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Siempre llego tarde

Novelas y Relatos de Carmen Fernández

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Nostalgia I

ISABEL.

Despertó de nuevo. Se levantó de inmediato. Solamente una idea ocupaba su cerebro: había quedado a cenar con su familia. Un pensamiento esperanzador se había abierto camino haciéndole olvidar. Tal vez él estuviera allí, al final de las escaleras; esperándola. Tal vez todo lo demás había sido un mal sueño. 

Como entre tinieblas, fue al cuarto de baño y abrió el grifo para eliminar los vestigios del llanto. Sentía arder sus mejillas. Con ambas manos vertió varias veces agua sobre su rostro, en un vano intento de refrescarlo y hacer desaparecer las huellas de sus sollozos. No tenía fuerza para permanecer inactiva en la ducha, aunque solo fuera unos minutos. Se maquilló y puso todo el interés del que era capaz en esos momentos en eliminar las manchas rojizas que aparecían por doquier. Pintó sus labios de rosa fucsia, ¡mucho mejor! Tomó el vestido que la esperaba desde la noche anterior junto a la larga capa negra. Su pelo, en agresivo contraste con su capa, parecía más dorado que de costumbre. Sin embargo, sus ojos, de un extraño azul turquesa, en esos momentos parecían grises. Salió corriendo de su dormitorio, tenía que comprobar qué había ocurrido. 

No había nadie al final de las escaleras. 

Ni al atravesar el portal de su casa.

Cogió apresuradamente su coche para dirigirse al lugar donde esa noche se reuniría toda la familia. Tratando de centrarse en conducir, la realidad se fue imponiendo de nuevo. No había vuelta atrás. Él no podía estar allí. Él no podía estar ya en ningún sitio para ella.

Paró el coche junto al puente. Descendió de él sin quitar la llave de contacto. La música que se escuchaba desde la profundidad de la noche, como un terrible presagio, se mezclaba con el sonido del motor en marcha. Madame Butterfly cantaba su última aria despidiéndose del mundo con determinación: Amore, addio! Addio, piccolo amore! Va, gioca, gioca!

Puso de manera instintiva, sobre sus desnudos y fríos hombros, la negra capa de seda salvaje que la protegía de la noche, y abrochó el único botón que sujetaba la tirilla alrededor de su esbelto cuello. Sintió el peso enorme de sus huesos y dio unos pasos con dificultad, pensando que se iba a derrumbar. Se apoyó en la barandilla. La carga era excesiva. ¿Qué iba a decir a su familia? ¿Qué era lo que pretendía celebrar?

Se asomó por la ancha barandilla del puente. La profundidad abismal que contemplaba era fiel reflejo de sus sentimientos. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Como respuesta a un reclamo de su angustia, recordó una frase de Goethe que siempre le había impresionado: «Si la mañana no nos desvela para nuevas alegrías, y si por la noche no nos queda ninguna esperanza, ¿es que vale la pena vestirse y desnudarse?».

De pronto se sintió ligera. Como un autómata, se encaramó a la ancha barandilla. El abismo la llamaba, parecía un lecho amoroso donde podría reposar tranquila. Ya podía contestar a la angustiosa pregunta. Asió el borde de su negra capa, y como si fuera una extensión de su cuerpo, abrió los brazos en cruz saboreando anticipadamente la deseada paz y se dejó caer para emprender un vuelo sin retorno. Por un instante fue consciente de la decisión que acababa de tomar y quiso recuperar su equilibrio para volver a pisar el suelo.

¡Demasiado tarde, Isabel!

Corresponde al final del —Capítulo I— de NO QUIERO VIVIR SIN TI.

NOSTALGIA II

Ya en mi adolescencia Había una canción que contenía la misma palabra y me   producía intensa emoción, mitad dulce mitad triste:

“Desde la colina contemplé, donde yo mi amor te confesé, el tiempo ha pasado, todo lo ha borrado, tan solo NOSTALGIA sentiré”

Me encantaba la canción y sentía, ilusoriamente, la dulce nostalgia de ese amor ya acabado (aunque todavía no tenía ninguna experiencia en el amor).

