Buscar

Siempre llego tarde

Novelas y Relatos de Carmen Fernández

Categoría

Mis relatos

UN TEMA TABÚ. II

Hace unos días hice referencia a un tema tabú: el suicidio. Hoy he leído que hubo un momento de la historia, en el que Platón es considerado culpable de suicidio a causa de al menos uno de sus libros. Cito textualmente a IRENE VALLEJO en su maravilloso ensayo: EL INFINITO EN UN JUNCO (pág. 214).

“Tal vez Calímaco, como poeta que era, quería lanzar un dardo a Platón en nombre del gremio. Su poema describe el suicidio de un tal Cleómbroto de Ambracia, que se lanzó al vacío desde lo alto de una muralla. Dice que a ese joven no le había sucedido nada capaz de lanzarlo a la muerte, salvo que “había leído un tratado, uno solo, de Platón sobre el alma”. Añade: “Nosotros sabemos qué diálogo se llevó por delante al pobre Cleómbroto con el título de Fedón. Relata esa obra las ultimas horas de Sócrates antes de tomar su ración de cicuta. Algunos sostienen que no pudo soportar la muerte del sabio. Otros consideran culpable al razonamiento del propio Platón que afirma que la plenitud de la sabiduría nos llegará solo tras la muerte.”

Esta perspectiva parece que anularía mi anterior razonamiento respecto al suicidio como reacción a problemas de difícil solución. 

La angustia existencial, el vacío vital, o cualquier otra enfermedad del alma o la mente, difícil de comprender para quien no la haya vivido, puede desencadenar una tormenta interior con imprevisible y a veces terrible resultado. Pero el propósito de mi novela no era profundizar en problemas psicológicos, sino quedarme en esos problemas cotidianos que a veces parecen irresolubles sin serlo. Aunque lo cierto es que al avanzar la novela sí que entro en esa clase de problemas.

Dice esta autora, Irene Vallejo: “No sabemos si el caso de Cleómbroto fue un caso aislado o si tal vez el Fedón sembró un reguero de suicidios parecido al que dejaría siglos más tarde El sufrimiento del joven Werther.

Mi novela en todo caso, estaría  más próxima a los jóvenes que a causa de sus penas de amor se suicidan, como el joven Werther, aunque no lo hayan hecho tras leer a Goethe e identificarse con su principal personaje.

Pero no quiero descubrir más sobre esta novela: NO QUIERO VIVIR SIN TI, cuyo título nos da la pista de su contenido.  

EL accidente

LA MONTAÑA ÁUREA

EN LIBRERÍAS DE LOGROÑO: CASTROVIEJO, CEREZO, SANTOS OCHOA, ESCALA.

Un grupo de personas muy especiales habita una montaña, también muy especial: la Montaña Áurea. 

Una joven turista adquiere en su viaje a Egipto una valiosa antigüedad: un busto de Nefertiti. 

Una egiptóloga que practica la magia negra seguirá los pasos de esta turista movida por los celos y el deseo de despojarla del busto, sospechando que es la  clave para encontrar un antiguo tesoro. 

Un singular personaje, habitante de la Montaña Áurea, luchara por detener las codiciosas intenciones de la maligna egiptóloga. 

Dos historias de amor y una de desamor son el caldo en el que se cultiva esta interesante historia en los lugares más atractivos y diversos de Egipto, Turquia y Londres. Lugares tan emblemáticos como Karnak y Luxor. Estambul, Capadocia…

UN TEMA TABÚ

Cuando escribí la novela, No quiero vivir sin ti, lo hice respondiendo a una realidad que acababa de vivir.

Nochebuena y la Navidad propiamente dicha, siempre lo pasamos en familia, pero Nochevieja y Año Nuevo lo celebrábamos en un restaurante junto al mar, del que éramos asiduos todo el año.

Aquel año no iba a poder ser. Una familia lo había contratado al completo. Deseaban juntar allí a la extensa familia. Era una contrariedad para nosotros, pero teníamos que cambiar nuestros planes.

Me enteré en la comida de Nuevo Año. Aquella familia que se disponía a disfrutar en armonía y de forma espléndida la cena de Nochevieja, tuvo que hacer frente a un inmenso dolor. !Uno de sus jóvenes miembros decidió suicidarse aquella misma noche! !!!Terrible!!!

