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Siempre llego tarde

Novelas y Relatos de Carmen Fernández

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Mis novelas

ESTAMBUL

Durante el trayecto de regreso al hotel, Ahmed le sugirió una visita al barrio de Galatasaray, pues le aseguró que podría ver la mejor panorámica de la ciudad. Arthur no necesitó pensarlo, aceptó encantado. De camino al distrito europeo de Beyoglu, Ahmed le puso al corriente de algunas costumbres turcas. A esas horas no había atascos, aunque advirtieron que no tenían la misma suerte los que hacían su ruta en sentido contrario.

El espectáculo era magnífico. El cielo se había ido tiñendo con grandes pinceladas de una tonalidad malva que parecían haber sido repartidas artísticamente sobre un intenso fondo azul. A su derecha, podía admirar la colina del Serrallo, coronada por el Palacio de Topkapi; al fondo, el mar de Mármara confundiéndose con el cielo; a sus pies, una parte de la ciudad bañada por el Bósforo, y sobre él, unos cuantos barcos de distintos tamaños y banderas lo surcaban y añadían belleza a la ya hermosa vista.

Arthur quedó extasiado y lamentó no haber dispuesto de una buena cámara que hiciera justicia a esa visión en todo su esplendor. Pensó en conformarse con la imagen que pudiera recoger con el móvil.

—Será aún mejor guardarlo en mi memoria tal y como lo percibo —dijo en voz alta, después de haber hecho una fotografía.

—Podemos volver mañana, u otro día —sugirió Ahmed, acostumbrado al efecto que producía aquella fantástica vista en los extranjeros que la visitaban por primera vez—. No es por casualidad la imagen que se ofrece ante su vista. Salvo el número y la clase de barcos, todo lo demás es lo habitual de cualquier tarde.

Allí mismo, en una gran terraza muy concurrida, compuesta casi en su totalidad por personas con apariencia semejante a la que pudiera encontrarse en cualquier parte de Europa, tomaron una copa mientras disfrutaban del maravilloso espectáculo y del magnífico clima. Una hora más tarde iniciaron el regreso al hotel.

Cuando se acostó, su espíritu estaba tranquilo, empapado de la paz que había experimentado en el barrio de Galatasaray. Apagó la luz dispuesto a dormir, pero no pudo evitar pensar en la entrevista que tendría al día siguiente por la mañana. Comenzó a dar vueltas sin cesar, evaluando lo que le ofrecían los de Samarcanda y lo que su padre le había dicho. ¡Imposible dormir!

Encendió el televisor. Sacó del minibar una de las botellitas de whisky que reposaban en su interior a la espera de ser consumidas. Dudó si añadirle hielo. Desistió de la idea. Lo vació en uno de los vasos que había sobre la bandeja del frigorífico. Lo tomó en pequeños sorbos y esperó a sentir su efecto relajante mientras veía las imágenes de una película turca. El licor cumplió con su cometido y Arthur pronto sintió la necesidad de cerrar los ojos.

Despertó muy pronto. Aunque lo intentó, no pudo volver a dormir. Tras muchas vueltas en la cama, en busca de una postura que le facilitara el sueño, se levantó, convencido de que su vigilia no era una cuestión postural. Sin dudarlo, descorrió las cortinas buscando inconsciente una compensación a su desvelo. El paisaje que se exhibía descaradamente ante sus ojos, aunque esperado, lo deslumbró, alentándolo a no volver a la cama. Abrió las ventanas y aspiró el perfume que la suave brisa le hacía llegar desde las plantas olorosas. El lujuriante verdor de los jardines le invitaba a caminar entre sus parterres. Descubrió un cielo azul en el que el sol no iba a encontrar ningún obstáculo para brillar en todo su esplendor, lo que interpretó como una agradable promesa. Al fondo, el Palacio de Dolmabahçe lucía resplandeciente mientras, indolente, se dejaba bañar por el Bósforo. Sintió en su espíritu la satisfacción profunda que le producía aquella vista y concluyó pensando que, con independencia de cómo se desarrollaran los acontecimientos que le habían llevado hasta ese lugar, todo aquello que percibían sus sentidos ya era motivo suficiente para haber volado a Estambul.

Tonificado tras una ducha larga, dudó si preparar un té o un café y saborearlo mientras contemplaba aquellos bellos jardines. Finalmente, optó por ser parte activa en el placentero paisaje que estaba admirando. Así que terminó su aseo personal y bajó a tomar un expreso al bar del hotel, para después pasear por los hermosos y ya soleados jardines mientras esperaba la hora de su cita.

Recordando las palabras de su padre, pensó en lo poco que conocía de las personas con las que pretendía encontrarse en la reunión prevista para esa misma mañana. Se trataba de dos científicos, padre e hijo, procedentes de Samarcanda. Doctores en ciencias, en no sabía qué materias. Interpretaba, por los datos que le había dado la persona con la que se había estado comunicando, que al menos el padre había coincidido en su vida y actividades con su abuelo durante la primera etapa, en la que él, lord Edward, se unió al grupo de locos… bueno, de sabios científicos.

Según su padre, entre todos ellos englobaban prácticamente el saber total de esta y otras épocas anteriores: astrólogos y astrónomos, matemáticos, filósofos, químicos, físicos y metafísicos, biólogos, etc., ciencias antiguas conocidas e incluso algunas desconocidas para la mayor parte de los mortales. También los de Samarcanda hablaban de ellos con mucho respeto cuando se referían al grupo. Los denominaban indistintamente científicos, eruditos e incluso sabios. Pero ¿cuántos años tendría aquel doctor en ciencias cuando conoció a su abuelo?, ¿qué años tenía su abuelo en el momento en que Hushein de Samarcanda llama la primera época?, ¿sería también un anciano a punto de abandonar este mundo? En ese caso, poco podría hacer por él.

Solo faltaba media hora para la entrevista. Decidió entrar en el comedor donde se servían los desayunos. Comenzó con un zumo de naranja recién exprimida —la encontró deliciosa—, un yogur natural y una tostada a la que añadió tomate fresco y un buen chorro de aceite de oliva virgen, tal como se había acostumbrado en sus visitas a España. Al terminar se dirigió a la sala donde iba a tener lugar la reunión. Era más bien una salita para diez o doce personas. Resultaba acogedora y bien iluminada gracias a la luz que penetraba por sus grandes cristaleras. Además de dos cómodas antiguas en perfecto estado, había dos mesas con agradables silloncitos rodeándolas. Se dirigió a la mesa que consideró mejor situada. Tomaría otro café mientras esperaba.

No había tenido tiempo de hacer su petición al camarero, cuando vio a tres personas cruzar la puerta de la sala en la que él se encontraba. De porte distinguido, parecían representar tres generaciones. Desconocía que pudiera acudir una tercera generación de los Turgay, pero sí sabía que acudiría un señor mayor, tal vez un anciano de edad próxima a la que tendría en estos momentos su abuelo de haber vivido, y su hijo. Sin embargo, al ver la prestancia de aquel hombre erguido, sin duda el mayor de los tres, pensó que como mucho podía haber cumplido los setenta. Lucía barba y cabellos plateados. El que parecía más joven tenía un semblante de rasgos armónicos y delicados, muy semejantes a los del que claramente era el mayor, lo que no impedía apreciar una apariencia de hombre firme y seguro. En cambio, el de edad intermedia resultaba más atlético y de rasgos mucho más duros; se le veía muy diferente a los otros, pero no tuvo duda de que aquellas personas eran las que él esperaba, por lo que se dirigió hacia ellos con una sonrisa.

—¿Doctores de Samarcanda? ¿Hushein y Hassan Turgay?

Arthur preguntó en su idioma, dirigiéndose con el brazo extendido para darle la mano al que tenía aspecto más venerable o patriarcal.

—¿Lord Arthur? —preguntó casi a la vez, en un inglés correcto, el que sin duda era el mayor de los tres—. Mi nombre, como ya ha adivinado, es Hushein Turgay, y este es mi hijo pequeño, Hassan. —Se refería al de apariencia más joven, como había adivinado Arthur.

Tras un firme apretón de manos que contrastaba con su aspecto casi etéreo, continuó con las presentaciones:

—Lord Arthur, le presento al doctor Horacio Barak, de Grecia.
—Encantado. Creo que no me habían mencionado su nombre. Desconocía que un griego iba a estar presente en esta reunión. Supongo que estará justificada su presencia —dijo saludando con precaución sin perder la sonrisa.

—Naturalmente —fue la escueta respuesta.

Tras las formalidades oportunas, pidieron café turco. El camarero les sirvió en la mesa un espeso café y dejó una cafetera llena sobre la mesa. Dispuso unos dulces gelatinosos de distintos colores. Algunos contenían diversos frutos secos, principalmente pistachos, todos ellos espolvoreados con azúcar glaseada.

—¿Por dónde quiere que empecemos, lord Arthur? — indagó el doctor Hushein tras ver salir del saloncito al camarero—. Seguro que hay preguntas que desea hacernos antes de entrar en la materia central.

—Sin duda, lo más importante para mí es conocer la relación que ustedes tuvieron con mi abuelo y en qué momento de su vida. Tampoco conozco mucho de la trayectoria de mi abuelo como científico, pero según mi abuela, fue un hombre muy prolífico que abandonó sus responsabilidades familiares y sociales para permanecer en el sur de España investigando en una extraña montaña. Esto es algo que nunca he podido entender, por muy idílico que fuera el lugar que compartían y por muy importante que resultara la labor que realizaban. En segundo lugar, son precisamente los resultados económicos de esas investigaciones los que, también según mi abuela, pertenecen a sus descendientes. En nuestras recientes conversaciones telefónicas ustedes parecen apoyar esta teoría.

Unos instantes de silencio fueron el preludio de la interesante historia que con cierta emoción relató el patriarca. Su aspecto bondadoso y su voz serenísima tuvieron efectos balsámicos en el alma joven, pero intranquila, del inglés. El anciano mesó su corta y blanca barba y antes de comenzar su relato, hizo una salvedad, mirándolo con evidente afecto.

—Las dos cuestiones están tan relacionadas entre sí que no podríamos llegar a ninguna conclusión si las disociamos. Nosotros disponemos de un tiempo limitado durante esta mañana, pero si las aclaraciones que necesita se prolongan, podríamos volver mañana. —El doctor Hushein miró al joven lord esperando su aprobación.

—Ningún problema por mi parte —fue la apresurada respuesta de lord Arthur, que deseaba escuchar cuanto antes todo lo que el doctor Turgay tuviera a bien relatarle.

—La primera pregunta es quiénes somos. —Y tras una nueva pausa, añadió—: Puesto que podría ser su abuelo, voy a hablarle como si fuera mi nieto.

—¡Por favor! —aceptó gustoso Arthur. 60

»Es probable que mi nombre no le diga nada, pero para la historia de Samarcanda, incluso para la humanidad, el de mis antepasados ha sido y continúa siendo de suma importancia.

 

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Costa Rica Capítulo IX EL VIAJE

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Antes de embarcar para navegar hasta al Tortuguero hicieron dos paradas. La primera, para recoger a tres personas que iban a realizar el mismo itinerario que ellos: un matrimonio español, con un chico de la edad de Diego; y la segunda, para visitar una bananera, donde se cortaban y cargaban manojos de plátanos, que quedaban suspendidos por medio de unos cables que servían de cinta transportadora. Avanzaban colgados del cable de forma automática desde la platanera al lugar donde se embalaban y se cargaban en el camión frigorífico que los iba a transportar.

La segunda parada solo duró una hora escasa, pero las cámaras fotográficas trabajaron incansables y para todos resultó muy interesante. El vehículo continuó atravesando la carretera que exhibía a sus dos lados inmensos platanares, hasta que el paisaje fue cambiando haciéndose más denso su verdor, pero ya sin plátanos.

Al fin, pararon a poca distancia del embarcadero. El lugar era muy húmedo, y el terreno, ligeramente pantanoso, por lo que no permitía al vehículo continuar y menos aún con tanto peso como transportaba. Un grupo de hombres los esperaban para trasladar los equipajes de los viajeros a una lancha motora.

Mientras, tomaron un pequeño refrigerio en la terraza de un rústico restaurante próximo, donde abundaban las iguanas. Terminaron con un ligero café del lugar hecho a la manera antigua, de puchero. Apremiados por el guía, no perdieron ni un minuto más de lo necesario y regresaron al embarcadero.

Una vez en la motora, el último de los chicos comenzó a hablar con los cuatro primos después de haberles dicho su nombre: Pedro. Les contó que era la tercera vez que hacía el viaje a Costa Rica, que habían llegado hasta el lugar donde los habían recogido en una avioneta que pilotaba su padre.

—¿Habéis venido desde España en una avioneta? —se asombró Pablo.

—Qué dices, Pablo, eso es imposible —respondió Diego adelantándose a las explicaciones del nuevo compañero de viaje.

—Ya, por eso. Me parecía muy raro.

—No, qué va, la alquilamos en un aeropuerto que está cerca de donde aterrizó nuestro vuelo desde España. Después hacemos escalas en los distintos campos de aterrizaje que hay por todo el país, porque las carreteras son espantosas, según dice mi padre. Pero claro, siempre sobrevolamos el Tortuguero y nos perdemos esta ruta por el río, que debe de ser chulísima —tomó aire para poder seguir explicando con la misma rapidez—, así que mis padres han accedido a mi deseo y esta vez veremos el mismo paisaje, pero desde el agua, observando animales que no se pueden divisar bien desde la avioneta.

Los primos miraron a los chicos noruegos esperando que se integrasen en su charla, pero un gesto del padre les indicó que debían permanecer en sus asientos. Se le veía enfadado.

En un momento de la conversación el guía pidió excusas al noruego. Le explicaba que, tal vez, se había producido un error imposible de subsanar, ya que en esas fechas no quedaba ningún otro guía libre que pudiera hacer con ellos la ruta del Tortuguero, pero que estaba seguro de que se iban a sentir muy bien con sus compañeros de trayecto, teniendo en cuenta que los chicos eran de edades semejantes y que el grupo era muy reducido. El noruego respondió algo en su idioma que el guía dijo no entender, pero él no se lo repitió. El noruego, con su actitud, dejaba claro que la solución no había resultado de su gusto.

El Parque Nacional de Tortuguero es un lugar al que solo se puede acceder en avioneta o en bote, y no en cualquier clase de embarcación. Para respetar el medio ambiente, los botes deben tener unas características ecológicas, además de su correspondiente licencia para poder surcar aquellas aguas que van a desembocar al mar Caribe, y los pasajeros deben ir acompañados de un guía que pertenezca a dicho parque. Por tanto, no había otra posibilidad para los noruegos que compartir guía y barco con nuestros protagonistas.

El viaje resultó impresionante. Entusiasmó a todos, principalmente a los chicos. La vegetación lujuriosa invadía las orillas eliminándolas casi en su totalidad, enormes ramas que tenían sus raíces hundidas en la tierra surgían del agua a más de un metro de la orilla. Cuando a cierta distancia parecían divisar un tronco en la superficie, el bote se acercaba con cautela y el guía les pedía que hablaran bajo, porque en muchas ocasiones lo que parecía un tronco era un cocodrilo o un caimán de anteojos, característico de América central, o a veces un caimán almizclado, propio de la América tropical, y aunque estaban acostumbrados a los gritos del conjunto de animales que poblaban el Tortuguero, se asustaban con las voces humanas.

Debido a estas recomendaciones del guía, cuando topaban con esta clase de reptiles las exclamaciones de admiración las hacían en voz baja para no espantarlos, lo que parecía una broma si se tenían en cuenta los continuos chillidos de los monos aulladores, la algarabía del canto de los pájaros, con sus continuos movimientos de rama en rama, y el máximo agitador de las mismas, el mono capuchino carablanca.

El bello y colorido plumaje de la gran variedad de pájaros, principalmente tucanes, de cortos y continuos vuelos, parecía confundirse con el de algunas plantas de flores de gran tamaño y de variados colores con intensas tonalidades.

Todos ellos y algunos pobladores más del bosque tropical, apenas perceptibles, contribuían a crear la ilusión de una explosión multicolor; una orgía de vivos y luminosos colores que los tenía absortos mientras discurrían por los distintos meandros, que a modo de telón que se va levantando poco a poco les permitía ir descubriendo nuevos paisajes.

Resultaba espectacular cuando a distancia se divisaba lo que parecía el comienzo de una pequeña isla verde con denso follaje, aunque en realidad solo era el efecto óptico de un meandro, o de la bifurcación en dos ramales del mismo río, lo que ocurría a menudo.

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Querer – Poder

image001 Quiero – Puedo. – Querer y Poder.

– Querer es Poder. – Si quieres Puedes.

No quiero.     No puedo.

Quiero, indica deseo.     Puedo, indica capacidad. Como consecuencia:

“No Puedo”, es falta de capacidad, o actitud negativa frente a una posibilidad que requiere al menos un intento, un esfuerzo y un fracaso, o varios intentos con sus consecuentes fracasos.

Es factible creer que no puedes, pero cabe intentarlo. Es creíble que la frase “No Puedo”, sea consecuencia de fracasos tras los correspondientes intentos.

En cambio, “No quiero”, indica algo más determinante y que no precisa de comprobación, es innecesario realizar un esfuerzo. Es fulminante, en el acto, algo inmediato, interno y personal. Es algo volitivo y ajeno a tu capacidad.

Isabel no quiere vivir sin él.

Red Fort, Puerta de Lahore.

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«HOY A LAS CINCO EN RED FORT, PUERTA DE LAHORE»

Por la puerta ventana alguien había deslizado un papel escrito por ordenador con grandes letras Arial. Solo decía:

“Hoy a las cinco, en Red Fort, Puerta de Delhi.”

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Alguien había estado en su terraza mientras él salía de compras y no había encontrado dificultad para dejarle aquel aviso.

Con toda seguridad, la persona que lo había dejado, habría esperado a verlo salir para evitar ser sorprendido. O tal vez, conocía muy bien las costumbres de la casa. No disponía de tiempo para avisar a Bruno.

Por un momento, pretendio hacer caso omiso al mensaje. Pero había demasiado en juego.  ¿Qué le podía pasar que fuera peor de lo que le esperaba si no obedecía aquella orden? Porque de eso se trataba, de una orden: la primera.No podía evitarlo, acudiría a la zona vieja de Delhi. A las cinco en punto estaría frente a una de las dos puertas principales del Fuerte.

Era un lugar muy concurrido por los turistas, muchos de los cuales acudían en rickshaws, dadas las dificultades de circulación. Esta puerta estaba menos concurrida que la de Lahore, que se encontraba frente al famoso mercado Chandni Chowk, que había visitado con Vainavi. Era el lugar donde las bicicletas y los rickshaws se entremezclan con la gente que va al mercado y los turistas que escuchan a sus guías y hacen fotos mientras se mueven incesantemente, por lo que aún solía ser mayor la aglomeración.

Sin duda, quienes lo habían convocado querían pasar desapercibidos entre la gente, pero sin tener demasiados problemas para verle llegar al Fuerte Rojo.

El edificio estaba construido con piedra arenisca roja. Era un edificio espectacular; no solo por su color llamativo, sino también por sus formas y las extraordinarias dimensiones, cuyos muros se extienden a lo largo de más de seis kilómetros.

Cuando estaba llegando a la puerta donde se leía en hindi y debajo en inglés “Delhi Gate”, alguien se cruzó en su camino y le obligó a tropezar con él. Aún así, fue Rubén quien pidió excusas. El que había provocado el tropezón le respondió:

—Sígueme con disimulo.

Esquivando a las muchas personas llegadas desde cualquier parte del mundo, paraban frente al edificio para realizar las fotografías que más tarde darían fe de su viaje y de su recorrido por la India, Rubén caminó tras aquel hindú que ni una sola vez se volvió a mirar si él lo seguía. La imagen colorista que brindaba el lugar no le resultó tan atractiva como en otras ocasiones en las que había admirado la plasticidad de aquel espectáculo cromático que ofrecían los saris, conbinados con vestimentas de las más variadas formas y colores, y de fondo las rojas tonalidades del Fuerte Rojo

Tras un largo recorrido, durante el cual Rubén estuvo tentado de darse la vuelta varias veces, llegaron al río Yamuna. Un velero estaba a punto de zarpar con varías personas ya embarcadas y de un aspecto parecido a aquel que le había pedido que lo siguiera. El hindú subió a la embarcación y una vez en ella se dio la vuelta a tiempo de decirle “salta”, cuando acababan de soltar los amarres y el velero ya iniciaba su salida. Rubén no lo pensó y saltó con agilidad. El hindú lo sujeto por el brazo, empujándolo con energía hacia el centro del velero.

Dashashwamedh

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»En cuanto a mis hermanos, han seguido distintas sendas. El santón que he saludado es el mayor de mis hermanos. Él escogió el celibato y toda su vida la ha dedicado al estudio y la enseñanza. Los dos más pequeños continúan en Inglaterra, como auténticos gentleman. En cuanto al que va después de mí, sabemos que es un fanático de nuestra religión. Ha elegido para defenderla otro camino nada pacífico. Ninguno de los  hermanos estamos de acuerdo con sus métodos. En cambio, él sí está de acuerdo con nuestras vidas, pero cree que si no fuera por su lucha para mantener viva nuestra religión tal como  se refleja en los vedas, ni nosotros, ni mucho menos los que vienen detrás, podríamos cumplir con nuestras obligaciones. Cree que la modernidad está ahogando nuestras costumbres ancestrales y él participa de la lucha activa. No hemos podido convencerle de que deje esa lucha y se vuelve muy violento cuando intentamos convencerlo.

Rubén quedó un rato pensativo. Tal vez tuvieran razón en luchar por defender sus costumbres, pero el fanatismo unido a la lucha por la defensa de cualquier causa suele ser una mala combinación.

El asceta quiso saber algo de la vida de su interlocutor. A preguntas del hindú, Rubén también le contó una versión muy abreviada de dónde procedía y el motivo de su estancia en Benarés; se encontraba tan a gusto que no hubiera dado fin a la conversación en toda la noche, pero fue su acompañante quien se despidió tras darle las gracias por aquella inesperada velada con “banquete” incluido y haciéndole una recomendación: que se levantase antes de salir el sol y bajase al Río Ganges unos Ghats más adelante:

—Pregunta por el Dashashwamedh. ¿Lo recordarás? Si te guías por el flujo de gente, seguramente acertarás sin preguntar. Toma uno de los barquitos que salen al amanecer y contemplarás algo cuya imagen te acompañará el resto de tu vida. Ya sé que te va a faltar tiempo para todo lo que pretendes hacer, pero merece la pena, créeme. Si me necesitas, no dudes en buscarme por este lugar, es mi Gath —dijo sonriendo a modo de resignación indolora.

Rubén sintió el impulso de darle un abrazo y el ex leproso harapiento lo aceptó sin ninguna oposición.

India

Scan 1  La novela que lleva el título de NO PUEDO VIVIR SIN TI, empieza de forma muy trágica.

Es precisamente esa tragedia lo que motiva esta historia. Se desarrolla entre Madrid y la India. Esta imagen es del Fuerte Rojo de Delhi, uno de los espacios donde tiene lugar la narración.

Auténtica tragedia e irrealidad nos acompañan a lo largo de los distintos capítulos. Por mor de la autora podemos escuchar los pensamientos de una de las protagonistas, pensamientos que ayudan a comprender la evolución de una persona a causa de su amargura y desengaño de la vida.

Hay inocentes que se inmolan por amor, pero el destino no las trata de igual manera, tampoco sus creencias son las mismas.

El desenlace, por inesperado no conviene contarlo, perdería su sorpresa.

En mi anterior novela podemos decir que todo acaba bien y no descubrimos nada, pero de «No quiero vivir sin ti», no podemos emitir ningún juicio, sin estropear todo el argumento.

Aventura de cuatro primos

Uno de mis jóvenes personajes femeninos, Carmen, se enamoró en Caralvalle del que consideraba su mejor amigo, sin ser muy consciente de la clase de sentimientos que había despertado en ella aquel chico tan divertido e inteligente.

Ya en su colegio piensa en él con mucha frecuencia, sabe que no lo volverá a ver hasta que acabe el curso, y siente una cosa que tampoco identifica, pero nosotros sabemos que se parece mucho a la nostalgia.

Él les ha asegurado este verano que siempre estaría dispuesto a ayudarles cuando lo necesitasen. Se lo dijo a los cuatro, pero la joven piensa que era un mensaje dirigido a ella.

Tienen algunos problemas y sienten que lo necesitan, pero él no está ahí. Y sin embargo, es cierto que no los ha abandonado, que está muy cerca.

Más tarde lo comprenderá. ¡Nunca se ha alejado de ella!