Al cumplir dieciocho años me trasladé a San Sebastián durante todo un curso. Disfruté mucho en mis clases de diseño de ropa, nunca falté a una clase, eso que tenía compañeras que continuamente me invitaban a sus fiestas, pero yo quería aprovechar muy bien mi tiempo. Los fines de semana era distinto, salía con una prima, a la que adoraba, y que también estudiaba en San Sebastián. A menudo los pasábamos en Deva, que era su auténtico domicilio —claro, y de mis tíos—, ella tenía allí su cuadrilla de amigos, todos encantadores.

Durante la temporada baja preparaban unos maravillosos guateques en el hotel de los padres de una de las amigas. Nos dejaban la sala de baile, cuyos grandes ventanales daban a la playa, allí pasábamos la tarde merendando y bailando.

EN EL PIK UP SONABA LA VOZ DE NAT KING COLE………………

Aquellos ojos verdes, de mirada serena, dejaron en mi alma, intensa sed de amar, anhelos de caricias, de besos y ternuras, de todas las dulzuras, que sabían brindar… Aquellos ojos verdes…………

Aunque el cantante no pronuncia la palabra  NOSTALGIA, yo siempre la he asociado con esta canción.

… Recuerdo muy bien escuchar la voz de Nat King Cole, cantando en español mientras yo bailaba. Y volver  a sentir NOSTALGIA:

“No saben la tristeza, que en mi alma dejaron, aquellos ojos verdes, que ya nunca miraré.”

El cantante, con esa voz tan melodiosa y en un español desvaído, que aún la hacía más atractiva, cantaba nostálgicamente hablándonos de ese amor perdido. Hablaba de tristeza, pero todavía no he encontrado mejor definición para la palabra nostalgia que lo que aquella canción me hacía sentir.

Recuerdo con “Dulce Nostalgia” todas aquellas cosas vividas y perdidas: Las maravillosas vistas desde los grandes ventanales, mientras sonaba la música, en simpática y amable compañía, los bailes… — Perdí el contacto con la mayoría de aquellas personas al volver a mi casa. Queda el recuerdo de bailar ese bolero y sé que lo hacían muy bien… aunque ninguno tenían los ojos verdes— Pero en aquellos momentos lo verdaderamente importante era, más que la música, más que la cálida voz del cantante, su mensaje y las sensaciones que despertaba en mí.  

Inesperadamente…

Hoy he vuelto a escuchar a Nat King Cole y no he podido evitar sonreír durante todo el tiempo que ha durado la canción. He sentido esa dulce NOSTALGIA, de una etapa de mi vida en la que para ser feliz apenas necesitaba nada. Cuando las tristezas eran tan leves que hasta disfrutaba de sentir nostalgia, aunque casi no supiera cuál era su profundo significado. Todavía no había perdido a ningún ser querido y cualquier otra pérdida iba unida a instantes donde apenas atisbaba lo que era sufrir de verdad por una pérdida… 

Así que, mi NOSTALGIA de hoy, tiene el sabor dulce de momentos que han dejado recuerdos gratos e inocentes de mi transitar por la vida.

NOSTALGIA. I

            La primera vez que conocí la palabra “nostalgia” era tan pequeña que justo acababa de aprender a leer. Sí, me dejó un recuerdo imborrable, como se puede comprobar. 

El día de Reyes, unos espléndidos magos me dejaron, entre otros regalos de similar importancia, unos cuentos ilustrados: Mucho dibujo y poca letra. Dos de ellos me impactaron por muy distintos motivos. Al que ahora hago referencia era una historia que ya no recuerdo, pero sé que al final, el joven del cuento lloraba por la despedida de un amigo que temía no volverá ver, y secaba sus lagrimas con un pañuelo. La frase que sí recuerdo siempre, es: “unas gotitas de nostalgia quedaron impregnadas en aquel pañuelo”.