Me impacto muchísimo a pesar de no conocer a la familia. Mi único contacto era indirecto “El Restaurante”, Aunque traté de saber algo de aquella persona que tomó tamaña decisión, no pude averiguar nada, pero no la podía quitar de mi cabeza ¿Qué pasó por esa mente? ¿Qué problema insuperable le lleva a una persona a tomar una decisión de la que no hay retorno? ¿Un suicidio lo resuelve?

Por eso escribí NO QUIERO VIVIR SIN TI.

Sabía que era un tema tabú. Leí mucho sobre “el efecto llamada”, “el joven Werther”… y quise tratarlo desde un ángulo confuso y desmitificante.

¿A veces no nos precipitamos sacando conclusiones equivocadas? ¿No nos creamos problemas donde realmente no los hay? No estoy dudando de que existan gravísimos problemas con enorme dificultad para enfrentarnos a ellos. Pero, ¿no es también cierto que problemas que parecían irresolubles el tiempo nos demuestra que tenían solución?

Esta historia la he derivado hacia otras vertientes. La propia policía se encuentra en una encrucijada. Y los lectores permanecen unos instantes perplejos cuando llega el fin. La portada del libro es una buena clave para entenderlo.

EL ACCIDENTE

A lo largo de unos años os he ido mostrando mis libros, incluso por medio de esta Web os he enviado relatos, a los que habeís dado muy buena acogida y es algo que OS QUIERO AGRADECER.

El ACCIDENTE es mi última novela.

Estos días estoy haciendo un poco de publicidad de los libros anteriores, a modo de recuerdo.

Escribir es para mí, desde hace unos años, otra forma de vivir. He viajado mucho mientras ha sido posible y es una de mis mayores aficiones. He leído y sigo leyendo mucho, de toda clase de géneros y me gusta vivir esas otras vidas literarias. El terror era una afición de todos los miembros de mi casa, tanto era así que, durante años, a finales de septiembre acudíamos al Festival del Cine de Terror en Sitges. He visto películas espeluznantemente buenas y otras insoportablemente malas, malísimas, pero, aún así, era interesante el ambiente. A las funciones de la noche acudían los protagonistas (hombres lobo, Vampiros, etc.) que se mezclaban con nosotros: el público.

No quiero desviarme de mi idea, quería contaros que la temática de mis novelas son todas muy distintas. Como mis vidas. Que cuando empiezo lo que más adelante será un libro, me siento ante el ordenador con una idea y vivo la vida de mis personajes; la que ellos me marcan. Seguro que dentro de esos personajes hay algo de mi, pero en ninguno me veo reflejada.

Pero hay dos libros a los que yo les tengo un cariño especial, porque los escribí para mis nietos y puse fantasía y hubo magia mientras los escribía. Se dieron circunstancias muy curiosas y que no tenían explicación.

La primera: “El Río Mágico”, discurre durante solo tres días de vacaciones, pero muy intensos, y la segunda: “La Fórmula Mágica”, durante todo el siguiente curso y las vacaciones. Mi idea era seguir escribiendo sobre esos personajes, pero no lo he vuelto a hacer. Creo que la dificultad de estos libros estriba en determinar a quién van dirijidos. Yo estoy convencida de que son para cualquier edad. Los padres, para ellos y para que se los lean a sus hijos cuando todavia no son capaces de hacerlo por si mismos, a los hijos cuando ya les gusta la lectura… a los jóvenes…

Si os animais a leerlos espero que me deis vuestra opinión…

EL RÍO MÁGICO

El Río Mágico y la Fórmula Mágica, son dos historias cuyos protagonistas son cuatro primos.
En el Río Mágico pasan juntos y con una perrita su vacaciones.
El segundo, se desarrolla durante un año: Un curso y las vacaciones en un lugar paradisiaco
La Fórmula Mágica. (Aprendiz de sabio).
Aunque pueden leerse con independencia, será más agradable y facil de comprender siguiendo secuencialmente la historia.

