según una de las distintas versiones que se conocen de la historia de esta trágica pareja: Zahara se enamoro de Fortún cuando este estaba prisionero en el castillo de su padre, Alí Abou-Alhama. Su padre solo consentía en el matrimonio si él se convertía al islam, pero fue ella la que decidió bautizarse haciéndose cristiana. Para evitar la ira del Abou-Alhama, cuando se enterara, decidieron huir del castillo, pero fueron encontrados  y castigados con la muerte.

Las distintas versiones que de ellos se cuenta, siempre acaban con la trágica muerte de los dos, unos mediante conjuros mágicos que hacen desaparecer a Zahara para culpar de su muerte a Fortún y poder castigarlo quitándole la vida. Otra versión afirma que al encontrarlos durante su huida, él fue colgado en las almenas del castillo y ella encerrada en un calabozo por siempre. 

La historia se parece a la de los amantes de Teruel, o a la de los Capuleto y Montesco, pero no es igual, solo se parece, ya que ellos, cristianos, no fueron los que decidieron como solución a su imposibilidad amorosa quitarse la vida.

Creo que vivir durante la infancia y la pre-adolescencia, en un lugar como Cervera del Río Alhama no solo imprime carácter, también el sentimiento de proximidad y conexión con Andalucía, por esos antepasados que también vivieron en mi tierra.

EL TREN

                  La primera vez que lo vi fue en el tren. 

                  Saqué mi billete tarde y tuve que aceptar uno de esos asientos enfrentados tan incómodos si no los compartes con amigos o familia. Viajaba sola y  asumí que  las personas con las que iba a coincidir en aquel espacio para cuatro, podían perturbar lo que para mi era un placer, o, con un poco de suerte, ser causa de entretenimiento. 

                  Cuando subí al tren, mi predisposición era no consentir que nadie estropease un viaje que me resulta siempre tan placentero.

Ocupé mi lugar al lado de la ventana, pronto un joven ocupó el suyo a mi izquierda, se colocó unos cascos —buen comienzo, me dije—. Casi a punto de arrancar el AVE, los asientos que tenía enfrente permanecían vacíos. Por si acaso no quise ilusionarme con la perspectiva de verlos desocupados todo el viaje, e hice bien, porque en ese preciso instante un padre que, casi seguro, no había cumplido los cuarenta, aterrizaba  en el lugar destinado a los equipajes y comprobaba con cierto alboroto que no había sitio para su abundante bagaje.

                  Lo primero que hizo, una vez descargados los bultos con la ayuda de una  azafata, fue tratar de acomodar a sus dos niños. Dejó al de cinco años sentado junto a la ventana. Le encomendó el cuidado de su hermanita de once meses (las edades las supe más tarde). Una bebita graciosa de sonrosadas carnes llenas de lorzas, con una sonriente  y preciosa carita, muy en concordancia con sus rollizos muslos. Estaba para comérsela, la verdad.

                  El padre, no muy alto, pero de fuerte complexión; puso en los brazos del niño a su hermanita, y éste, sin protestar, más bien con aire de persona responsable, la agarró por donde pudo —que no era precisamente el más cómodo para la bebita—. La niña, sin duda debido a las posturas a que le obligaba su abnegado hermano daba muestras evidentes de su incomodidad, y comenzó a protestar sin demasiado entusiasmo, mientras el padre, que buscaba espacios para todo su equipaje, se limitaba a decir en un tono cordial y sin mirarlos:

                  —Coge bien a tu hermana.

                  El niño trató inútilmente de buscar una forma mejor de sujetar a su hermanita sin que esta se quejase, pero no había manera. El cambio de postura no pareció muy acertado o cómodo porque la niña comenzó a llorar, pero lo hacía como por compromiso; vamos, con pocas ganas.

                  Yo los miraba sin ánimo de intervenir, pero en pocos minutos había pasado del disfrute de ver a dos niños que me recordaban a mis nietos, a sufrir por las posturas imposibles de la pobre bebé. 

                  Su hermano tan pronto la sujetaba pasando el brazo por su enlorzado cuello —dando la sensación de que la iba a ahogar—, con todo el cariño, eso sí, como le ponía una mano tapándole un ojo y la nariz, o intentando sujetarla cambiando de postura porque se le vencía hacia el brazo de su butaca. La niña empezó a llorar, ya con decisión, y el padre continuó diciendo en el mismo tono calmado:

                  –Coge bien a tu hermana.

                  La bebé subió tanto el tono del llanto que el padre debió de sentirse en la obligación de cogerla en sus brazos, y de esta guisa trató de colocar la silla plegable en el porta equipajes, sobre nuestras cabezas. El padre no cambió su tono al decir: 

                  —Vamos a colocar la silla aquí.

                   Pero… misión imposible. Con la niña en brazos no se podía estirar lo suficiente.

                  Al verlos juntos, observé el gran parecido que había entre ellos: cara redonda, pelo muy negro… también el niño era moreno, pero de rostro ovalado

                  Contra lo que me había propuesto, me dirigí al padre para decirle que me permitiera sujetar a la bebita mientras el colocaba su equipaje. Casi sin terminar mi proposición tenía a la niña en mis brazos mientras el padre decía sonriente:

                  —¡Disfrútela un rato! 

                  Para mayor comodidad de la niña, la senté en la mesa mirándonos de frente, la niña que había dejado de llorar desde que paso a los brazos de su padre, continuó en calma y sonriente. Apreté con ganas sus rollizos brazos como si fuera una masa apetecible de amasar, después estrujé sus muslos, y acaricié sus abundantes papitos. ¡Qué rica! —dije.

                  El padre, al terminar de colocar sus bártulos, dirigió hacia mí su mirada, y yo, interpretando ese movimiento elevé a la niña tratando de entregársela, pero él, impertérrito, con la misma calma que había mostrado hasta entonces me dijo:

                  —No. ¡Disfrútela!, voy a la cafetería.

Le entregó a la niña un juguete de trapo que ella cogió sonriente, y después se dirigió a su hijo: tú pórtate bien, ahora vengo, cuida de tu hermanita. 

                  Pasó el tiempo y aunque la bebé no dio más guerra que la que le correspondía empecé a pensar que tal vez se había bajado en alguna estación, inmediatamente recordé que ese AVE no paraba en las primeras dos horas del viaje. En el tren seguro que continuaba.  El niño debía estar acostumbrado a esperar sin prisas a su padre, porque enseguida sacó una Tablet, la encendió, y sin titubeo comenzó a jugar a esos juegos de niños: DragonCity,  My Singning Monsters, etc. a todo volumen. Alguien le preguntó si no podía bajar el tono y el contestó que no sabía. El joven que estaba a mi lado y parecía no enterarse de nada, se quitó los cascos y se ofreció para hacerlo, pero el niño pareció no fiarse demasiado y no se lo permitió. La niña comenzó a tirar el pequeño juguete de trapo que llevaba en la mano y de nuevo el joven intervino cogiéndolo y dándoselo a la bebé una y otra vez, en un claro alarde de paciencia. Y así se fueron pasando los muchos minutos… 

                  Al fin apareció el padre  con un vaso en la mano, sin ningún comentario ocupó su butaca, el niño quiso probar el líquido que tomaba su padre, pero él le aseguró que contenía alcohol y no podía dárselo a probar. A la niña le hizo desde su asiento unas cuantas carantoñas con una mano, mientras con la otra sujetaba el vaso que se llevaba con cierta frecuencia a los labios. Yo empezaba a sentir cierta indignación además de los brazos doloridos, la niña, que también debía estar cansada y no paraba de moverse inquieta, tal vez deseando volver a los brazos de su padre, empezó a protestar a su estilo, sin muchas ganas y sin llegar a llorar.

                  Yo, que no veía al padre con mucho entusiasmo por llegar a recuperar a su hija, tras pensarlo un momento, apunté que la niña parecía cansada o tenía sueño. Él trató de relajarme, pasando ya al tuteo:

                  —Tranquila, estoy esperando que se canse un poco más para darle la merienda y así el resto del viaje lo hace dormida.

                  ¡Yo no me lo podía creer! 

                  Mucho más tarde, un azafato pasó ofreciéndonos las toallitas húmedas, y otro, el díptico de lo que iban a dar de merendar. Me limpié las manos sin soltar a la niña y el padre siguió mirándola con simpatía y tomando el líquido de aquel vaso, que parecía durar como si fuese mágico y no tuviera fondo.

                  Cuando se  acercaron con las meriendas y vi que el padre, se disponían a dar buena cuenta de la merienda, levante en brazos a la niña y directamente se la pasé al padre diciendo: es una ricura de criatura. Siento tener que devolvérsela, pero voy a tomar la merienda. 

                  ¡Menos mal que no la rechazó, que era lo que me temía!