NOSTALGIA. Qué palabra más… triste, profunda y para mi, bonita. ¿Cómo iba a saber cuál era su exacto significado?, podía tener tres o cuatro años recién cumplidos, lo que si sabía era el efecto que la palabra producía en mi ánimo. Del contexto de lo leído, sin duda, deducía la tristeza por algo querido e irremediablemente perdido. Tal vez lo que tenía era el presentimiento de que a lo largo de mi vida también yo iría dejando atrás cosas importantes —por supuesto que no tenía ni idea de qué—, pero ahora ya sé que siempre vamos dejando cosas por el camino, cosas irrecuperables  como la niñez, más tarde la adolescencia… la inocencia, y sobre todo, a seres muy queridos.

Es una palabra que, sin entender su significado, quedó grabada, para siempre, en mi vocabulario de palabras preferidas, por las nuevas sensaciones que acababa de despertar en mi ánimo.

Hoy la voz de NAT KING COLE, me ha recordado esa sensación…

Sigue…

EL TREN

                  La primera vez que lo vi fue en el tren. 

                  Saqué mi billete tarde y tuve que aceptar uno de esos asientos enfrentados tan incómodos si no los compartes con amigos o familia. Viajaba sola y  asumí que  las personas con las que iba a coincidir en aquel espacio para cuatro, podían perturbar lo que para mi era un placer, o, con un poco de suerte, ser causa de entretenimiento. 

                  Cuando subí al tren, mi predisposición era no consentir que nadie estropease un viaje que me resulta siempre tan placentero.

Ocupé mi lugar al lado de la ventana, pronto un joven ocupó el suyo a mi izquierda, se colocó unos cascos —buen comienzo, me dije—. Casi a punto de arrancar el AVE, los asientos que tenía enfrente permanecían vacíos. Por si acaso no quise ilusionarme con la perspectiva de verlos desocupados todo el viaje, e hice bien, porque en ese preciso instante un padre que, casi seguro, no había cumplido los cuarenta, aterrizaba  en el lugar destinado a los equipajes y comprobaba con cierto alboroto que no había sitio para su abundante bagaje.

                  Lo primero que hizo, una vez descargados los bultos con la ayuda de una  azafata, fue tratar de acomodar a sus dos niños. Dejó al de cinco años sentado junto a la ventana. Le encomendó el cuidado de su hermanita de once meses (las edades las supe más tarde). Una bebita graciosa de sonrosadas carnes llenas de lorzas, con una sonriente  y preciosa carita, muy en concordancia con sus rollizos muslos. Estaba para comérsela, la verdad.

                  El padre, no muy alto, pero de fuerte complexión; puso en los brazos del niño a su hermanita, y éste, sin protestar, más bien con aire de persona responsable, la agarró por donde pudo —que no era precisamente el más cómodo para la bebita—. La niña, sin duda debido a las posturas a que le obligaba su abnegado hermano daba muestras evidentes de su incomodidad, y comenzó a protestar sin demasiado entusiasmo, mientras el padre, que buscaba espacios para todo su equipaje, se limitaba a decir en un tono cordial y sin mirarlos:

                  —Coge bien a tu hermana.

                  El niño trató inútilmente de buscar una forma mejor de sujetar a su hermanita sin que esta se quejase, pero no había manera. El cambio de postura no pareció muy acertado o cómodo porque la niña comenzó a llorar, pero lo hacía como por compromiso; vamos, con pocas ganas.

                  Yo los miraba sin ánimo de intervenir, pero en pocos minutos había pasado del disfrute de ver a dos niños que me recordaban a mis nietos, a sufrir por las posturas imposibles de la pobre bebé. 

                  Su hermano tan pronto la sujetaba pasando el brazo por su enlorzado cuello —dando la sensación de que la iba a ahogar—, con todo el cariño, eso sí, como le ponía una mano tapándole un ojo y la nariz, o intentando sujetarla cambiando de postura porque se le vencía hacia el brazo de su butaca. La niña empezó a llorar, ya con decisión, y el padre continuó diciendo en el mismo tono calmado:

                  –Coge bien a tu hermana.