UN BAÑO MUY EXTRAÑO

Sí, resulta muy extraño tratar de introducirse en el líquido elemento y comprobar que, aunque el agua no te llega a las rodillas, no puedes avanzar sin peligro de caer de bruces al agua, a menos que utilices la maroma o cordón que, a modo de pasamanos, está instalado para evitar ese riesgo. Hay que aprender a mover los brazos y piernas sin intentar nadar, solo camina, aunque no hagas pie, da igual, camina y mueve suavemente los brazos para abanzar hasta el lugar donde deseas bañarte. Porque no conseguirás hundirte. Te puedes tumbar boca arriba o al contrario, pero has de hacerlo con cuidado, sin movimientos bruscos, así puedes permanecer sin ningún esfuerzo el tiempo que quieras; hay quien aprovecha para leer el periódico, pasa hoja sin problema porque no necesita usar las manos para mantenerse a flote. Tampoco los pies. Para salir, basta con mover la mano suavemente en la dirección adecuada, como si fuera un remo.
Un amigo que se burlaba de nuestra precavida forma de entrar en el agua, se tiró de cabeza en una demostración práctica de lo que decía. El agua le dio la vuelta antes de que sus pies llegasen a tocarla. !Imposible dominar la situación!, no encontraba la forma de adoptar la postura que buscaba. A todos nos hizo reír su lucha con el agua. Lo malo fue que, cuando siguiendo los consejos que le dimos, logró estabilizarse, tenía los ojos completamente rojos y decía que le ardían; y así estuvo durante horas después de muchos aclarados con agua destilada. Lo pasó fatal.
Moraleja: Si vas a bañarte al Mar muerto, sigue las reglas elementales, al menos en el primer baño. Enseguida sabrás muy bien cómo disfrutar en un lugar tan singular. Os aseguro que después, nadie tiene prisa por salir del agua.

MARTIN

Cual frustrado malabarista, Martín cogía con su mano derecha las manzanas, una a una, y con un impulso las  elevaba para pasarlas a la mano izquierda y ponerlas en el peso.

—¡Kilo y medio de manzanas para mi clienta favorita!  —entonaba mirando a  Mercedes, que en ese momento era su única clienta. 

            Martín giró el cuello para seguir con la mirada a unas jóvenes que entraban en su establecimiento. Volvió la cabeza de nuevo  y eligió  con la vista un melón, lo tomó con ambas manos, y tras  sopesarlo, presionó con el dedo pulgar los dos extremos.

            —Está perfecto para poderlo comer hoy —acompañó una sonrisa a sus palabras esperando la aprobación de la clienta, pero Mercedes, que no perdía al frutero de vista, lejos de darle el visto bueno, frunció las cejas y torció la boca mientras se quejaba:

            —¡Vaya miradita que les has lanzado a las jovencitas que acaban de entrar! A mi no me miras así, eso que soy, según acabas de decir, tu clienta favorita y, si me apuras, la mejor. ¡A saber que te comprarán ellas!

            —Doña Mercedes, no se me ponga celosa, sabe que la piropeo y la mimo todos los días, y que se lleva usted las más sabrosas manzanas y el más exquisito melón, lo mejor que tengo. Le guiño un ojo mostrándole de nuevo el melón.

            Martín llevaba viviendo en Madrid desde los diez años, pero todavía se dejaba acompañar por  el deje y la gracia andaluza que, junto a su buena planta, eran excelentes colaboradores en la batalla diaria con su clientela.

            Sin intentar evitarlo, sus ojos se escaparon de nuevo hacia aquellas dos bellas jóvenes que, por primera vez, habían entrado en su establecimiento.

 Doña Mercedes, movió la cabeza como el péndulo de un reloj acelerado, diciendo:

            —No tienes arreglo, ¡zalamero!, trae ese melón que ya te dejo para que atiendas a las jóvenes. Mira, una morena y una rubia, como en La Verbena de La Paloma. ¡Hay  si me hubieras conocido con  dieciocho años! Vaya chotis que nos hubiéramos marcao

            —Jajá, doña Mercedes, ¿pero tiene usted más de dieciocho?

            —Doña Mercedes rompió a reír enseñando unos dientes blancos y relucientes, que indicaban el esmero con que los cuidaba, al igual que su persona y toda su indumentaria. Pagó y se despidió observando descaradamente a su competencia.