Más sobre El Río Mágico

Se miraron felices. Carmen movió con energía su cabeza impulsando su rubia melena, que bailó alegre al son que le marcaba su dueña. Sus ojos chocaron con los de su prima, mezclándose las chispitas que despedían en un quiebro cómplice con los rayos del sol.

Mientras Diego y Pablo avanzaban, Carmen paró y permaneció unos segundos quieta, puesta su mirada en Patricia que de repente parecía pensativa. los chicos, al ver que avanzaban solos volvieran la cabeza. Algo en la actitud de Patricia les hizo quedarse también parados antes de seguir el descenso a la orilla.

—Qué raro —dijo al fin Patricia—. primero, un puente sin río, y ahora, un río sin puente; no podremos atravesarlo. Puede que sea demasiado profundo o igual hay corrientes de esas peligrosas. ¿Qué vamos a hacer?

—Pues lo que teníamos planeado… —dijo Carmen, tratando de calmar las inquietudes de Patricia, cuyas dudas sensatas no sabía resolver en ese momento–. Primero, nos refrescaremos en el río; comeremos algo tranquilamente y luego miraremos cómo y por dónde podemos atravesarlo para buscar las cuevas. Seguramente, el año pasado, el río pasaba por debajo del puente, pero con las tormentas y las inundaciones de esta primavera ha debido cambiar su curso.

—¡Pero si Tatiana y Jorge lo han visto este verano!   —afirmó Diego con rotundidad, sin comprender muy bien cómo se le podían olvidar a su hermana cosas tan elementales.

Patricia miró a sus primos pensando que nada de eso resolvía sus dudas, pero que podrían seguir los consejos de Carmen y aplazar la solución para el momento en que ya hubieran descansado después de un buen baño y una agradable comida.

Mientras Carmen, Diego y Patricia hablaban, Pablo ya se había puesto manos a la obra; se había acuclillado a la orilla del río y se disponía a meter sus manos en el agua. De repente, su voz sonó espantada.

-¡Uf! ¡Qué asco!, ¡qué asco!, ¡qué asco!

-¿Qué te pasa, Pablo? –preguntaron los tres casi al unísono.

-Que el agua está asquerosa.

Los tres sabían lo escrupuloso que era Pablo, por lo que no dieron demasiada importancia a los exagerados gestos de asco que seguía haciendo. Así que, mientras reían, se fueron quitando la ropa hasta quedar en bañador.

Diego fue el primero que se acercó a la orilla para meter el pie con cuidado y apreciar la temperatura del agua, que ya barruntaba sería, cuando menos, fresquita. Pero Patricia, acostumbrada a bañarse en aguas de cualquier temperatura sin importarle lo muy frías que pudieran estar, se metió en el río de un salto.

Carmen se quedó paralizada junto a su ropa al escuchar los gritos de los dos.

Diego había metido un pie y parecía que no lo podía sacar, con apreciable esfuerzo intentaba sacarlo sin lograrlo. El líquido parecía sujetarlo.

Patricia permanecía en la orilla chillando, pero sin intentar salir del agua. La confusión para Carmen era total.

¿Alguien me puede explicar qué pasa?

¡Cuidado, no te metas al agua! —Le grito Diego justo en el momento en que lograba mover su pie y sacarlo. Después le dijo a Patricia que hiciera un esfuerzo y saliera del agua rápidamente.

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El Río Mágico

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Esta apreciación idílica de la montaña desde el valle, en el que habitaban veraneantes y lugareños en sólidas casas de piedra con tejados negros de pizarra, o en las distintas casas diseminadas en torno al pueblo, de una construcción más moderna, aunque menos robusta, no se correspondía con su aspecto si se miraba desde el lado opuesto, es decir, desde el bosque que se extendía del otro lado del pueblo y que era donde realmente nuestros protagonistas iban a vivir los momentos más intensos de su aventura.

En realidad, al atravesar una antigua muralla, que en tiempos remotos debió servir para proteger al pueblo, la fisonomía de la montaña cambiaba completamente.

Tras un corto recorrido de pendiente ligera se accedía a un bosque no muy espeso, que después de una travesía de unos veinte o treinta minutos a paso normal, servía de base a una montaña escarpada, con un primer tramo casi perpendicular al camino, como si hubiese sido cortado de forma muy irregular para evitar la tentación de acceder a su parte más alta.

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