                  La bebé subió tanto el tono del llanto que el padre debió de sentirse en la obligación de cogerla en sus brazos, y de esta guisa trató de colocar la silla plegable en el porta equipajes, sobre nuestras cabezas. El padre no cambió su tono al decir: 

                  —Vamos a colocar la silla aquí.

                   Pero… misión imposible. Con la niña en brazos no se podía estirar lo suficiente.

                  Al verlos juntos, observé el gran parecido que había entre ellos: cara redonda, pelo muy negro… también el niño era moreno, pero de rostro ovalado

                  Contra lo que me había propuesto, me dirigí al padre para decirle que me permitiera sujetar a la bebita mientras el colocaba su equipaje. Casi sin terminar mi proposición tenía a la niña en mis brazos mientras el padre decía sonriente:

                  —¡Disfrútela un rato! 

                  Para mayor comodidad de la niña, la senté en la mesa mirándonos de frente, la niña que había dejado de llorar desde que paso a los brazos de su padre, continuó en calma y sonriente. Apreté con ganas sus rollizos brazos como si fuera una masa apetecible de amasar, después estrujé sus muslos, y acaricié sus abundantes papitos. ¡Qué rica! —dije.

                  El padre, al terminar de colocar sus bártulos, dirigió hacia mí su mirada, y yo, interpretando ese movimiento elevé a la niña tratando de entregársela, pero él, impertérrito, con la misma calma que había mostrado hasta entonces me dijo:

                  —No. ¡Disfrútela!, voy a la cafetería.

Le entregó a la niña un juguete de trapo que ella cogió sonriente, y después se dirigió a su hijo: tú pórtate bien, ahora vengo, cuida de tu hermanita. 

                  Pasó el tiempo y aunque la bebé no dio más guerra que la que le correspondía empecé a pensar que tal vez se había bajado en alguna estación, inmediatamente recordé que ese AVE no paraba en las primeras dos horas del viaje. En el tren seguro que continuaba.  El niño debía estar acostumbrado a esperar sin prisas a su padre, porque enseguida sacó una Tablet, la encendió, y sin titubeo comenzó a jugar a esos juegos de niños: DragonCity,  My Singning Monsters, etc. a todo volumen. Alguien le preguntó si no podía bajar el tono y el contestó que no sabía. El joven que estaba a mi lado y parecía no enterarse de nada, se quitó los cascos y se ofreció para hacerlo, pero el niño pareció no fiarse demasiado y no se lo permitió. La niña comenzó a tirar el pequeño juguete de trapo que llevaba en la mano y de nuevo el joven intervino cogiéndolo y dándoselo a la bebé una y otra vez, en un claro alarde de paciencia. Y así se fueron pasando los muchos minutos… 

                  Al fin apareció el padre  con un vaso en la mano, sin ningún comentario ocupó su butaca, el niño quiso probar el líquido que tomaba su padre, pero él le aseguró que contenía alcohol y no podía dárselo a probar. A la niña le hizo desde su asiento unas cuantas carantoñas con una mano, mientras con la otra sujetaba el vaso que se llevaba con cierta frecuencia a los labios. Yo empezaba a sentir cierta indignación además de los brazos doloridos, la niña, que también debía estar cansada y no paraba de moverse inquieta, tal vez deseando volver a los brazos de su padre, empezó a protestar a su estilo, sin muchas ganas y sin llegar a llorar.

                  Yo, que no veía al padre con mucho entusiasmo por llegar a recuperar a su hija, tras pensarlo un momento, apunté que la niña parecía cansada o tenía sueño. Él trató de relajarme, pasando ya al tuteo:

                  —Tranquila, estoy esperando que se canse un poco más para darle la merienda y así el resto del viaje lo hace dormida.

                  ¡Yo no me lo podía creer! 