                  Terminé la merienda casi al mismo tiempo que la bebé su potito. Entrecerré los ojos; un poco para indicar que pretendía descansar, y un poco más para evitar que me hiciera más favores aquel padre tan amable. Él, después de echar un vistazo a su entorno, colocó a la niña en la mochila, tipo canguro, y fue como si la hubiera anestesiado, se quedo dormida en el acto. 

                  A partir de ese momento pude observar, discretamente, al padre. Se llevaba con frecuencia una mano a la cabeza, los dedos, cual si fueran púas de un enorme cepillo, recorrían su pelo negro ligeramente rizado. Tal vez fuese un tic, pero no parecía nervioso. De vez en cuando contestaba a las preguntas de su hijo sobre el tiempo que faltaba para llegar, aunque la mayoría de la vez le decía: no te pongas pesado, no des guerra, y cosas por el estilo. El juego continuaba en sus manos haciendo a veces un ruido infernal, pero era evidente que eso al padre no le molestaba en absoluto.

                  El parecido con la bebé ya me había quedado claro, pero a pesar de su cara, más bien redonda, no estaba gordo, de cejas muy pobladas, sin que sus pobladores se hubiesen ido a vivir fuera  del poblado. Ojos oscuros como del montón. Me pareció que el único rasgo a destacar estaba en su boca: el labio superior delgado, en claro contraste con el inferior, parecía desbordarse desde el interior hasta media barbilla. Pensé que eso le daba un toque displicente, muy en consonancia con su actitud. O ¿tal vez era al contrario? 

                  Antes de llegar a destino una azafata vino a ayudarlo. La niña seguía dormida en idéntica postura que al colocarla en la mochila.

                  Salieron los primeros. No hubo disculpas hacia nadie, ni tampoco un gracias. 

                  Lo recordé más tarde. Cuando en la parada de taxi lo vi de nuevo junto a una señora, más o menos de mi edad, que tenía a la niña en brazos y dándole la mano al niño, a quien animaba para que entrase en el primer vehículo, mientras el taxista acababa de meter unos bultos en el maletero.

                  ¿Se estaba despidiendo? Le oí decir:

                  –No te preocupes mamá, disfruta de tus nietos y no me esperéis a cenar. ¡Ah!, si no te importa, no me despiertes a desayunar, necesito dormir, el viaje ha sido agotador.

VIAJE A JAMAICA.

Patricia y Pablo se habían hecho mayores. Sí, tan mayores que su “yayita”, como ellos la llamaban, decidió que había llegado el momento de hacer un viaje con ellos a un lugar muy lejano, al que para llegar, era necesario tomar un avión y volar muchas horas.  

Patricia y Pablo tenían en ese momento ocho y seis años respectivamente, eran además muy fuertes y muy valientes, por lo que la abuelita sabía que ellos aguantarían el viaje sin protestas por muy pesado que resultase estar en el avión tantas horas.

La verdad es que cuando se hicieron los primeros planes de viaje se tomó la decisión de ir  Florida. Repartirían el tiempo entre Disney Word, en Tampa y Miami, desde donde visitarían uno de los Callos (Cay West) para que al menos Patricia y tal vez Pablo —sólo tal vez—,  pudieran nadar con los delfines en alta mar. 

El problema se planteó, precisamente, porque para nadar con los Delfines era preciso medir al menos un metro y cuarenta centímetros. Patricia, todavía no los medía, con lo cual, y tras varias reuniones entre los papás y los abuelitos llegaron a la conclusión de que… no podían estirar a los niños hasta conseguir que midiesen un metro y cuarenta centímetros, pero si podían esperar a que ellos fueran creciendo de forma natural y en un año o tal vez dos ya no existiría el inconveniente de la altura y los dos podrían disfrutar de ese baño tan deseado con los simpáticos delfines.

Así que decidieron buscar otro destino. Pero, al mismo tiempo se preocuparon, porque sabían que los niños se iban a llevar una gran desilusión al conocer que tenían que renunciar al viaje que tanta ilusión les hacía.

La reacción de los dos niños fue bastante inesperada.

Patricia  preguntó un poco preocupada

—¿Pero, vamos a ir a otro sitio?  

A lo que los papás se apresuraron a contestar afirmativamente, Patricia  se encogió de hombros y con la mejor de sus sonrisas y una voz alegre y cantarina  dijo:

—Bueno, entonces no importa, ¿dónde vamos a ir?

La reacción de Pablo fue aún más curiosa. Dio un respiro muy profundo, sobre todo teniendo en cuenta sus seis años y dijo:

—Vale, así no me roban.

La yaya miró a los papas bastante asombrada por la reacción de su nieto, hasta que los papás le explicaron a qué se debía ese comentario:

Pablo no es ni más ni menos obediente que la mayoría de los niños de su edad, pero le gusta “ir por libre”, por lo que sus papás le habían advertido que, en Disney habría muchísima gente y se podría perder, debía estar muy atento para no separarse del grupo en ningún momento. Tendría que estar con los papás o con la abuelita y no ir él sólo a ningún sitio, añadieron para estar más seguros de que les haría caso: “por si alguien al verte solo, te lleva a su casa”.  Por lo visto, desde entonces, se había quedado preocupado con lo que le podía pasar en el viaje y fue para él un descanso muy grande saber que ya había pasado el peligro.       

La segunda opción fue África, concretamente Tanzania. El agente de viajes dijo por teléfono que había un viaje muy bonito a este país, que estaba especialmente preparado para niños.

La yaya que ya había estado en dos ocasiones en la selva: una en la amazónica y otra en la africana, y había pasado sus apurillos con los “bichos”, escuchó la oferta con un poco de prevención, pero al pensar que estaba preparando un viaje para disfrute de sus niños, dio su “visto bueno”.

  Los papás enseñaron a Patricia y Pablo, por internet, los animales que iban a ver, y  ambos se animaron rápidamente con el viaje. No cesaban de preguntar:

—Seguro que vamos a ver jirafas, y ¿rinocerontes? Pero también hay leones, ¿y cebras? Y así poco a poco iban repasando todos los animales que eran capaces de recordar. ¡Estaban entusiasmados

El problema esta vez fue para la propia yayita. Cuando recibió la relación de los “Hoteles” donde iban a dormir todas las noches, empezaron sus cavilaciones.

 Les llamaban Cam. En realidad, se trataban de unas enormes tiendas de campaña individuales de un aspecto estupendo, con todo tipo de detalles, incluso se podrá decir lujosas, con sus respectivos cuartos de baño, amén de instalaciones comunes muy variadas, para el grupo de “Cams”. Pero eran tiendas de campaña en la selva.

La yayita pensó que el viaje podía estar preparado para niños, pero era demasiado para ella. Dos noches estaba dispuesta a pasarlas en la selva en un buen Loge, pero… ¡Todas las noches! y en tiendas de campaña, por muy maravillosas que se las pintasen, no lo podría soportar. ¿Quién le aseguraba a ella, que no iban a pasar a visitarla alguna araña peluda, o tal vez una serpiente? ¿Cómo iba a poder dormir  si tendría que vigilar que no entrasen “esos visitantes”?  Y como podría cuidar por la noche del nieto que durmiese con ella —confiaba en dormir cada noche con uno—, si no se sentía capaz de cuidar de sí misma. Pero, por otro lado, como iba a desilusionar de nuevo a sus nietos diciéndoles que tampoco harían este viaje. Y esta vez por su culpa.

Le dio vueltas al asunto todo el día y al llegar la noche no pudo más llamó por teléfono a su hijo, el papá de Patricia y Pablo, y le explicó lo que le pasaba. Toda la ilusión que sentía por viajar con sus nietos se había convertido en angustia. El papá de Patricia y Pablo muy comprensivo le dijo:

—No te preocupes mamá, busca otro viaje que no te ocasione angustia. Ya has visto lo bien que han reaccionado tus nietos cuando les hemos dicho que no podíamos ir a Disney. Lo que hace falta es que todos hagamos el viaje a gusto. 

Esta vez fue la yayita la que dio un suspiro de tranquilidad muy fuerte. Al igual que Pablo, también ella se había quitado un gran peso de encima.

A la mañana siguiente lo primero que hizo, en cuanto se despertó, fue llamar a la agencia para cancelar el viaje y seleccionar el siguiente. Mientras hablaba con su agente por teléfono se lo imaginaba sudando copiosamente a la vez que pensaba “esta familia no va a hacer ningún viaje”.

Pero sí. La siguiente oferta fue la definitiva, no en vano era la tercera, y ya sabéis eso de…  “a la tercera va la vencida”.

En efecto, lo habéis adivinado, el tercer viaje era a Jamaica, una isla del Caribe, la tercera en importancia después de Cuba y la República Dominicana. A diferencia de estas dos que son de habla hispana, en Jamaica se habla ingles a pesar de que en su día fue descubierta por Cristóbal Colón y enseñó a sus habitantes a hablar nuestro idioma, pero más tarde fue conquistada por los ingleses y los jamaicanos aprendieron a hablar ingles y olvidaron el español.

Para Patricia y Pablo esto no era un problema, al contrario. Ellos van a un colegio trilingüe, aprenden ingles y francés, además de español lógicamente.

Así que, cuando les dijeron los papás  que iban a Jamaica en lugar de ir a Tanzania, sólo preguntaron si allí también iban a ver animales. La respuesta fue que iban a ver muchos animales marinos y eso fue bastante para ellos. La verdad es que Patricia y Pablo son fantásticos, todo les parece bien, casi nunca se enfadan, disfrutan de todo, pero lo que más les gusta es estar juntos.  

 Patricia y Pablo ayudaron a preparar su maleta.

—Mamá ¿llevo mis gafas de bucear? 

—Claro que sí, ponlas aquí, decía su mamá.

—Papá —decía Pablo—, Me has dicho que vamos a ir en una moto. ¿No quieres que lleve la mía?

A Pablo le habían regalado una moto de gasolina, junto con un equipo y un magnífico casco para proteger muy bien todo su cuerpo principalmente la cabeza, las rodillas y los codos. Estaba aprendiendo a usarla bajo la atenta vigilancia de su papá que era quien la ponía en marcha y permanecía a su lado mientras se iniciaba en esta actividad o deporte.

Su papá le explicó que no se la podían llevar y que, además, en Jamaica montarían en una moto de agua, muy distinta de la que él tenía para usar en tierra. 

—Y… ¿quién la va a conducir?  —preguntó de nuevo Pablo.

—Nos montaremos tu y yo, pero tu serás el conductor —aseguró su papá.

—Pablo dio unos aplausos mientras llamaba a su hermana.

—Patricia voy a hacer una carrera por el agua con papá y yo voy a llevar la moto.

A Patricia  le hace mucha gracia todas las ocurrencias de su hermano y miró a su papá con una sonrisa de complicidad diciendo:

—¡Hay Pablo! Cómo te gustan las motos.  

Prepararon las maletas con mucha ilusión y por fin llego el momento de iniciar el viaje. A las seis de la mañana montaron casi dormidos en el coche que conducía su papá y fueron a recoger a la yayita a su casa. La mitad del trayecto lo hicieron dormidos, al despertar, papá paró para almorzar, lo que hicieron con buen apetito. Papá puso gasolina al coche y ya no se volvieron a dormir, muy al contrario, estaban despejados y emocionados y sobre todo deseosos de iniciar el vuelo.  Llegaron al aeropuerto después de haber preguntado ¿cuándo llegamos?, catorce veces al menos.  

Embarcaron después de una larga espera. Una vez en el avión, La azafata les comunicó a todos los pasajeros que había habido un problema con los equipajes. Por lo visto habían llevado todas las maletas de ese vuelo a otro avión, por lo que los equipajes que llevaba el avión no eran de ninguno de los pasajeros. Menos mal que se dieron cuenta antes de despegar, sino, nuestros protagonistas, al igual que los demás pasajeros, no hubieran tenido nada para ponerse en Jamaica, y habrían tenido que renunciar a todas esas cosas que con tanta ilusión habían metido en las maletas para usarlas en la isla, habrían tenido que buscarlas por las tiendas de Montego Bey u Ocho Ríos que eran los sitios más próximos a su hotel, pero algunas de ellas, seguramente, hubiera sido imposible de encontrar.

El vuelo partió al fin hacia el Caribe. Fue un vuelo tranquilo sin más incidencias.  

Lo que ocurrió en Jamaica pertenece a otra historia…  

LA DESPEDIDA

A todas las profesoras que saben entender y cuidar tan bien, y con tanto afecto a nuestros niños y niñas, desde sus primeros pasos en la escuela o en “el cole”.

Javier apenas puede moverse, le tiemblan las piernas, siente que algo le quema por dentro, más o menos a la altura del estómago, es allí donde se lleva las manos. Mira con los ojos muy abiertos, como incrédulos, la actividad y la alegría de sus compañeros. Él no puede seguirlos, no está contento y además siente un dolor como cuando se come media tableta de chocolate; pero el no ha comido chocolate, ni helado; que también a veces come demasiado y le sienta mal. 

No  sabe qué es lo que le pasa. Pero eso no le impide sentir lo que siente. Aunque tampoco sabría explicar qué es lo que siente.

Todos su compañeros de infantil están alborotados.

—! Es el último día de clase!

Dicen entre gritos que ya no tendrán que madrugar en todo el verano. Alguno asegura dando saltos mientras ríe, que se irá de vacaciones a la playa con sus padres, otros cuentan que irán a ver a sus abuelitos al pueblo. ¡Bieeeen! —exclaman otros.

Para Javier no es solo que hoy termina el curso, es que sus padres, que llevan tiempo deseando cambiarse de casa, quieren aprovechar las vacaciones de verano para hacerlo — tendrán que trasladarse  a otro barrio—. Le han asegurado, que en la zona elegida hay un colegio, “más adecuado para él y  para el estilo de vida de la familia” —Javier no comprende el significado de aquella justificación. Él cree que significa “mejor”, pero no lo acaba de ver claro —.  Según sus padres, al terminar infantil como ya tiene seis años, es un buen momento para cambiar de colegio.

Lo que sí comprende Javier con toda claridad, es que hoy es el último día que se va a encontrar con aquellos amigos y con aquellas profesoras,  y sobre todo con  “su seño”, a la  que tanto quiere y  la que tantas cosas le ha enseñado. Se lleva las manos a la barriga, y cruza las piernas como si necesitara ir al baño.

A los amigos que tiene más cerca, les pregunta con una vocecita que apenas le sale del cuerpo, porqué están tan felices, si no se van a volver a ver. Los grandes ojos de Javier se humedecen al decirlo.

Tener que decirles adiós le produce algo parecido, pero más fuerte, a cuando tiene que abandonar su juguete favorito, porque se le ha roto de tanto usarlo, y tiembla como si un escalofrío recorriera  todo su cuerpo. El lo identifica con la necesidad de ir al servicio,  pero ahora no puede ir, le toca a él subir a la tarima dónde las profesoras les despiden con un consejo y un abrazo. Sube y cruza  las piernas cuando está frente a “su seño”, tiene que aguantar un poco. 

                  Sí, aún puedo aguantar   —piensa—.

“Su seño” le coge de la mano en ese momento, le dice que ha sido un muchacho excelente. Afirma que ella no lo olvidará

                  ¿Vendrás a verme algún día? —le pregunta.

Javier siente que algo se desmorona en su interior, y cuando le va a contestar advierte que un líquido caliente está descendiendo por sus piernas. Mira al suelo con pavor y comprueba que a sus pies se está formando un pequeño charco. Cruza con más fuerza las piernas, pero  ya no puede contener el fluido. Mira a  “su seño” como pidiendo socorro. Ella lo observa sorprendida, sin entender el  SOS. que le está enviando, hasta que la risa de unos niños y los dedos que lo señalan le descubren lo que está ocurriendo.

Javier rompe a llorar desconsolado. 

 ¡Demasiadas emociones Javier, para tu tierna sensibilidad!    —piensa “la seño”—.  Inmediatamente, se quita la bata  del colegio, donde aparece su nombre, Mª José y pide a una compañera que le traiga una bolsa de plástico de su taquilla. Trata de esconder el cuerpo de Javier con el suyo, para evitar las burlas de otros niños. Seca a Javier con su bata y después  la deja caer con disimulo al charquito. Consuela a Javier con un abrazo y le dice que no pasa nada. Mete su bata mojada en la bolsa que le ha traído su compañera y acompaña a Javier al baño. Una vez allí, saca de la mochila la ropa de recambio que la mamá de Javier siempre le pone, en previsión de posibles contingencias, y se lo da, diciendo con dulzura: 

 —Te espero fuera, tranquilo. No pasa nada —insiste pasando su mano por la cabeza de Javier y tratando de calmarlo —, cámbiate y sal, yo estaré en la puerta.

Pasa el tiempo, Mª José considera que más del que parece necesario, da unos golpecitos en la puerta y entra en el baño. Javier se ha cambiado, pero está en un rincón llorando  silenciosamente entre hipos. Mueve la cabeza negativamente . No quiere salir. 

“La seño” entiende que es el último día que está con sus amigos y no quiere que lo recuerden así. O tal vez es él quien no quiere recordar a sus amigos riéndose mientras lo señalan. 

Es tal el desconsuelo que, por primera vez, Mª José, aquella buena profesora, no sabe qué debe hacer.

En cuclillas  y tomándole las manos, trata de explicarle que ha sido la emoción del momento la culpable de su incontinencia, y no debe sentir vergüenza, porque eso solo demuestra lo grande y sensible que es su corazón.  Ella está muy orgullosa de “su Javier”.

—Es posible que no te comprendan todos los niños, pero, por esos no merece la pena que te preocupes.

Javier se va calmando y al fin accede a salir del baño. Un grupo de niños lo señala, pero otro grupo más numeroso se acerca a él para abrazarlo y despedirse, todos le piden que vuelva cuando empiece el curso y que los invite a su nueva casa. Quieren conocerla.

Javier se siente más tranquilo.

¡Tal vez la despedida no es para siempre! —piensa, mientras deja salir el último hipo.

Mis sueños:

Mis sueños:

No se qué ocurrirá con vuestros sueños, pero a veces los míos son tan reales que sus efectos duran hasta unos minutos después de despertarme.

Veréis lo que quiero decir:

Este ha sido mi último sueño:

Yo vivo en Logroño. En esta ocasión, en mi sueño también vivía en esta bella ciudad. Salí con mi coche a un pueblo (no recuerdo su nombre) aparqué y me fui a  hacer lo que fuera que tuviese que hacer. Al terminar, volví a por mi coche para regresar a casa. Pero no conseguía localizarlo, intentaba recordar algún dato que me facilitase el lugar donde lo había aparcado, sin ningún resultado positivo. Anduve por sitios muy extraños, sitios que en la vida real nunca se pueden utilizar para aparcar: montículos rocosos, arboledas con matorrales… intentando deducir donde me habría resultado más fácil aparcar al llegar al pueblo. Cuando empecé a buscar mi coche era pleno día, pero estaba oscureciendo yo seguía caminando por sitios que no recordaba haber pasado antes, y el coche no aparecía. Llegué a un punto donde consideré que podía estar en Logroño, porque el lugar se parecía, aunque había algo extraño que no me permitía identificarlo con rotundidad. Pregunté a dos señoras que pasaba junto a mí:

¿Me pueden decir dónde estamos?

—¡Claro, en Logroño!, ¿no ve las torres gemelas de La Redonda?

—Es verdad, me lo estaba pareciendo.

Pensé con disgusto que tendría que volver de nuevo al pueblo del que me había alejado tanto. Tendría que empezar a buscar de nuevo y estaba agotada, pero además tendría que llamar a mi casa y explicar lo que me ocurría, seguro que ya estaban muy preocupados, con lo tarde que era  y desconociendo dónde me encontraba a esas horas de la noche.

Saqué el teléfono de mi bolso y busqué una farola para ver los nombres y llamar a mi marido y a mis hijos.

En el momento que empezaba a localizar el nombre que buscaba me desperté.

¡Uf!, ¡menos mal que era un sueño, pensé aliviada. 

Lo curioso fue, que después me dije: que tranquilidad no tener que llamar a nadie para darle explicaciones y sobre todo no tener que seguir buscando con lo cansada que estaba, además ¡vaya usted a saber dónde habré dejado el coche…

De verdad que ya estaba despierta.

ANA

Desde la puerta del pequeño salón, Ana miró el descuidado jardín de su casa. Siempre había deseado tener un jardín y mimarlo. Cuando adquirieron el pequeño apartamento ubicado en la planta baja de un humilde edificio, se sintió muy feliz y deseó llenarlo de plantas que diesen flores de todos los colores.

Destinaría una parte con césped en el centro para poner una mesita con dos sillas: una para su marido y otra para ella, dejaría un espacio para poder colocar una toalla sobre la verde yerba, allí se tumbaría a tomar el sol al terminar con las tareas del hogar, mientras esperaba la llegada de su marido para comer y el resto del reducido espacio lo llenaría de hermosas flores que cuidaría con mimo.

Pensó que hacía tiempo que había olvidado este propósito. Cierto que, en una de esas escasas ocasiones en las que la melancolía la avocaba a recordar sus intenciones de recién casada, se había dedicado a plantar unas violetas y unos bulbos de narciso en un lateral del  marchito césped, pero las violetas estaban mustias y los narcisos no daban señales de vida.

Antes de salir al jardín su vista tropezó con varios elementos desperdigados por el salón, pero una enorme desgana la invadía, y  se dijo como disculpándose consigo misma que no se sentía con energía, tampoco le apetecía ponerse a recogerlos en ese momento y empezar a colocarlos en su sitio, ya lo haría después de tomar el sol. Necesitaba algo de calor.

Se tumbó en la toalla sobre el deslucido y duro césped. Mientras pensaba miraba las formas caprichosas de las nubes y su lento discurrir por el espacio, compartido, muy de tarde en tarde, tan solo por algún avión. Unos minutos más tarde, una llamada desde el móvil interrumpió sus taciturnos pensamientos.

Cuando colgó fue consciente de que el mundo había dejado de girar. Las formas de las nubes, como de algodón blanco: un oso, un cocodrilo, un carro…, de repente, se empezaron a descomponer hasta adquirir formas  grises,  inquietantes, que no se acababan de definir.

Necesitaba pensar, tenía que aclarar el significado de aquellas palabras que su marido había pronunciado por teléfono. Ella había colgado sin dejarle terminar. Se había sentido tan mal al escucharlo que fue incapaz de mantener con él una conversación con sentido:

—Hola amor —le había oído decir a través del teléfono—, ¿quedamos en el mismo sitio de siempre para comer? Estoy deseando verte de nuevo, besarte y decirte…

—¡¿Guillermo?!  —había gritado asustada, a la vez que abortaba  la frase que pretendía decir su marido—. Creo que te has confundido, ¿Con quién crees que estás hablando?

—Con mi querida esposa, ¿Con quién…

La voz de su marido había sonado tan alegre como cuando lo conoció, como cuando se casaron y fueron a ocupar aquella casa con un pequeño jardín, que a ella le sugerían mil alegres posibilidades. ¡Hacía tanto tiempo que no escuchaba aquel tono feliz e ilusionado!

Ella colgó sin dejarle seguir, incapaz de soportar la terrible revelación que acababa de sufrir:

¡Su marido tenía una amante!

Era con ella con la que creía que hablaba. Lo había pillado infraganti. La llamaba para quedar a comer.  Y no era la primera vez, por lo que había escuchado.

El teléfono sonó varias veces, pero ella solo lo cogió para cerciorarse de que era su marido el que insistía. Entonces volvía a dejarlo sobre el áspero césped.

Las nubes, cada vez más oscuras y abundantes, pugnaban por cubrir el sol.

Si echaba la vista atrás, recordaba su hastío por la monótona vida que llevaban. No salían juntos de casa más que los domingos para ir a misa. Volvían  a comer después de dar un paseíto.  Sin parar en una cafetería para saborear un cafecito de esas cafeteras que destilaban un delicioso brebaje, tan distinto del que ella hacía con su “Melita”, o sentarse en una terracita al sol y tomar un aperitivo.

Antes de recibir la horrible llamada, estaba pensando precisamente que aquello no era vida. Deseaba cambiarla  y no veía la forma de hacerlo.

Su marido acababa de darle un motivo para ese cambio y, puesto que para su marido el amor se había acabado…

Una arcada  dio comienzo a sus nauseas. Se volvió de costado, la sensación de mareo le impidió levantarse.

Pensó, mientras se mordía los nudillos de sus dedos índice y anular, que su marido no gastaba ni un céntimo en invitarla, y a la otra la iba a llevar a comer… ¿Cuánto tiempo llevaría invitándola? Los pinchazos en su abdomen la hicieron  doblarse por la cintura y recoger las piernas. Agarró las hierbas que tenía más cerca, las arrancó y las golpeó una y otra  vez.

¿Cuándo había invitado a comer a su querida? ¿Después o antes de comer en casa? Porque Guillermo comía en casa todos los días, ¡y con qué apetito!

—¡Siento rabia! —dijo, alzando la voz—. Todos los días después de comer Guillermo descabeza un sueñecito frente al televisor. ¿Cuándo come con ella?  ¿Antes? ¿Y qué come para llegar a casa con tanto apetito? Lo a gusto que se le veía en su butaca mientras dormía. ¡Cómo me ha engañado!

De pronto sintió deseos de retroceder en el tiempo. Los dolores de cabeza. Su cansancio. Excusas para no tener una relación íntima. ¡Qué pereza! Realmente no lo deseaba. Ahora sin embargo sentía la necesidad de recuperarlo.

Pero qué estaba pensando, ¿es que  no tenía amor propio? ¡Pero si lo odiaba! En cuanto llegara le obligaría a hacer la maleta y salir de la casa para siempre, no había hijos que pudieran echarlo en falta, así que … ¡a otra cosa! Se vería libre de él y empezaría una nueva vida: iría al cine, se sentaría en una terraza para tomar el aperitivo. ¿Por qué no le producía ninguna satisfacción la idea? —Absorta en sus pensamientos no se dio cuenta de lo que presagiaban los negros nubarrones.

Sintió que el frío y la humedad del césped le calaba hasta los huesos. No, ¡el césped no podía estar húmedo! Al fin fue consciente de que estaba lloviendo. Estaba lloviendo y se estaba mojando.

Se levantó con rapidez, dio una patada en el suelo queriendo destruir el inexistente jardín y sintió dolor en la planta del pie, se le había clavado una pequeña astilla, se agachó para arrancársela, y antes de enderezarse  agarró la hierba, para tirar de ella con todas las fuerzas, mientras sus dientes chirriaban. Repitió con más fuerza varias veces, arañándose las manos. Entró al fin en la casa dando un fuerte portazo que hizo temblar los cristales.

Allí seguía la toalla, las zapatillas, la taza de café… Cogió la taza y la estrelló contra el suelo. Temblaba. Encogió los pies, para sentarse sobre ellos en el sofá, cruzó sobre el pecho los brazos y los agarró con fuerza para evitar seguir temblando.

Oyó las llaves en la puerta. Vio aparecer a su marido. Trató de superar la indignación y el dolor, que no le permitían arrancar a hablar, para decirle que se fuera para siempre de su lado, que no lo quería volver a ver. Pero él, sin dejarla hablar, se acercó con los brazos abiertos, mientras le decía:

—¿Qué le ha pasado a tu teléfono?  ¡No he podido contarte la buena nueva! ¡Pero estás calada! Voy a por una toalla, veo que te ha pillado la lluvia en el jardín, ¿no? —entonces advirtió la toalla que descansaba sobre el sofá desde el día anterior, la tomó y comenzó a secarle la cabeza con brío —. Quería decirte… —la miró a los ojos escrutando su lánguido rostro—. Quería decirte que no, que no quedamos en el mismo sitio de todos los días, que hoy te invito a comer en un restaurante para celebrar que… ¡me han ascendido! Ya no tendremos que hacer tantos sacrificios para economizar cuatro euros, a partir de hoy podremos ir algún día al cine y tomar alguna tapa los domingos. Qué feliz me hace poder darte algún capricho. Sé como te gustaría sentarte en una terraza para tomar algo. Nunca te has quejado, pero veo tu cara cuando miras a las parejas sentadas al sol. Se me parte el alma. ¡Has sido tan sacrificada, y sin quejarte! Qué suerte he tenido casándome contigo. ¿Lloras? Estas emocionada como yo. Ven que seque también tus lagrimas.

Había parado de llover, el césped brillaba, las violetas se habían recuperado y los narcisos pugnaban por hacerse un hueco entre la tierra.

Fin.

CARMEN

Una abuela primeriza, a su nieta, en su tercer cumpleaños. 

Dejadme que os presenta a la protagonista de esta pequeña historia. Se llama Carmen.

Seguramente tú conoces a alguna Carmen: tu hermanita, una prima, o una amiga, o tal vez tu misma te llames Carmen. 

Pues bien, Carmen es una niñita que en el momento en que empieza este relato acababa de cumplir dos años.

Carmen tiene la tez blanca y el pelo rubio, pero veréis, es un pelo tan fino y brillante que parece estar compuesto por fibrillas de oro.

Cuando el sol sale le gusta hacerse el encontradizo con  Carmen. Primero para disfrutar de su sonrisa, que le da alegría para el resto de su jornada de trabajo, y segundo, porque él,  que es muy coqueto, al descansar sobre su pelo parece más resplandeciente. Por eso el sol sonríe cuando la ve paseando por la calle con sus papás, y sin pensarlo dos veces, se posa en su cabecita despidiendo lindos destellos. 

Cuando el cielo está lleno de nubes, el sol trata de empujarlas, intenta hacer un pequeño hueco para poder ver a Carmen.

Unas veces lo consigue y saca sus largos brazos en forma de rayos de luz por la pequeña abertura que con tanto esfuerzo ha conseguido. 

En estos casos se limita a acariciar su cabecilla dulcemente.

Pero otras, las nubes se muestran especialmente duras y espesas, y el sol llora, de—solado, ante la imposibilidad de encontrarse con Carmen, pero entonces, las nubes se ponen a tirar agua para disimular y que así nadie sepa que también el sol puede humedecer la tierra con sus lágrimas.

—!Estaría bueno! —dice una nube que tiene fama de gruñona y reivindicativa —, !esa no es una función solar! ¿Qué diría el sol si nosotras empezáramos a dar luz y calor? —Y mientras lo dice, se esponja, haciendo que aumente la cantidad de agua que manda a la tierra, o sea, arreciando la lluvia. 

Carmen tiene, además, unos hermosos ojos azules que parecen dos inmensos lagos, donde uno al verlos, le gustaría coger su barca y ponerse a remar para estar en ellos y apreciar en toda su plenitud esas chispitas de alegría que se escapan destellantes de esos ojos.

¡No os confundáis!, se escapan porque no caven todas dentro, !es tanta la alegría que tiene! 

Sus ojos, como los tuyos y como los de todas las personas que conocéis, son un par de ventanas desde donde puede ver todo lo que hay a su alrededor. Esas ventanas tienen unas persianas llamadas párpados que, por cierto, resultan muy prácticas en cantidad de ocasiones, por ejemplo: para echar la siesta. Ya sabéis, bajas las persianas y ya no ves la luz, ni los juguetes que hay en la habitación, ni … bueno, ni nada que te distraiga, y así puedes descansar plácidamente de tanto jugar. Y cuando las levantas, puedes empezar de nuevo a jugar con más brío, si eso fuera posible .

!Pues bien! Las persianas de Carmen están rematadas, por unas pestañas… ¡Ya!, ya sé que como todas. Pero es que las de Carmen son de un tamaño y una espesura que, cuando se despierta y las abre y las cierra mientras se despereza, se levanta una especie de airecillo, que recuerda a la fresca brisa de una  primaveral y soleada mañana. Entonces muestra esos enormes ojos azules de los que ya os he hablado. No es de extrañar que sus papás y abuelitos deseen estar en ese momento lo más cerca posible de Carmen.

La boquita de Carmen completa el conjunto armonioso de su linda cara con una sonrisita, casi perenne, que permite contemplar a  dos de sus graciosos dientecillos que se asoman tímidamente. Ellos están muy, pero muy orgullosos de formar parte de esa carita tan linda  y quieren que todos lo sepan. Pero son tan vergonzosos… 

Cuando habla, unos cascabelillos se mueven en su garganta emitiendo una especie de musiquilla tintineante, a veces… un par de notas más alto de lo que cabría esperar, o más bien, desear.

!Ah! casi me olvido de la nariz; me ha pasado como a sus papás. Es que la nariz de Carmen … parece apenas  un proyecto.

¿Sabéis cómo camina Carmen? Apenas pone los pies en el suelo. Al menos esa es la impresión que da. Yo creo que solo apoya las puntas de los pies, como si cada pie estuviera impaciente por pisar y le dijera al otro: “ya vale, deja que me apoye yo”, y claro, no le da tiempo a apoyarse del todo en el suelo, eso que son muy pequeños, minúsculos. Bueno, tal vez no sea  ese el motivo, pero lo cierto es que su andar parece el inicio de unos pasos de ballet, o tal vez se asemeje a una pequeña gacela, o a  un cervatillo saltarín cuando corre brincando, pretendiendo alcanzar a su mamá la cierva. ¡Carmen! Es tan chiquitita y armoniosa, tan alegre y juguetona…

EL COLE

            Pues empiezo la historia que pretendo contaros.

 Al cumplir dos años,Carmen empezó a ir al baby —bueno a ella le gustaba decir que era un “cole”.

Carmen le encantaba ir al “cole”, coger su mochila, su bata y de la mano de mamá caminar con esos saltitos que hacían bailar su lindo pelo, para mostrar así la alegría de su amita Carmen

Allí, en el “cole”, aprendía muchas cosas: a dibujar y pintar, a contar, a conocer los colores y las formas, y sobre todo a cantar canciones.

 A Carmen le gustaban tanto todas las canciones, que se las aprendía con rapidez, para cantárselas a sus papás y a sus abuelitos. También le gustaba bailar, por eso, a la vez que cantaba se movía suave y rítmicamente al compás de la canción.

Carmen no solo cantaba las canciones del “cole”, también se había aprendido algunas que le cantaba su abuelita —ella la llamaba “yaya”—, y bailaba al ritmo que le marcaba la canción de turno. 

¡A ver!, No es que su “yaya” cante muy bien, ¡que va!, pero a ella  le gustaban sus canciones, sobre todo la de “La hormiga Titína” y cuando su abuelita decía: “y Titína, zás, se cae para atrás,  y Titína, zás, se cae para atrás, del susto no ma- a- as ”, Carmen se doblaba hacia atrás hasta casi tocar el suelo con su rubia melenita.

Lo más gracioso era cuando lo hacía en la sillita de paseo y sus esfuerzos por simular que se caía para atrás hacían reír a los que la contemplaban. Para su abuelita no había nada más divertido.                                               

Carmen tiene muchos amigos; todos los de su “cole”. Pero, además, tiene primos y primas, y a todos los quiere mucho, especialmente a sus primas María y Aniana. María es de la misma edad que Carmen, solo se llevan cinco días, por lo que se entienden especialmente bien. El problema es que, a veces, quieren las mismas cosas al mismo tiempo, lo que hace tomar decisiones salomónicas a sus pacientes padres, pero… se quieren tanto, tanto, que lo habitual es que la sola idea de pasar una tarde juntas les llene de entusiasmo. Aniana es más pequeña, por eso sus primas se sienten unas veces protectoras y otras… superiores y mandonas.

Pero no importa, porque les encanta permanecer juntas.

EL REGALO

Los papás de Carmen querían hacerle un regalo muy especial para Reyes: ¡un hermanito!

Carmen esperaba muy ilusionada su llegada, su mamá la acercaba a su abultado vientre mientras le decía:

–Pon aquí la mano, sentirás cómo se mueve tu hermanito, ¿notas que patadas está dando? y Carmen reía alborozada cuando sentía el brioso empujón de su hermanito en su pequeña mano.

—Me ha dado una patada ja, ja. ¿Cuándo va a salir mi he‑manito? —preguntaba impaciente. 

—Para Reyes —decían sus papás.

Mientras esperaban la feliz llegada del hermanito, pensaron en qué nombre le pondrían, y, tras mucho discurrir, decidieron por unanimidad que el hermanito debería llamarse Diego. 

Por fin llegó el día de los Reyes Magos, y Carmen recibió un montón de regalos por parte de los Santos Reyes, pero su hermanito no llegó ese día.

¿Que había pasado?

Pues que los papás de Carmen eran tan meticulosos, que después de terminado el hermanito lo estuvieron repasando cuidadosamente,  no fuera a ocurrir que se dejaran algún detalle sin terminarlo bien,  bien, lo que se dice bien. 

!Por fin quedo terminado a gusto de tan exigentes padres!

Nació el día ocho de enero. Realmente era un bebé precioso y Carmen esperaba impaciente la aparición de su mamá en  casa. El instante de conocer a su hermanito. 

¡Al fin había llegado el momento! Carmen lo esperó en la misma puerta de su casa, lo miró con sus preciosos y enormes ojos abiertos de par en par, sin permitir, ni por un instante, que sus párpados levantaran la más ligera de las brisas en su gracioso parpadeo. ¡Estaba tan nerviosa! Quería coger su regalo, y sus papás no se lo daban del todo, solo podía tenerlo mientras su papá lo sujetaba. De pronto, el  hermanito empezó a llorar. Carmen se puso seria, y tras un instante durante el cual podía advertirse su enorme preocupación, preguntó a su hermanito, mientras hacía sonar todos los cascabelillos de su garganta en un tono grave:

Riego ¿ po‑qué  roras?  ¿eztás t‑iste?

Toda la familia que se encontraba expectante presenciando el esperado encuentro, no pudieron evitar la risa.

Su mamá dijo: 

—No, no está triste, lo que ocurre es que tiene hambre, tendré que darle de comer.

 Casi sin terminar la frase, Carmen se puso en movimiento. Entraron en el salón donde ella tenía sus juguetes y entre ellos una cocinita que los Reyes le habían traído. Cogió una sartén de plástico y metiendo en ella un huevo frito del mismo material, se acercó a su hermanito diciendo:

Riego ¿ te guzta ezte huevo ?–—sin esperar respuesta comenzó un desfile de toda clase de productos comestibles (si no hubieran sido de plástico), mientras preguntaba incansable—: ¿Te guzta ezto Riego?

Mientras, mamá se preparaba para dar de comer a Diego algo más adecuado a su apetito.

Lo cogió suave y amorosamente, lo acurrucó entre sus brazos y Diego empezó a tomar su alimento del pecho de mamá. Carmen miraba la escena sin perderse ni un solo movimiento de ambos. Papá, que quería inmortalizar aquella escena, grababa sonriendo los movimientos apresurados y nerviosos de Carmen, que contrastaba con la escena reposada de la mamá y el bebé.

Carmen estaba encantada con aquella situación tan novedosa.

No rores bonito que e-toy aquí co‑tigo—solía decir al oír el lloro de su hermanito o bien:

No rores que me pongo tiste.

Carmen quería enseñarle: a hablar, a andar, a cantar, a comer con la cuchara o con el tenedor, en fin, todo lo que ella sabía. 

Su abuela le decía:

—Vas a tener que enseñarle muchas cosa a tu hermanito. Este niño no sabe nada, es un poco tontorroncito, y Carmen reía diciendo, con un tono de voz que hacía pensar que era todo un piropo:

Sí, e un poco totoroncito

Y al decirlo, le brillaban los ojos de tal manera, que las chispitas  que poblaban sus ojos se convertían en estrellitas y parecían tener ganas de bailotear  dentro, o de escaparse a dar una vuelta en torno al hermanito, para poder apreciar más de cerca, el motivo de la felicidad de su amita Carmen.

Diego era un bebé muy guapo, pero sin duda, con el paso de los días se iba superando. Cada día se parecía más a Carmen, aunque se apreciaba claramente que lo habían realizado en versión masculina. !Era un chicote precioso! Ojos azules como los de su hermana, aunque algo más grandes y redondos, rematados por inmensas pestañas. Lo más gracioso de su cara eran los dos triangulitos que formaban, uno sobre otro, la nariz y la boquita. 

La nariz era un triangulito con el adorno de los dos agujeritos. La boquita entreabierta que habitualmente formaba el otro triángulo, muy pronunciado, por cierto, a veces, principalmente cuando se reía, formaba una línea recta. Bueno, más bien dos líneas rectas paralelas. ¿Cómo podía estirarse el labio inferior gordezuelo y diminuto hasta tener el mismo tamaño que la suma de los otros dos lados del triángulo que formaban el labio superior?  Realmente era un espectáculo, sobre todo por el cambio de expresión de aquella carita sonriente. Era algo que volvía un poco locos a sus papás hermanita y abuelos, porque, sin que nadie dijera ni palabra, todos reían a la vez que Diego, sobre todo Carmen que, como ya habréis observado, pronunciaba la D de Diego como una ere suave: 

–!Ay Riego como te ríes!

 DE NUEVO AL COLE

Tras las vacaciones de Navidad, Carmen volvió de nuevo al baby, perdón, al “cole”.

Le encantó encontrarse con sus viejos amiguitos, sobre todo con Miguel. ¿Qué no sabéis quién es Miguel?,  pues es el defensor de Carmen. El papá de Carmen y la mamá de Miguel son primos, por lo cual ellos también lo son, aunque más lejanos, como dicen los mayores. Pero no es por eso por lo que Miguel defiende a Carmen, es que él la defiende incluso de sus otras primas, que a su vez son primas de Carmen. ¡Qué lío!, ¿verdad?

—. Bueno el caso es que con Miguel no hay problema de que a Carmen le hagan nada malo. !Bueno es Miguel!

Al salir del “cole” le esperan su mamá y su hermanito. Lo primero que hace Carmen es acercarse a su hermanito para hacerle una caricia y darle un beso, y lo hace con mucho cuidado y con un aire protector de personita mayor. !Claro! es que Carmen es mucho, mucho, más mayor que su hermanito y ella lo sabe muy bien, y tiene que tratarlo como tal. Después van a casa los tres para comer con papá, aunque a veces es papá quien va a buscar a Carmen, entonces ella corre hacia papá diciendo papito, papito, y juntos se van los cuatro a casa. Carmen, que ya ha comido en el colegio, se sienta a la mesa en medio de sus papás y se apunta a comer un poquito más con ellos. Después se va a la siesta.

 GOLOSINAS

Carmenes muy golosona le encantan las porquerías. Así es como ella llama a los dulces, debido a que sus papás le suelen decir que tiene que comer esto y lo otro, pero no porquerías, pero a ella lo que más le gusta son las porquerías, y cuando el abuelito le dice que son malas y que le va a doler la tripita si come muchas, ella dice:

No yeye no son malas, son u poquito muenas y u poquito malas.

Y añade moviendo la cabeza de forma afirmativa:

Etas son muenas

Entonces el abuelo que es muy abuelo se ríe y no sabe negarle esa porquería tan muena.

A veces, también su abuela va a buscarla a la salida del “cole”. A ella le ocurre algo muy curioso: sabe que va a buscar a su primera y única nieta que solo tiene dos años, y que es una linda muñequita. Pero cuando después de esperarla impaciente ve abrirse la puerta del baby y Carmen sale… siempre, siempre, se sorprende; es tan chiquitita y con tanta gracia. Ese caminar a saltitos, ese bailoteo de su pelo, esa sonrisa de su boquita y ese brillar de sus ojos…

 ¡No puede evitar pensar que el recuerdo no le sirve para nada, porque es incapaz de retener la sensación de tanta perfección, !hay que verla! Y siente una ternura inmensa y una alegría sin límites, al pensar que esa sonrisa es para ella y que esos saltitos quieren decir que camina contenta a su lado y… ¡yo que se que cosas cree su abuela ante esa cosita! pero os puedo decir, porque lo se de buena tinta, que en esos momentos es la mujer más feliz del mundo.

CARMEN SE ESTA HACIENDO MUY MAYOR.

(Dentro de muy poco cumplirá tres años). 

            Durante el verano ayudaba a mamá a cuidar de Diego, buscándole los juguetes que más le gustaban, recogiéndoselos del suelo cuando los tiraba, que por cierto es algo que Diego sabía hacer muy bien, no en vano tenía ya mucha práctica. También le ha enseñado a decir papa, mama, tata yeye y yaya. Además, cuando le preguntan ¿dónde está la luz?, mira a la lámpara que tiene más próxima y sopla diciendo luff, luff…, al tiempo que el triángulo de su boquita  se transforma en una esfera casi perfecta. 

CARMEN VA AL COLEGIO.

Esta vez Carmen va al cole de verdad, y lleva un uniforme como las chicas mayores. En el cole está con su primita María.

Las mamás de las dos primitas habían advertido a la profesora de que estaban acostumbradas a una siesta y que, como era el primer día que no iban a ir a su casa a descansar con una siesta,  tendrían que llevarlas a esa habitación que tenía el colegio para que las pequeñas durmieran un poquito.

Cuando la profesora estaba dando su clase de lengua, advirtió que en una mesa había dos niñas que no le prestaban gran atención, a juzgar por la postura tan relajada que mantenían.

 Se dirigió hacia ellas para ver qué estaban haciendo. Al aproximarse comprobó que se trataba de Carmen y María. Las dos primas se habían quedado plácidamente dormidas apoyando sus cabecitas sobre la dura mesa de estudio, como si de una mullida almohada se tratase. Entonces  recordó la recomendación de sus madres.

¡No había llevado a las niñas a hacer la siesta!

EL UNIFORME

Carmen estaba encantada con su uniforme nuevo, se encontraba tan bien dentro de él, que no deseaba quitárselo para nada. Tan empeñada estaba en no quitárselo que veréis lo que pasó:

Era un viernes por la tarde, la mamá y la abuelita de Carmen, fueron, junto con Diego,  a esperarla en la parada de su autobús, a la hora de la salida del colegio. Como al día siguiente no tenía que volver al cole, la abuelita dijo a Carmen ¿quieres venir a dormir con los abuelitos?

Carmen no lo pensó dos veces y dijo saltando muy contenta:

—¡Sí, Sí!

Miró a su mamá muy sonriente preguntando: ¿Mamá, puedo ir con la yaya a su casita?

Su mamá esbozó una sonrisa que parecía una afirmación, pero Carmen,  que no lo tenía demasiado claro, buscó apoyo mirando a su abuelita mientras le decía:

—Yaya me quiero dormir en la camita de flores al lado del yeyé ¿vale?

Su abuelita río  contestando:

—!Vale!

Entonces Carmen miró a su mamá esperando el permiso de forma más clara. Su mamá, al fin, le dijo: 

—!Está bien!, pero a ver como te portas, tienes que ser muy buena y hacer caso a todo lo que te manden tus abuelitos. Carmen aceptó con su consabido !vale! y añadió, mientras movía su cabeza afirmativamente para dar más  rotundidez a lo que decía:

—Me voy a cortar muy bien.  

La verdad, Carmen se portó muy, pero que muy bien. Hablo, jugo, cenó, y todo ello haciendo las delicias de los abuelos que la miraban embobados. Solo hubo un problema: Carmen no quería desprenderse de su flamante uniforme, ni siquiera del jersey que llevaba como parte del nuevo uniforme y que sin duda le daba demasiado calor. Pidió a su abuelo que le pusiera la película de “LA DAMA Y EL GAVABUNDO” –así llamaba Carmen a Golfo, el perro vagabundo. El abuelo se apresuró a poner el video y Carmen se sentó frente al televisor y al lado de su yeye como ella llamaba a su abuelito.

A los pocos minutos, la abuelita se dio cuenta de que Carmen estaba sudando y se estaba quedando dormida. Entonces le dijo: 

—Vamos a la cama cariño que estas muerta de sueño.

Carmen contestó intentando abrir mucho los ojos, pero sin conseguirlo:

Epera u poquito que vea al gavabundo

La abuelita insistió:

—Mira cómo estas sudando te voy poniendo el pijama mientras ves la película y cuando termine de vestirte te llevo a la camita y desde allí puedes seguir viendo al vagabundo. Ven vamos a quitar el uniforme.

Carmen contestó, sujetando con las dos manos su jersey, con una fuerza inesperada dado su estado de sueño:

—No yaya, no me quites el uniforme.

—¿Cómo te vas a ir a dormir en la cama con el uniforme puesto? —trató de razonar la abuelita mientras intentaba disimular la sonrisa que amenazaba con convertirse en sonora carcajada.

—Quiero dormir con el uniforme —insistió Carmen mientras cruzaba los brazos sobre su jersey para evitar ser despojada del mismo.

En vano intentó la abuelita hacerle comprender que ya estaba pasando demasiado calor con el uniforme y que además la ropa del colegio era para el colegio. Para dormir, la ropa de dormir.

Al fin llegaron a un acuerdo: Carmen vería  con su uniforme “LA DAMA Y EL VAGABUNDO”  sentada en su camita de flores y después permitiría que le pusieran el pijama para dormir.

De repente, Carmen advirtió que su uniforme estaba húmedo de tanto sudar, sintió una sed inmensa  y pidió agua,  pero no dijo nada del calor que sentía, por si alguien trataba de quitarle el uniforme antes de lo acordado. 

Alguien le llevó un vaso de agua. Carmen empezó a beber y casi sin respirar se tomó un gran vaso, pero seguía teniendo sed  y siguió bebiendo y bebiendo de un enorme vaso. Notó como sus ropas se iban empapando de sudor, pero su sed no se apagaba y siguió bebiendo agua.

Aquél era un vaso muy extraño, parecía crecer en sus manos. Notó cómo cada vez le resultaba mas difícil sujetarlo, además, sus manos también estaban empapadas, !tanto sudaba! El suelo empezó a encharcarse del copioso sudor. 

¡Soltó el vaso!, !qué descanso! y el agua se derramó por el suelo, sintió que, sin hacer ningún movimiento, se deslizaba por la habitación. Muy pronto se dio cuenta de que una pequeña corriente de agua la arrastraba, trató de agarrarse a las patas de la cama de sus abuelos que era más alta que la suya, pero no lo consiguió. Extrañada miró a su alrededor, vio que sus abuelos se habían dormido, quiso gritar para que la cogieran, pero no pudo, no salía ningún ruido de su garganta por más que ella se esforzara.

El agua la arrastraba a través de la habitación sin que ella pudiera hacer nada. En el pasillo intentó de nuevo asirse, esta vez a la barandilla, pero todo fue inútil. Carmen observaba aquel pasillo como si lo viera por primera vez y le pareció largo, muuuyyy   larrrgo, pero… le estaba empezando a gustar el viaje. Estaba sentada en su camita de flores y se  deslizaba por el agua suavemente.

Así llegó a las escaleras, empezando lo más divertido para ella: su camita parecía  deslizarse por un  tobogán a través de una gran cascada. Sintió una especie de cosquilleo en su tripita que le hizo reír feliz, al llegar al descansillo,  la cama se paró rozando la barandilla, Carmen estiró otra vez  la mano pensando agarrarse a ella, pero lo pensó mejor y prefirió dejarse llevar por la corriente. !Realmente aquello era muy divertido!

Volvió a deslizarse como en un tobogán por el último tramo de escaleras y de nuevo sintió aquel cosquilleo. De pronto, la sensación de cosquilleo se hizo más fuerte, ¿qué está pasando? se preguntó Carmen. El agua al caer sobre la tarima del hall había taladrado el suelo y hecho un profundo agujero, por allí se estaba precipitando la camita de flores con Carmen encima. Estaba todo muy oscuro, pero Carmen no tenía miedo, lo que sentía eran ganas de reír como cuando su mamá le hacía cosquillas en la barriguita.

Por fin llegó a un lugar muy luminoso, desconocido, pero hermoso. Carmen sobre su camita se encontraba en medio de un riachuelo, cuyas orillas estaban llenas de flores. Vio a lo lejos unos animalitos que se movían lentamente. A medida que se iba acercando le pareció reconocer a uno de ellos, un gallo muy arrogante vestido con ricas plumas, con la cabeza muy tiesa moviendo su hermosa cola.

Cuando su improvisada barca  se estaba acercando al gallo, Carmen le dijo alzando la voz cantarina:

—!Hola señor gallo!

El gallo no contestó. Tal vez no la había oído.

Ya mas cerca le preguntó:

—¿Tú eres el gallo Kiríco?, ¿verdad?

—¿Por qué lo preguntas? —contestó el gallo de manera altanera, parándose a mirar a Carmen por encima de sus ahuecadas plumas—. ¿Por mi vestido de plumas tan rico ?

Es que mi yaya me ha contado el cuento de un gallo muy presumido que iba a la boda del tío Perico, y un gusanito, que estaba metido en el lodo, le dijo que lo llevara con él a la boda. El muy fresco, se lo comió. Pero entonces se manchó su pico, y  al ver que tenía manchado de lodo su pico, todos le preguntaban: ¿Dónde está gusanito? 

—¡Pero yo no llevo manchado de lodo el pico! —añadió muy orgulloso:

—¿No ves que mis plumas relucen de limpias y mi pico brilla como el sol?

Carmen, que se había agarrado a unos juncos que crecían dentro del río, cerca de la orilla, para poder hablar con el Gallo Kiríco, le respondió un poco desilusionada:

—Eso no importa, has tenido mucho tiempo para poderte limpiar el pico y las plumas. ¿Quieres que haga la prueba de llamar a gusanito?

El gallo alzó las alas despectivamente, entonces Carmen empezó a llamar con su más agudo timbre de voz:

—Gusano, gusanito ¿dónde estás que hoy no te he visto? 

Carmen extremó su atención, esperando que, como en el cuento que tantas veces le había contado su abuela, el gusano respondiera: 

—”Aquí, aquí estoy, en la tripita del gallo Kiríko que me lleva a la boda del tío Perico”. 

Pero se produjo un silencio total, el gusanito no respondió y Carmen de nuevo repitió la pregunta .

—Gusano, gusanito ¿dónde estás que hoy no te he visto? 

De nuevo, silencio.

Entonces el Gallo empezó a reírse: ¡Ki Ki Ri Ki!, ¡Ki Ki Ri Ki!,  ¡Ki Ki Ri Ki! —se reía con tantas ganas que no fue consciente del terreno resbaladizo que pisaba—. Mientras se reía dio un resbalón que le hizo perder el equilibrio y fue a caer a la orilla del río que estaba lleno de barro, sus hermosas y brillantes plumas quedaron sucias, embarradas, lo mismo que su pico que quedo hincado en el barro de forma bastante graciosa.

Se levantó presuroso, miró en todas las direcciones avergonzado, esperando que nadie se hubiera dado cuenta de su poco elegante postura, y cuando vio que Carmen lo estaba mirando sonriente y a punto de soltar una enorme carcajada, se fue a todo correr.

En ese momento Carmen oyó una voz muy tenue que le llamaba por su nombre:

—Carmen, Carmen.

Miró hacia el lugar de donde provenía la voz  y vio cómo, de entre el lodo, se asomaba un gusanito diciendo:

—Hola Carmen, Perdona que no te haya contestado cuando me has llamado, pero no quería que me viera ese Gallo fanfarrón, primo del gallo Kiríko, porque si me llega a ver, él también hubiera intentado llevarme… dentro. 

Sin dar tiempo a que Carmen reaccionase de su sorpresa Gusanito preguntó: 

—¿Qué haces aquí? ¿A dónde te diriges?

Carmen, ya repuesta de la sorpresa de conocer a Gusanito, respondió haciendo broma como en el cuento de su abuela:

—!Qué se yo!, ¡qué se yo! Que lo adivine quien sea más listo —y con una preciosa sonrisa añadió—: ¿Me quieres acompañar?

—!Uy no!, contesto Gusanito.  ¡Se esta aquí tan calentito! 

Y mientras lo decía, se fue hundiendo más en el cálido lodo.

Carmen se encogió de hombros al tiempo que dejaba de sujetarse a los juncos y siguió deslizándose lenta y plácidamente por medio del riachuelo. 

Una abeja empezó a dar vueltas al rededor de su cabecita. Era inconfundible, Carmen exclamó llena de entusiasmo, mientras juntaba sus manitas aplaudiendo:

 —!Bieeen es la abeja Maya!

En ese momento se incorporó a la danza Willy, el querido amigo de Maya, que también revoloteaba sobre Carmen. Ambos estaban jugando a pillarse, pero, por un instante, se pararon para hacerle una caricia a Carmen con sus pequeñas alas, mientras le decían:

—Adiós, adiós Carmen, que tengas buen viaje ya nos veras en la “tele”.

Continuó su camino contemplando el maravilloso paisaje que se ofrecía ante sus asombrados ojos. Miraba cada flor, admirando la intensidad y variedad de sus colores, y a las mariposas que se posaban sobre ellas compitiendo en colorido. Seguía como embobada el suave movimiento de su vuelo de flor en flor, hasta que  a lo lejos vio un niño con un extraño casco en la cabeza.

A medida que se iba acercando le iba pareciendo más familiar aquella figura, hasta que por fin lo reconoció, no en vano lo veía todas las semanas en la TV. 

Ese debe ser Viki el vikingo —pensó—. El niño estaba partiendo un tronco y Carmen dejó que  su camita se acercase a otra  mata de juncos para agarrarse de nuevo. Cuando lo hubo conseguido, le preguntó:

—¿Qué haces Viki?

—Hola Carmen, contestó Viki el vikingo, agitando la mano en señal de saludo.

—Estoy haciéndome un barco para ir a navegar por el mar. 

Entonces se fijó en la cama de flores de Carmen y le preguntó:

—Y tú, ¿de donde has sacado esa barca tan rara? ¿Quién te la ha hecho? ¿No me digas que te la has fabricado tú solita? ¿Has navegado con ella por el mar? ¿Qué tal se porta en el mar?         

—!Vale!, !vale! —dijo Carmen

—Si no dejas de hacerme preguntas no te puedo contestar.

—Perdona —dijo Viki un poco avergonzado—, pero … es una barca tan extraña.

—Escucha —dijo Carmen—, esto no es una barca.

—!Ah no! Pues entonces, ¿qué es?

—Es una cama —respondió Carmen sin inmutarse lo más mínimo—. Es la camita que tienen mis abuelitos solamente para mi.

—¿Una cama? !Una cama! —Grito asombrado Viki al mismo tiempo que comenzaba a reírse, sin duda muy divertido con la situación.

—Ja, ja, ja, ja, !una cama!

Repetía una y otra vez, sin poder contener la risa.

Carmen lo miraba haciendo aletear sus hermosas pestañas, ella deseaba reír al igual que Viki, aunque no acababa de entender el motivo de su risa, pero como era muy contagiosa, Carmen dejó, que de su garganta se escapara aquel sonido cantarín, como si se tratara de un grupo de notas musicales y armoniosas  que se escaparan de unos violines.

Realmente, oír reír a Carmen era como escuchar un alegre minueto.

Viki, continuó entre risas:

—Pero ¿cómo se te ha ocurrido salir a navegar con una cama?

—!No seas tónto!, a mi no se me ha ocurrido navegar, ni siquiera se lo que es navegar…, pero…, de repente…,  yo estaba en la casita de mis  “yeyes” sentada en mi camita de flores, viendo en la televisión “La Dama y el Gavabundo”  y … no se qué ha pasado, pero … he llegado aquí y … ya ves donde estoy. 

—Por cierto, ¿dónde estoy?

Viki intentó explicarle dónde se encontraban, mientras trataba de darle la mano para que bajase de la cama y diese un salto hasta donde él estaba, pero Carmen no podía moverse, estaba como pegada a la cama. 

En ese momento la cama empezó a dar vueltas sobre sí misma por culpa de un remolino, parecía como si se hubiera montado en los caballitos y estos se hubieran vuelto locos. Carmen decía: 

—Vamos Viki, móntate aquí conmigo, esto es muy divertido.

De pronto, oyó otra voz muy conocida que no pertenecía a Viki. 

—¿Qué pasa cariño, te has quedado dormida viendo “La Dama y el Vagabundo”? Ven que te ponga el pijama para que duermas más tranquila.

Carmen hizo un gran esfuerzo para abrir los ojos y mirar a su alrededor, estaba en su camita de flores, sí, pero… no estaba en el río, estaba en el dormitorio de sus “yeyes”, y estos la contemplaban muy divertidos.

!Que pena!  —pensó Carmen—,“con lo bien que lo estaba pasando”. Voy a dormirme rápidamente, a ver si todavía sigue en el mismo sitio esperando para jugar conmigo, Viki el vikingo.

Y mientras su abuelita le ponía el pijama, Carmen cayo en un sueño tan profundo como sólo los niños de tres años son capaces de disfrutar.

Para Carmen. De su abuelita, en el día de su tercer cumpleaños.

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