            El frutero miró a las jóvenes más directamente, acentuando su sonrisa con ánimo de atenderlas.

            —¿Qué les puedo servir? Tengo todo tipo de frutas ­—les mostraba su genero,  señalándolas con el brazo extendido—,  y verduras, y…

            —No se moleste en hacernos publicidad de su género, no deseamos comprar nada —le cortó con sequedad la joven rubia, que parecía la mayor de las dos—, solo venimos a protestar. 

            Martín, con sus ojos castaños redondeados como platos, abrió la boca, bien formada, para después parpadear varias veces mostrando la sorpresa que le ocasionaba las palabras de aquellas no clientas.

            —Tampoco se esfuerce en ser amable o simpático con nosotras, sabemos que es un embaucador, a mi madre le ha vendido uno de sus productos que le ha ocasionado una colitis que a punto ha estado de irse  al otro barrio.

            —¿Yo? ¡Que yo!…  ¿Pero de qué habla?

            —El doctor nos ha dicho que la fruta tenía pesticidas muy fuertes.

            —¡No sería para tanto! —responde mientras se recupera de su sorpresa—. Y ¿por qué no han lavado la fruta como todo el mundo?

            Mientras la clienta rubia discutía con Martín, la morena recorría la tienda observando y tocándolo todo —cosa que Martín tenía completamente prohibido. Así lo expresaba un hermoso cartel. 

            —Las fresas también estaban mohosas.

            —Me extraña, pero si les ocurre de nuevo me las traen y yo las cambio sin ningún problema.

            —Los Kiwis estaban pasados.

             —Martín apoyó su mano sobre un hermoso melocotón, conteniendo las ganas de tirárselo a aquella “encantadora clienta”. 

Se dio cuenta de que empezaba a ponerse nervioso al advertir que aunque al apoyar su mano sobre la fruta, esta estaba dura, la mano empezaba a rezumarle parte de la pulpa del melocotón.

            —¡Ah!, y un hueso de melocotón se le atragantó y por poco se ahoga.

            —¡Pero bueno!, ¿también eso es culpa mía?

            —Si no se hace responsable de sus culpas, le vamos a demandar.

            —¡Jajá! —río Mario—, ¡ya entiendo!, es una broma para la tele.

            ­—No es una broma, cuando reciba la demanda se enterará de todo.

            A una mirada de la morena, de la que por unos momento casi se había olvidado, salieron las dos de la frutería levantando la cabeza, muy dignas.

            Martín se quedó sin comprender. No  apareció nadie con una cámara.  El chico  que estaba cruzando una y otra ver la puerta, y que parecía esperar  algo, tampoco se presentaba para decirle que estaban haciendo  un experimento televisivo. De pronto algo lo alertó y fue derechito al cajón del dinero ¡Solo quedaba las monedas!

            No lo pensó dos veces, cogió de la cesta de los melocotones uno con cada mano y salió corriendo del establecimiento. Divisó a cierta distancia al joven que había estado al otro lado de la puerta, y que, en ese momento se separaba de las no clientas y echaba a correr en dirección contraria a la de ellas, después de haber recogido un puñado de papeles de manos de la morena. 

            Martín también echo a correr en la misma dirección que el joven, acortando distancias. Cuando lo consideró oportuno le tiró con uno de los melocotones a una pierna, haciéndole  trastabillar, a continuación le tiro a la otra pierna con el que le quedaba, así consiguió lo que se proponía: que cayese al suelo.

            Lo alcanzó sin esfuerzo y se sentó sobre él sujetándole las muñecas con fuerza, mientras pedía que acudiera un policía. 

            —Devuélveme lo que me habéis robado si no quieres que te rompa la cara de imbécil que tienes —el ladrón observó los fuertes puños que lo sujetaban y antes de que se hiciera realidad la amenaza le prometió que le iba a devolver todo lo que llevaba encima.

            Martín le dejo libre un brazo, sin cambiar de postura.

            El ladrón se llevó con dificultad una mano al bolsillo y sacó un puñado de dinero totalmente arrugado. Se lo devolvió a su dueño.