                  Mucho más tarde, un azafato pasó ofreciéndonos las toallitas húmedas, y otro, el díptico de lo que iban a dar de merendar. Me limpié las manos sin soltar a la niña y el padre siguió mirándola con simpatía y tomando el líquido de aquel vaso, que parecía durar como si fuese mágico y no tuviera fondo.

                  Cuando se  acercaron con las meriendas y vi que el padre, se disponían a dar buena cuenta de la merienda, levante en brazos a la niña y directamente se la pasé al padre diciendo: es una ricura de criatura. Siento tener que devolvérsela, pero voy a tomar la merienda. 

                  ¡Menos mal que no la rechazó, que era lo que me temía!

                  Terminé la merienda casi al mismo tiempo que la bebé su potito. Entrecerré los ojos; un poco para indicar que pretendía descansar, y un poco más para evitar que me hiciera más favores aquel padre tan amable. Él, después de echar un vistazo a su entorno, colocó a la niña en la mochila, tipo canguro, y fue como si la hubiera anestesiado, se quedo dormida en el acto. 

                  A partir de ese momento pude observar, discretamente, al padre. Se llevaba con frecuencia una mano a la cabeza, los dedos, cual si fueran púas de un enorme cepillo, recorrían su pelo negro ligeramente rizado. Tal vez fuese un tic, pero no parecía nervioso. De vez en cuando contestaba a las preguntas de su hijo sobre el tiempo que faltaba para llegar, aunque la mayoría de la vez le decía: no te pongas pesado, no des guerra, y cosas por el estilo. El juego continuaba en sus manos haciendo a veces un ruido infernal, pero era evidente que eso al padre no le molestaba en absoluto.

                  El parecido con la bebé ya me había quedado claro, pero a pesar de su cara, más bien redonda, no estaba gordo, de cejas muy pobladas, sin que sus pobladores se hubiesen ido a vivir fuera  del poblado. Ojos oscuros como del montón. Me pareció que el único rasgo a destacar estaba en su boca: el labio superior delgado, en claro contraste con el inferior, parecía desbordarse desde el interior hasta media barbilla. Pensé que eso le daba un toque displicente, muy en consonancia con su actitud. O ¿tal vez era al contrario? 

                  Antes de llegar a destino una azafata vino a ayudarlo. La niña seguía dormida en idéntica postura que al colocarla en la mochila.

                  Salieron los primeros. No hubo disculpas hacia nadie, ni tampoco un gracias. 

                  Lo recordé más tarde. Cuando en la parada de taxi lo vi de nuevo junto a una señora, más o menos de mi edad, que tenía a la niña en brazos y dándole la mano al niño, a quien animaba para que entrase en el primer vehículo, mientras el taxista acababa de meter unos bultos en el maletero.

                  ¿Se estaba despidiendo? Le oí decir:

                  –No te preocupes mamá, disfruta de tus nietos y no me esperéis a cenar. ¡Ah!, si no te importa, no me despiertes a desayunar, necesito dormir, el viaje ha sido agotador.

Compra en logroño

!Hola! Después de un largo silencio he comenzado de nuevo mis relatos. Mi idea es compartirlo con todos vosotros por medio de facebook. (sigo las indicaciones de la Real Academia y, como toda la vida, la palabra “todos” incluye a personas de uno y otro sexo ) Una amiga ha compartido el primer día de mi blog. En él se ve uno de mis libros y el enlace con Amazon. Pero yo quiero aprovechar la información, para comunicaros que, ya están a la venta en Logroño, en las principales librerías, todos mis libros. Concretamente, estas librerías son: Librería Castroviejo (portales), Librería Cerezo (portales) Librería Escala (República Argentina) y Librería Santos Ochoa (Gran Vía y Calvo Sotelo).

 

VUELTA A MI BLOG

!Hola!  De nuevo llego tarde.

Comienzo una nueva etapa. Nuevos relatos e información de la evolución de los antiguos. Pretendo hacerlo con asiduidad y espero que no me ocurra como en el anterior intento. Surgieron asuntos en los que urgían mi intervención y que  no me dejaban tiempo para seguir con este blog. Entre otros, finalizar mi último libro para presentarlo a un concurso. 

Tengo tres historias comenzadas, con pretensiones de novela: una es de carácter rural. En principio se desarrolla en el pueblo donde yo nací, Cervera del Río Alhama (la fotografía antigua de esta entrada) y aunque no tengo más remedio que servirme de recuerdos para ambientar el relato, no es autobiográfico. No obstante, yo me fui de mi pueblo con once años, lo que significa que mis recuerdos no estarán muy sujetos a la realidad, aunque si se podrá hablar de “realismo” .

La segunda, se desarrolla —hasta este momento— en Singapur, aunque comienza en Madrid. En este caso, tal vez se pueda encasillar en “realismo fantástico”, aunque no tengo muy claro por dónde me van a llevar mis personajes.

La tercera, parte de un relato breve que encierra una terrible historia, pero que en principio solo la sugiere. Decidí convertirla en novela para explicar el drama que encierra, más detalladamente. No es precisamente una novela policíaca, pero si interviene la policía para descubrir un intento de asesinato, el motivo será una gran sorpresa, incluso para mis personajes.

Reflexión

¿Qué puede llevar a un joven muy enamorado de una hermosa muchacha, que es correspondido con la misma fuerza, a abandonarla el mismo día que sus padres van a celebran el compromiso oficial de ambos con una espléndida fiesta?

¿Podría comprender alguien que un absurdo equívoco, pueda llevar a la desesperación a una persona equilibrada, y con la vida “aparentemente” resuelta, hasta el punto de abandonar todo lo que ama y tratar de comenzar una nueva vida lejos de todo lo que conoce y quiere?

A veces, los dramas más fuertes son el resultado de espejismos, que no han dejado de serlo, porque la persona que los ha sufrido no se ha acercado lo suficiente al lugar de donde nace, o de donde parte la apariencia. 

La historia que aquí se cuenta no debería haber tenido lugar, no existían motivos. Pero a veces… hay tantas historia sinsentido que no deberían haberse producido.

India

Scan 1  La novela que lleva el título de NO PUEDO VIVIR SIN TI, empieza de forma muy trágica.

Es precisamente esa tragedia lo que motiva esta historia. Se desarrolla entre Madrid y la India. Esta imagen es del Fuerte Rojo de Delhi, uno de los espacios donde tiene lugar la narración.

Auténtica tragedia e irrealidad nos acompañan a lo largo de los distintos capítulos. Por mor de la autora podemos escuchar los pensamientos de una de las protagonistas, pensamientos que ayudan a comprender la evolución de una persona a causa de su amargura y desengaño de la vida.

Hay inocentes que se inmolan por amor, pero el destino no las trata de igual manera, tampoco sus creencias son las mismas.

El desenlace, por inesperado no conviene contarlo, perdería su sorpresa.

En mi anterior novela podemos decir que todo acaba bien y no descubrimos nada, pero de “No quiero vivir sin ti”, no podemos emitir ningún juicio, sin estropear todo el argumento.

Primera publicación: También llego tarde

Es verdad, también he llegado tarde de las vacaciones navidadeñas. En esta ocasión debe ser porque el calor me hace perezosa, y en el sur había una temperatura espléndida, se estaba tan a gusto al sol… Pero ya estoy en mi Logroño, dispuesta a continuar con el blog que me delata. Hace tiempo que empecé a publicar, a contar mi trayectoria tardía, para demostrar que es preferible llegar tarde a no llegar por miedo a que sea tarde.

En esta ocasión quiero confiaros un problema. Se trata de mi última novela publicada, está registrada con un título que no me convence: NO QUIERO VIVIR SIN TI. Sé que es muy importante que el título sea atrayente, pero éste me parece un poco vulgar, aunque es muy adecuado. Os mostraré el primer capítulo y me gustaría saber vuestra opinión .

 

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