            Martin se asombró al advertir que un policía había entrado en la escena. Pronto se hizo cargo de la situación, y al considerar que aquello no era un robo casual, sino uno de los mucho que estaban ocurriendo en distintos barrios de Madrid, con el mismo modus operandi, agradeció a Martín su valentía por arriesgarse  a detenerlo. Eso sí, después de tomarle todos los datos necesarios y algunos más, por si acaso…

OTRA VEZ TERESA

                                                

¡Pobre Teresa!

Este año la pequeña Teresa, a causa de la covid, pasa sus vacaciones en un pequeño pueblecito donde se tiene la sensación de que el tiempo se paró hace más de medio siglo. La naturaleza es un disfrute y los pocos vecinos encantadores. Solo tiene el inconveniente de estar mal comunicado con los pueblos de su entorno, lo que en estos momentos ha pasado a ser una ventaja.

Teresa, resignada a no ver a su pandilla de verano, pone todo su interés en hacer bien las cosas para satisfacción de sus padres, pero… comprueba con decepción que no sirve de nada su buena voluntad. Al final siempre le sale todo mal y terminaba disgustando a sus padres. Como lo que le acababa de ocurrir con la leche.

En este pueblecito todavía suministran leche recién ordeñada de las vacas y a Teresa le han asignado la misión de ir a comprarla cada atardecer; para ello le han proporcionado una garrafa de metal con un asa larga que le permite llevarla como si fuera un bolso —eso dice ella—. Sus padres le dan dinero para que la pague y ella cuida de no perderlo, pero parece que cuanto más interés pone…

A veces, por el camino se encuentra con las nuevas amigas que la invitan a jugar, y Teresa, que no quiere decepcionar a nadie, no sabe decir que no, pero se hace el firme propósito de que sólo será un ratito. Así que deja la lechera y el dinero en el lugar que consideraba más seguro y se pone a jugar. Luego, cuando se da cuenta de que empieza a oscurecer y ha transcurrido más tiempo del previsto echa a correr y solo se acuerda de la lechera, no se da cuenta de que le falta el dinero hasta que va a pagar la leche. No le ocurre siempre, pero la última vez que le ocurrió se prometió que no le volvería a pasar más, no podía soportar  ver la cara de desilusión de sus padres que solo decían: “Otra vez Teresa”. No, no volvería a perder el dinero.

Para evitar ese problema, se le había ocurrido guardar  el dinero dentro de la garrafa, porque al tener la boca un poco más estrecha que el resto, consideraba que estaría seguro y además ya no se olvidaría de él, aunque se pusiera a jugar con una amiga. Al llegar a la vaquería pagaría lo primero.

Pero siempre pasaba algo. ¡Pobre Teresa!

Alguien le había dicho una tarde al volver a casa con la leche, que si daba vueltas rápidas a la garrafa, el líquido no se caería. No  dijo que no se lo creía, pero realmente no acababa de creerlo. Llevaba un par de tardes con ganas de hacer la prueba, pero temía perder la leche, ¿qué le dirían sus padres?, pensarían “hace falta ser tonta, para ir a comprar leche, pagarla y luego tirarla, no, no podía hacer la prueba.

En su camino a la vaquería había un antiguo lavadero al aire libre, se le ocurrió de pronto que no pasaría nada si probaba con agua, por si acaso era mentira y tiraba la leche. Pero ya se había olvidado de que había metido en ella el dinero.

            La llenó y comprobó que era cierto. Dio muchas vueltas rápidas con la garrafa llena de agua sin que esta se cayera, bueno, apenas unas gotas, y antes de llegar a la vaquería tiró el agua. Solo cuando fue a pagar se dio cuenta de que también había tirado el dinero. Salió a buscarlo, pero ya no estaba.

Esperaba una buena regañina, seguro que sus padres no comprenderían que quería hacerlo todo lo mejor posible y siempre deseando que se sintieran tan orgullosos de ella como lo estaban de su hermana mayor. Pero se vio sorprendida por la extraña reacción de sus padres. Lo que les molestó no fue que perdiera otra vez el dinero, sino que lo hubiera metido dentro de la lechera. Le dijeron enfadados que eso era una porquería. 

¿El dinero que guardaba con tanto cuidado era una porquería? 

¡Que extrañas y contradictorias eran  las personas mayores! —pensó desolada Teresa—. ¡Nunca las comprendería!

Crea tu propio blog con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: