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Siempre llego tarde

Novelas y Relatos de Carmen Fernández

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Novela La Montaña Áurea

Capadócia.

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  A pesar de llegar tarde a tantas cosas he tenido tiempo de realizar infinidad de actividades. Una de las mas satisfactorias ha sido viajar. Estas fotografía corresponden a la Capadócia.

Turquia es un pais lleno de encanto !Hay tánto que ver! Estambul y Capadocia son para mí el máximo esponente de sus maravillas. Claro que hay muchas más cosas que visitar, pero yo he utilizado estos lugares que tánto me impresionaron para desarrollar la trama de mi novela. Me encantaría haber sabido transmitir su especial encanto. Había visitado Turquía dos veces, pero fue en mi tercera visita cuando conocí esta maravilla de la naturaleza. En esta ocasión me acompañaban dos hijas y dos de mis nietos.

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Esta experiencia ha servido para situar a algunos de mis personajes entre estos lugares mágicos.

Los más inquietantes capítulos de LA MONTAÑA ÁUREA, discurren por estos parajes en mi tercer libro (novela).

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LA MONTAÑA ÀUREA CAPÍTULO II, EGIPTO

 

CAPÍTULO II EGIPTO

La oferta era tentadora. Muy cara, pero tentadora. En estos momentos, un anticuario egipcio —aunque educado en Francia— le ofrecía una pieza egipcia encontrada y rescatada de una tumba hacía muchos años.

Al-Fasí le había asegurado que se trataba del busto de la atractiva esposa de Akhenatón, Nefertiti. Realmente era una belleza. La pieza era el busto de una hermosa mujer, ataviada con un exótico tocado, una especie de casco que alargaba oblicuamente su atractiva cabeza. En el centro del casco oscuro, un pequeño áspid dorado ondulante se volvía sobre sí mismo, dejando al aire una porción del centro de su cuerpo reptante. Un pectoral de vivos colores cubría desde el cuello todo su escote y parte de su busto, completando así sus vistosas galas.

El anticuario le mostró los certificados con los que constataba su antigüedad, aunque de forma aproximada, y la clase de materiales empleados en su creación. En un español que apenas tenía defectos de pronunciación, no tuvo ningún inconveniente en explicarle que llegó a sus manos gracias a los herederos del arqueólogo que la descubrió, «ignorantes, o tal vez demasiado amantes del dinero» —así había catalogado a quienes se habían desprendido de ella—. Patricia pensaba que la tentación tenía un precio muy alto, pero mirando aquella hermosa pieza antigua, estaba a punto de sucumbir.

—El tocado, sus adornos —explicaba Al-Fasí—, incluso la policromía del pectoral, son muy parecidos en colorido y forma al busto de Nefertiti que se exhibe en el museo de Berlín, aunque a diferencia de este, el de Berlín está realizado en piedra caliza pintada y es de tamaño natural. Un modelo que fue descubierto por Borchardt —aseguró el anticuario, dudando un momento antes de expresar el malestar interior que ese nombre le producía.

»Bueno, esa es la versión oficial —continuó—. Según algunos expertos, Borchardt desenterró la imagen y escribió en su diario: “No se puede describir, hay que verla”. Según otros, el descubrimiento se produjo diez años antes, pero esperó esos diez años para sacarla a la luz. Otros aseguran que la descubrió en el taller de un escultor llamado Tumés, en 1905, en Tell el- Amarna.

»De cualquier manera, y gracias a que Borchardt en su descripción oficial decía que se trataba de la estatua de una princesa realizada en yeso, a pesar de saber muy bien que era de piedra caliza y que se trataba de la soberana Nefertiti, fue llevada y exhibida en el museo de Berlín.

El tono empleado por el anticuario denotaba lo molesto que le resultaba el asunto. Patricia, comprendiendo realmente la situación, ya que no era la primera vez que escuchaba lamentaciones parecidas, reconoció ante él la razón que asistía a los egipcios para estar más que molestos al ver cómo habían sido esquilmadas algunas valiosas antigüedades egipcias, que hoy se encontraban repartidas por distintos museos del mundo con independencia de cómo las hubieran conseguido.

Sin embargo, el busto que ahora contemplaba había sido realizado en un durísimo material negro: diorita, según el anticuario y los documentos que la acompañaban. Estos certificaban tanto la antigüedad, de al menos cuatrocientos años antes de Cristo, como los materiales de que estaba compuesta.

Sobre este fondo negro, el pectoral y el tocado azul índigo, rematado y bordeado en oro, resaltaban de una manera muy distinta al busto de Berlín, la versión de Nefertiti más conocida. Incluso podría decirse que el pectoral estaba formado de manera independiente del busto, habiendo sido incorporado después de esculpida la pieza principal. Tal era la perfección de su factura.

Recordó lo que más había llamado su atención la primera vez que tuvo noción de la vida de esta hermosa reina, esposa del faraón Akhenatón que reinó entre 1353 y 1336 a. C. e instauró el culto monoteísta al dios Atón (Sol).

A Patricia le había impresionado la fortaleza de Nefertiti al defender los criterios religiosos de su esposo cuando este murió, a pesar del enorme desgaste que suponía un cambio tan radical, con el que ni sus hijos estaban de acuerdo, como quedó demostrado. Nefertiti, durante su viudedad, fue ferviente defensora de la reforma religiosa emprendida por Akhenatón. Pero cuando una de sus hijas, Anjesenamón, contrajo nupcias con su hermanastro Tutank-Amón, este volvió a restaurar la religión que su suegro y padre había eliminado.

La representación de Nefertiti la había podido admirar en Egipto, en el Museo de El Cairo. Hallado durante las excavaciones realizadas en Amarna 

Más tarde admiró la expuesta en el Museo del Louvre, después de su transformación, con ocasión de sus repetidas visitas a París.

Pero fue en su encuentro con esta versión morena, que el anticuario le ofrecía, cuando algo la hizo retroceder en el tiempo y trasladarse mentalmente al Egipto de diez años atrás.

Había algo en el ambiente. El aire parecía perfumado de recuerdos. Las fragancias de la casa del anticuario traían a su mente escenas que creía olvidadas. En su interior, un cúmulo de sentimientos y sensaciones trataban de abrirse paso.

Respiró profundamente, deseando identificar ese cóctel de sensaciones.

Recordó aquella comida multitudinaria. La vio como si se tratase de una fotografía en color.

Ella estaba en un extremo de la larga mesa y su marido enfrente, y sentado en medio, como si se tratara de la presidencia, el egiptólogo que los acompañaba en sus excursiones. Estaba a punto de poner azúcar al café que acababan de servirle y Amman, el egiptólogo, le había dicho: «¡Cuidado! Hay una pompa en tu café».

La expresión cuidado le había sonado amenazante, aunque no acababa de ver la relación. ¡Había dicho una pompa, no una bomba! Ella, sorprendida, había preguntado:

—¿Una pompa? —Sí, ¿no la ves?

De repente, volvió a la realidad. Advirtió la perpleja expresión del interesante anticuario, que la miraba sonriente, entre divertido y confuso, por lo que decidió, muy a su pesar, apearse del vehículo que la había transportado al pasado y pisar de nuevo, de manera firme, el momento presente. Patricia deseaba poner toda su atención en la operación que estaba llevando a cabo. Se concentró en las explicaciones que le ofrecía aquella alta figura que tenía frente a ella, Al-Fasí. Miró su rostro cetrino de grandes e impenetrables ojos oscuros. La cifra que pedía era considerable y tendría que sopesar, de forma relajada, los motivos que le impelían a querer adquirirla. ¿Había una relación de proporcionalidad entre lo que debía pagar y lo que adquiría, visto objetivamente? Quizá entraban en su valoración aspectos no tenidos en cuenta hasta ese momento. Al fin, y tras sentir que no podía tomar una decisión mientras mantuviese esa lucha interior, dijo en voz alta:

—Creo que su precio me obliga a meditarlo un poco más. Mientras estoy viendo a Nefertiti, solo puedo pensar que deseo que pase a ser de mi propiedad. Por eso necesito consultarlo esta noche con la almohada. ¿Puedo darle mañana la contestación?

—¡Por supuesto! —contestó Al-Fasí mientras sonreía complaciente, como si la decisión de Patricia fuera lo que más convenía a sus intereses.

Patricia no supo cómo interpretar la extraña actitud del anticuario. ¿Era un gran profesional, a pesar de ser aún muy joven, y disimulaba extraordinariamente su decepción por el nuevo retraso en la venta que ya parecía lograda? ¿O tal vez, por algún motivo que no acababa de entender, no estaba muy interesado en venderla?

Parecía como si la respuesta de Patricia le hubiera producido un alivio. Esa idea no la consideraba aceptable. Llevaba demasiado tiempo con la operación y, a punto de cerrarla, había pedido más tiempo para pensarlo.

Haciendo gala de su caballerosidad, el anticuario se ofreció a llevarla en su coche al hotel, pero Patricia declinó la proposición con una excusa. Se despidió hasta el día siguiente.

Salió de aquella casa un poco confundida. Bajó las escaleras haciendo caso omiso del ascensor que parecía estar esperándola. «Solo son dos plantas», pensó.

Estaba repasando las últimas palabras cruzadas con el anticuario mientras llegaba al portal y atravesaba la calle.

De haber mirado hacia la ventana del que desde fuera parecía el tercer piso, su perplejidad habría aumentado al ver cómo se movían unas cortinas dejando entrever un rostro que hubiera reconocido a pesar de las huellas que el paso del tiempo y sus avatares habían ido dibujando en él.

ESTAMBUL

Durante el trayecto de regreso al hotel, Ahmed le sugirió una visita al barrio de Galatasaray, pues le aseguró que podría ver la mejor panorámica de la ciudad. Arthur no necesitó pensarlo, aceptó encantado. De camino al distrito europeo de Beyoglu, Ahmed le puso al corriente de algunas costumbres turcas. A esas horas no había atascos, aunque advirtieron que no tenían la misma suerte los que hacían su ruta en sentido contrario.

El espectáculo era magnífico. El cielo se había ido tiñendo con grandes pinceladas de una tonalidad malva que parecían haber sido repartidas artísticamente sobre un intenso fondo azul. A su derecha, podía admirar la colina del Serrallo, coronada por el Palacio de Topkapi; al fondo, el mar de Mármara confundiéndose con el cielo; a sus pies, una parte de la ciudad bañada por el Bósforo, y sobre él, unos cuantos barcos de distintos tamaños y banderas lo surcaban y añadían belleza a la ya hermosa vista.

Arthur quedó extasiado y lamentó no haber dispuesto de una buena cámara que hiciera justicia a esa visión en todo su esplendor. Pensó en conformarse con la imagen que pudiera recoger con el móvil.

—Será aún mejor guardarlo en mi memoria tal y como lo percibo —dijo en voz alta, después de haber hecho una fotografía.

—Podemos volver mañana, u otro día —sugirió Ahmed, acostumbrado al efecto que producía aquella fantástica vista en los extranjeros que la visitaban por primera vez—. No es por casualidad la imagen que se ofrece ante su vista. Salvo el número y la clase de barcos, todo lo demás es lo habitual de cualquier tarde.

Allí mismo, en una gran terraza muy concurrida, compuesta casi en su totalidad por personas con apariencia semejante a la que pudiera encontrarse en cualquier parte de Europa, tomaron una copa mientras disfrutaban del maravilloso espectáculo y del magnífico clima. Una hora más tarde iniciaron el regreso al hotel.

Cuando se acostó, su espíritu estaba tranquilo, empapado de la paz que había experimentado en el barrio de Galatasaray. Apagó la luz dispuesto a dormir, pero no pudo evitar pensar en la entrevista que tendría al día siguiente por la mañana. Comenzó a dar vueltas sin cesar, evaluando lo que le ofrecían los de Samarcanda y lo que su padre le había dicho. ¡Imposible dormir!

Encendió el televisor. Sacó del minibar una de las botellitas de whisky que reposaban en su interior a la espera de ser consumidas. Dudó si añadirle hielo. Desistió de la idea. Lo vació en uno de los vasos que había sobre la bandeja del frigorífico. Lo tomó en pequeños sorbos y esperó a sentir su efecto relajante mientras veía las imágenes de una película turca. El licor cumplió con su cometido y Arthur pronto sintió la necesidad de cerrar los ojos.

Despertó muy pronto. Aunque lo intentó, no pudo volver a dormir. Tras muchas vueltas en la cama, en busca de una postura que le facilitara el sueño, se levantó, convencido de que su vigilia no era una cuestión postural. Sin dudarlo, descorrió las cortinas buscando inconsciente una compensación a su desvelo. El paisaje que se exhibía descaradamente ante sus ojos, aunque esperado, lo deslumbró, alentándolo a no volver a la cama. Abrió las ventanas y aspiró el perfume que la suave brisa le hacía llegar desde las plantas olorosas. El lujuriante verdor de los jardines le invitaba a caminar entre sus parterres. Descubrió un cielo azul en el que el sol no iba a encontrar ningún obstáculo para brillar en todo su esplendor, lo que interpretó como una agradable promesa. Al fondo, el Palacio de Dolmabahçe lucía resplandeciente mientras, indolente, se dejaba bañar por el Bósforo. Sintió en su espíritu la satisfacción profunda que le producía aquella vista y concluyó pensando que, con independencia de cómo se desarrollaran los acontecimientos que le habían llevado hasta ese lugar, todo aquello que percibían sus sentidos ya era motivo suficiente para haber volado a Estambul.

Tonificado tras una ducha larga, dudó si preparar un té o un café y saborearlo mientras contemplaba aquellos bellos jardines. Finalmente, optó por ser parte activa en el placentero paisaje que estaba admirando. Así que terminó su aseo personal y bajó a tomar un expreso al bar del hotel, para después pasear por los hermosos y ya soleados jardines mientras esperaba la hora de su cita.

Recordando las palabras de su padre, pensó en lo poco que conocía de las personas con las que pretendía encontrarse en la reunión prevista para esa misma mañana. Se trataba de dos científicos, padre e hijo, procedentes de Samarcanda. Doctores en ciencias, en no sabía qué materias. Interpretaba, por los datos que le había dado la persona con la que se había estado comunicando, que al menos el padre había coincidido en su vida y actividades con su abuelo durante la primera etapa, en la que él, lord Edward, se unió al grupo de locos… bueno, de sabios científicos.

Según su padre, entre todos ellos englobaban prácticamente el saber total de esta y otras épocas anteriores: astrólogos y astrónomos, matemáticos, filósofos, químicos, físicos y metafísicos, biólogos, etc., ciencias antiguas conocidas e incluso algunas desconocidas para la mayor parte de los mortales. También los de Samarcanda hablaban de ellos con mucho respeto cuando se referían al grupo. Los denominaban indistintamente científicos, eruditos e incluso sabios. Pero ¿cuántos años tendría aquel doctor en ciencias cuando conoció a su abuelo?, ¿qué años tenía su abuelo en el momento en que Hushein de Samarcanda llama la primera época?, ¿sería también un anciano a punto de abandonar este mundo? En ese caso, poco podría hacer por él.

Solo faltaba media hora para la entrevista. Decidió entrar en el comedor donde se servían los desayunos. Comenzó con un zumo de naranja recién exprimida —la encontró deliciosa—, un yogur natural y una tostada a la que añadió tomate fresco y un buen chorro de aceite de oliva virgen, tal como se había acostumbrado en sus visitas a España. Al terminar se dirigió a la sala donde iba a tener lugar la reunión. Era más bien una salita para diez o doce personas. Resultaba acogedora y bien iluminada gracias a la luz que penetraba por sus grandes cristaleras. Además de dos cómodas antiguas en perfecto estado, había dos mesas con agradables silloncitos rodeándolas. Se dirigió a la mesa que consideró mejor situada. Tomaría otro café mientras esperaba.

No había tenido tiempo de hacer su petición al camarero, cuando vio a tres personas cruzar la puerta de la sala en la que él se encontraba. De porte distinguido, parecían representar tres generaciones. Desconocía que pudiera acudir una tercera generación de los Turgay, pero sí sabía que acudiría un señor mayor, tal vez un anciano de edad próxima a la que tendría en estos momentos su abuelo de haber vivido, y su hijo. Sin embargo, al ver la prestancia de aquel hombre erguido, sin duda el mayor de los tres, pensó que como mucho podía haber cumplido los setenta. Lucía barba y cabellos plateados. El que parecía más joven tenía un semblante de rasgos armónicos y delicados, muy semejantes a los del que claramente era el mayor, lo que no impedía apreciar una apariencia de hombre firme y seguro. En cambio, el de edad intermedia resultaba más atlético y de rasgos mucho más duros; se le veía muy diferente a los otros, pero no tuvo duda de que aquellas personas eran las que él esperaba, por lo que se dirigió hacia ellos con una sonrisa.

—¿Doctores de Samarcanda? ¿Hushein y Hassan Turgay?

Arthur preguntó en su idioma, dirigiéndose con el brazo extendido para darle la mano al que tenía aspecto más venerable o patriarcal.

—¿Lord Arthur? —preguntó casi a la vez, en un inglés correcto, el que sin duda era el mayor de los tres—. Mi nombre, como ya ha adivinado, es Hushein Turgay, y este es mi hijo pequeño, Hassan. —Se refería al de apariencia más joven, como había adivinado Arthur.

Tras un firme apretón de manos que contrastaba con su aspecto casi etéreo, continuó con las presentaciones:

—Lord Arthur, le presento al doctor Horacio Barak, de Grecia.
—Encantado. Creo que no me habían mencionado su nombre. Desconocía que un griego iba a estar presente en esta reunión. Supongo que estará justificada su presencia —dijo saludando con precaución sin perder la sonrisa.

—Naturalmente —fue la escueta respuesta.

Tras las formalidades oportunas, pidieron café turco. El camarero les sirvió en la mesa un espeso café y dejó una cafetera llena sobre la mesa. Dispuso unos dulces gelatinosos de distintos colores. Algunos contenían diversos frutos secos, principalmente pistachos, todos ellos espolvoreados con azúcar glaseada.

—¿Por dónde quiere que empecemos, lord Arthur? — indagó el doctor Hushein tras ver salir del saloncito al camarero—. Seguro que hay preguntas que desea hacernos antes de entrar en la materia central.

—Sin duda, lo más importante para mí es conocer la relación que ustedes tuvieron con mi abuelo y en qué momento de su vida. Tampoco conozco mucho de la trayectoria de mi abuelo como científico, pero según mi abuela, fue un hombre muy prolífico que abandonó sus responsabilidades familiares y sociales para permanecer en el sur de España investigando en una extraña montaña. Esto es algo que nunca he podido entender, por muy idílico que fuera el lugar que compartían y por muy importante que resultara la labor que realizaban. En segundo lugar, son precisamente los resultados económicos de esas investigaciones los que, también según mi abuela, pertenecen a sus descendientes. En nuestras recientes conversaciones telefónicas ustedes parecen apoyar esta teoría.

Unos instantes de silencio fueron el preludio de la interesante historia que con cierta emoción relató el patriarca. Su aspecto bondadoso y su voz serenísima tuvieron efectos balsámicos en el alma joven, pero intranquila, del inglés. El anciano mesó su corta y blanca barba y antes de comenzar su relato, hizo una salvedad, mirándolo con evidente afecto.

—Las dos cuestiones están tan relacionadas entre sí que no podríamos llegar a ninguna conclusión si las disociamos. Nosotros disponemos de un tiempo limitado durante esta mañana, pero si las aclaraciones que necesita se prolongan, podríamos volver mañana. —El doctor Hushein miró al joven lord esperando su aprobación.

—Ningún problema por mi parte —fue la apresurada respuesta de lord Arthur, que deseaba escuchar cuanto antes todo lo que el doctor Turgay tuviera a bien relatarle.

—La primera pregunta es quiénes somos. —Y tras una nueva pausa, añadió—: Puesto que podría ser su abuelo, voy a hablarle como si fuera mi nieto.

—¡Por favor! —aceptó gustoso Arthur. 60

»Es probable que mi nombre no le diga nada, pero para la historia de Samarcanda, incluso para la humanidad, el de mis antepasados ha sido y continúa siendo de suma importancia.

 

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La Montaña Áurea.

La Montaña Áurea.

En esta ocasión os quiero presentar a un malévolo personaje de mi libro. Una famosa catedrática de Egiptología. Aunque es pura ficción está inspirada en alguien que conocí en mi primer viaje a Egipto.

Se que no descubro nada si digo que Egipto es una maravilla. Volví una segunda vez y no me importaría repetir, por supuesto siempre incluyendo una navegación por el mítico Nilo y un baño a su paso por la antigua Nubia. Aguas cristalinas y arena del desierto nubio.

 Capítulo II:  Egipto

Ante el espejo, Tamoú se observó satisfecha de la imagen que le devolvía el cristal azogado. Parecía la representación de su idolatrada Isis. Un precioso y etéreo vestido azul muy pálido, de gasa plisada desde los hombros caía a lo largo de su esbelta figura, hasta rozar el suelo. Una banda de color azul intenso, acentuaba la estrechez de su cintura, en su parte delantera, dejando libres los pliegues de la espalda.

En los parpados, el maquillaje utilizado tenía el mismo tono azul intenso. Sus ojos, profundamente negros, estaban remarcados por líneas igualmente negras, que se expandían mucho más allá del final de sus pestañas. Se había maquillado utilizando los productos naturales que a lo largo de siglos habían empleado reinas y princesas egipcias. Desde los tiempos más remotos habían potenciado la belleza de sus rostros con aquellos polvos que les permitían destacar su hermosura, brillando con luz propia en la capital del reino: Menfis primero, más tarde en Tebas, gracias a aquella paleta multicolor que resultaba tan atractiva.

Había seguido el ritual que ella, Tamoú, tan bien conocía. El efecto estaba a la vista. Una cinta con pequeñas piedras colgando alrededor de su cabeza, sujetaba su abundante mata de pelo azabache. Una gargantilla y unos brazaletes en oro y lapislázuli le servían de complemento. ¡Ya podía comenzar con los conjuros!

Inició sus invocaciones a Isis y a Set, quemó diversas hierbas, cuya exhalación unida al humo, efecto de la combustión, tenía la facultad de transportarla en el tiempo y en el espacio -así se sentía Tamoú-. Habló con su admirada Isis y rogó su intercesión a Set. Cuando estuvo segura de haber logrado sus peticiones, dio las gracias y permaneció unos minutos leyendo aquel antiquísimo libro. Después realizó unos extraños movimientos sobre una piedra verde.

Una sonrisa malévola y triunfal se dibujó en su rostro excesivamente maquillado, pero que no lograba disminuir el efecto aterrador de su satisfecho gesto. Aquella poderosa imagen hubiera provocado estupor, desconcierto, incluso miedo, en cualquier mortal.

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TURQUÍA: ESTAMBUL Y CAPADOCIA

IMG_1771IMG_1796-1IMG_1794 A pesar de llegar tarde a tantas cosas, he dispuesto de tiempo para realizar distintas actividades que me han resultado sumamente satisfactorias. Una de ellas ha sido viajar por los cinco continentes (por unos más que por otros). Uno de los viajes más gratos ha sido a Turquía. Lo he visitado hasta cuatro veces, dos con mi marido y los otros con mis hij@s y niet@s.

Pero solamente en uno de esos viajes hemos recorrido ese lugar mágico que es La Capadocia. Fue en el viaje que hice con dos de mis hijas y dos de mis niet@s. Más adelante este concreto viaje me serviría para escribir alguno de los capítulos del texto que os voy mostrando.OLYMPUS DIGITAL CAMERAOLYMPUS DIGITAL CAMERAimages

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Capítulo XII de La Montaña Áurea

¿En qué día estamos? Es extraño, ninguno de los doctores que me visita consigue saber por qué, pero, siempre que tengo unos sueños tan intensos, que me hacen vivir otra vida, como si fuera real…, sufro una desorientación. Es como si el tiempo que transcurre durante mi sueño se fuera descontando en mi vida, de mi auténtica existencia. Yo tampoco consigo encontrar la causa de mi aturdimiento. No termino de acostumbrarme, y eso que ya no me causa el pavor que me producía cuando empecé a experimentarlo. ¿Cuánto tiempo hace? No. Tampoco lo recuerdo. Pero no deseo perder el tiempo en estas divagaciones, prefiero revivir… tal vez sería más exacto escribir que prefiero resoñar lo que me ha acaecido esta noche.

Qué extraños son los sueños. Hasta hace muy poco, yo nunca había visto a mi primo Arthur, y en el primer sueño, de los que yo llamo reales, por la intensidad con que los vivo-sueño, aparece en mi laboratorio. Ya no me extraña soñar con ese laboratorio, me siento en él tan a gusto. Tanto, que cuando para inducirme al sueño hipnótico me piden que busque o me traslade mentalmente a un lugar donde me sienta feliz, siempre acudo a los mismos dos lugares favoritos, el que llamo mi laboratorio, donde me dedico a investigar, y otro que utilizo algunas veces. Se trata de un enorme y precioso salón que se encuentra en una montaña, pero con la peregrina cualidad de tener sus paredes de cristal. Un cristal que en lugar de contener plomo contiene oro. ¡Qué cosas! Desde allí, cómodamente instalada, me siento rodeada de una exuberante naturaleza, un bosque opulento y un valle de intenso verdor que se divisa por todas y cada una de sus caras acristaladas.

Allí, primero en el laboratorio y más tarde en el salón de una montaña, que en el sueño considero mi hogar, me he encontrado con Arthur, pero eso quizá no tiene nada de extraño, ya que desde que lo he visto en Estambul, siento que hay empatía entre nosotros y lo recuerdo muy a menudo. Por eso no me parece tan extraño. Lo que realmente resulta curioso es que lo sentía como si fuera mi hijo. Creo que esto significa que mi naturaleza de mujer me recuerda que va siendo hora de experimentar y saborear la maternidad. Pero es gracioso. ¡Arthur, mi hijo! No sé exactamente cuántos años tiene, pero creo que es algo mayor que yo. ¿Y quién era su padre? ¡Porque a este sueño no le ha faltado detalle! ¡Su padre! ¡Lyonel!, que es como se llama de verdad, o sea en el mundo real, su padre.

Claro que aún es más gracioso soñar con alguien a quien no has visto en tu vida, porque yo no conozco a Lyonel. Solo aparece en mis sueños. Nunca lo he visto, ni en persona ni en fotografía, aunque sí he oído hablar de él, ¡naturalmente! Lyonel en la realidad es mi tío. Se casó con la única hermana de mi padre; no obstante, por problemas familiares, nunca nos hemos visto ni nos hemos comunicado. Pero esa cara que le adjudico en mi sueño estoy segura de haberla visto más veces en algún otro sueño. No sé de qué conozco esa cara, es posible que la haya visto en algún lugar… hace tiempo… y me haya impresionado hasta el punto de adjudicársela al padre de Arthur, aunque ahora no lo recuerde. Bueno, puede ser que me la haya inventado con retazos de una y otra cara. Aunque… para que se repita más de una vez, creo yo que en algún sitio la habré visto. No sé. Pero el caso es que, en mis sueños, esa cara pertenece a Lyonel. ¡Y me gusta!

¿Qué aspecto tendrá realmente Lyonel, el auténtico padre de Arthur? Si lo pienso bien, hasta le he puesto en mi sueño algún rasgo, con cierto parecido a Arthur. Pero por mor del sueño, Lyonel es también mi marido. ¿Por qué sé que en el sueño Lyonel es mi marido? No recuerdo que en ningún momento se haya hablado de marido… ni de hijo; sin embargo, yo estaba segura en el fondo de mi corazón de que ellos eran mi marido y mi hijo.

 

Sophia sonríe satisfecha de poder sentir parecidas sensaciones a las que había experimentado mientras dormía. Continúa escribiendo.

 

Qué emotivo es este mundo de los sueños, tengo que ahondar más en él. Me emocionó profundamente el abrazo de Arthur, pero cuando Lyonel me besó suavemente en los labios a modo de saludo, todo mi cuerpo se estremeció. Ahora mismo, y solo de recordarlo, sigo sintiendo ese dulce escalofrío. No quiero olvidarlo. Quiero… Deseo que mis sueños se vuelvan realidad… un marido como Lyonel al que amar, como siento que le amo mientras duermo, y que me haga sentir tan amada como presiento que lo soy en mi sueño… Bueno, no todo lo que he soñado puede ser realidad. ¿Qué iba a hacer yo ahora con un hijo mayor que yo? —Sophia ríe al pensarlo—. Pero cuando tenga edad para ello, quiero tener un hijo que me enternezca como el Arthur de mis sueños y…

 

Queda un momento con la mirada perdida, saboreando la idea de hacer realidad sus sueños. Vuelve de nuevo la vista al papel y continúa saboreando sus gratas impresiones.

 

Me ha gustado ser una mujer inteligente, activa, valorada por todos mis compañeros, con un interesante trabajo, donde me muevo con resolución, sin que nada me atormente. Soy una mujer sana y culta. Estoy más viva que cuando me despierto. Cuando estoy despierta, como ahora, soy una joven enfermiza, siempre rodeada de médicos, tomando potingues, dejando que todos decidan por mí… como si no tuviese voluntad… como si yo no fuera capaz de realizar nada por mí misma. Definitivamente, me gustan más mis sueños que mi realidad. No me importaría sacrificar…

Unos golpecitos en la puerta la sacan de su abstracción. Casi sin dar tiempo a que Sophia pueda responder, la puerta se abre bruscamente, dando paso a su padre.

—¡Sophia! ¿Qué estás haciendo? ¡No has llamado para el desayuno y estás levantada y escribiendo! —el tono de Horacio es claramente molesto.

—No te enfades, papá, estoy escribiendo mi último sueño. Ha sido muy curioso y me ha hecho sentir bien. No quiero que se me olvide. Luego te lo cuento y nos reiremos juntos. Verás…

 

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EL CAIRO. La Montaña Áurea. (Capítulo IX)

EL CAIRO                NEFERTITI2

La miró y la admiró detenidamente. Era hermosa, de una belleza perfecta. Una auténtica maravilla —se dijo Patricia entusiasmada—. El anticuario había cumplido su promesa.

Desde la recepción del hotel le anunciaron su esperada visita cuando se disponía a bajar al comedor.

Recibió ilusionada, incluso impaciente, a la bella reina egipcia, Nefertiti, magníficamente embalada, junto con toda la documentación para su exportación legal. Le faltó el tiempo para verla. El ayudante del anticuario la desembaló con sumo cuidado, colocándola donde ella le pedía. Mientras la desembalaban, y sin esperar a verla, entregó a Al-Fasí un talón conformado que fue recibido por parte del anticuario con una elegante protesta.

—Aspiro a que la vea y la disfrute mientras permanece con nosotros en El Cairo, para que se asegure de que este es su auténtico deseo. Si no cambia de opinión, avíseme cuando decida salir del país. La preparemos convenientemente para que no sufra ningún deterioro durante el traslado.

Patricia no pudo contestar inmediatamente; estaba demasiado ocupada admirando su recientísima adquisición.

—De acuerdo —dijo al fin—. Se lo haré saber.

—No tenga ningún inconveniente en llamarnos. Mi ayudante volverá a colocarla de la forma más adecuada para que pueda ser trasladada, con total garantía y sin sufrir ningún daño. De igual manera, si se arrepiente —continuó el anticuario—, no habrá ningún problema en volver a recogerla y devolverle íntegramente su dinero. Mejor dicho, su talón, ya que no voy a cobrarlo mientras no tenga la confirmación de que se traslada usted a España con ella.

—Muchas gracias, pero no me arrepentiré. La decisión ha sido tomada después de haberlo meditado lo suficiente como para estar muy segura de que la deseo. Sigo pensando que es muy cara, pero… ya estoy empezando a olvidar el precio que le acabo de pagar.

Sonrieron los dos, y tras un intercambio de frases de cortesía, se despidieron estrechando las manos.

—Entonces, espero su llamada para darle el adiós definitivo a la hermosa Nefertiti y colocarla en las mejores condiciones para que viaje sin riesgos.

—Se lo prometo —aseguró Patricia.

Quedó contemplándola incansable. Se sentía feliz de haber tomado la cara decisión. Poseerla le producía un inmenso placer. Pensar que le pertenecía y que la podría ver siempre que lo deseara le llenaba de felicidad.

Al fin miró su reloj y comprendió que, si deseaba cenar, era hora de hacerlo. Bajó al comedor —no sin haber colocado el cartel de No molestar en la entrada a sus habitaciones—, y antes de sentarse a la mesa ya estaba impaciente por volver a sus aposentos para ver de nuevo a la esposa de Akhenatón.

Un cliente del hotel, con el que había coincidido en alguna otra comida o cena al disponer de mesas contiguas, pero con el que no había intercambiado ni un saludo, se levantó de la silla que ocupaba y se acercó a su mesa.

Se presentó diciendo:

—Buenas noches. Espero no importunarla. Me llamo Diego del Castillo, soy español como usted y deseaba saludarla. No me he atrevido a molestarla antes, convencido de que estaría acompañada. Pero me he decidido esta noche, al ver que va a volver a cenar sola. Me gustaría invitarla a mi mesa. Si acepta, me sentiré muy honrado.

Diego del Castillo era un joven de facciones simétricas; cumplía los cánones de las perfectas proporciones que exige la división del rostro en tres tercios exactos: a cada lado de una nariz perfecta en dimensiones y forma, los ojos de un castaño verdoso lucían en el comienzo del segundo tercio, bajo una frente despejada, que ocupaba el primer tercio y estaba rematada por una abundante cabellera bien cortada y de color castaño oscuro. En el último tercio, unos labios más bien gruesos, burlones y sonrientes, armonizaban con el resto del rostro. No era muy alto, pero desde la silla donde Patricia se encontraba sentada, lo parecía.

Aunque su apariencia era sumamente agradable, Patricia no lo consideró desde ese aspecto. Pensó que debía de tratarse del típico donjuán que se sabe atractivo y acostumbra a ligar con las mujeres que se cruzan en su vida, sobre todo si parecen solitarias.

—Se lo agradezco, pero me va a perdonar si no acepto, deseo estar sola. Esta noche voy a tomar algo rápido; estoy cansada y quiero irme a descansar cuanto antes.

Patricia hizo un gesto muy significativo dando por terminada la conversación, pero Diego del Castillo no se amilanó y continuó impertérrito.

—Supongo que la transacción que ha realizado hoy la ha dejado totalmente exhausta.

Patricia tardó en reaccionar, sorprendida por las palabras de aquel compatriota entrometido. Era lo último que podía esperar. La operación se había realizado en el más estricto secreto. No deseaba que nadie supiera que en su habitación existía una pieza de tanto valor. Podía ser peligroso si llegaba a oídos de ladrones de antigüedades.

—¿A qué se refiere usted? —preguntó en un tono muy poco amistoso.

—A la magnífica antigüedad que acaba de entregarle monsieur Al-Fasí, como a él le gusta que lo llamen —respondió Diego sin perder su sonrisa.

—¿Qué sabe usted de esa… transacción? Yo no he hablado con nadie de ello. Supongo que tampoco necesito decirle mi nombre, me parece que ya se ha preocupado usted de averiguarlo todo sobre mí.

—No se altere, por favor. Creo que no he sabido trasmitirle mi doble admiración. Pero si me concede cinco minutos entenderá que he creído saberlo por casualidad y usted me lo acaba de confirmar. ¿Puedo sentarme mientras se lo explico?

Patricia, muy molesta por la injerencia de aquel desconocido, estaba demasiado intrigada para mandarlo a paseo, que era lo que le pedía el cuerpo. ¿Cómo había sabido que acababa de adquirir el busto de Nefertiti? Todo se había llevado con suma cautela… Al final, consideró que en un lugar tan concurrido como aquel restaurante, donde los camareros que atendían su mesa ya la conocían, poco tenía que temer. Si lo que expresaba le molestaba, tenía la doble posibilidad de decirle que se largara con cajas destempladas o llamar al camarero para que lo hiciera él. Estaba tan desconcertada que cedió a su petición, dispuesta a escucharlo.

—Siéntese, por favor, y sea breve, se lo ruego. Ya le he dicho que me encuentro cansada —dijo al fin, optando por una fórmula más educada—. Usted dirá.

—Llevo algún tiempo tras esa hermosa pieza egipcia —explicó Diego, mostrando una atractiva sonrisa que permitía apreciar la perfección de sus dientes, muy en sintonía con el resto de sus facciones—. Casi podría decir que estoy locamente enamorado de Nefertiti desde que la vi. Pero por alguna razón que desconozco, Al-Fasí la ha preferido a usted como propietaria de mi adorada reina.

Tal como él lo decía, no le había resultado cursi la explicación. Pero Patricia se limitó a mirarlo impaciente, mientras su compatriota continuaba hablando.

—Desconocía quién era la persona que había eliminado mi posibilidad de adquirirla. Pero ¡qué casualidad! Si es que la casualidad existe. Llevo unos días fijándome en usted y, en efecto, he hecho mis investigaciones y logrado algunos datos tras no pocas pesquisas. Así que, cuando he visto a monsieur Al-Fasí preguntar por madame Patricia en la recepción, y a su acompañante con un gran paquete, he tenido la seguridad de que usted era la afortunada compradora.

La miró a los ojos con mucha atención, como queriendo leer en su interior, mientras le preguntaba:

—¿Existe alguna posibilidad de volver a tener a Nefertiti en mis manos? Estoy dispuesto a pagar una cantidad que le compense lo suficiente por renunciar a ella, pero solo a su propiedad. Si pasa a mis manos, le hago la solemne promesa de dejar que su vista la disfrute siempre que usted quiera.

Se produjo un silencio que Patricia no tuvo ningún interés en romper. Iba sintiendo una mezcla de inquietud y tranquilidad: inquietud al comprender la obsesión de Diego por poseer lo que ya le pertenecía a ella, y tranquilidad al conocer cómo había averiguado Diego que era ella la propietaria.

—Si no acepta mi oferta, déjeme al menos llegar a ser su amigo. Eso es algo que llevo días deseando, justo desde el primero que la vi. Me ha ocurrido con usted algo parecido a lo que me ocurrió con el busto de la egipcia. Espero que con mayor fortuna. Ya ve, hoy puede ser un día totalmente nefasto para mí si pierdo a las dos maravillas de las que he quedado prendado, o todo lo contrario, si solo he perdido a la menos valiosa. ¿Qué me dice? ¿Me acepta, al menos de momento, como aspirante a buen amigo? Mi suerte está en sus manos.

Patricia, muy a su pesar, no pudo evitar sonreír. Luego dijo, queriendo ser amable:

—Haremos un trato: usted deja que esta noche cene tranquilamente yo sola y mañana le daré una respuesta en el desayuno… si es que coincidimos.

—De acuerdo, no se lo pondré difícil. Espero que a su vez usted sea benévola conmigo. Buenas noches y hasta mañana —respondió Diego antes de regresar a su mesa.

Cuando Patricia llegó a la suite, después de tomar una cena frugal, miró su reloj. Era temprano para irse a la cama. Sin embargo, no estaba segura de que fuese una hora muy adecuada para hacer la llamada que deseaba. Aun así, después de unos momentos de indecisión, tomó el teléfono y marcó un número. No podía dejarlo para el día siguiente.

No tardó en oír la voz de Al-Fasí. Tampoco en esta ocasión dejó entrever sorpresa por la llamada, pero Patricia se sintió obligada a excusarse por la hora y también por el motivo.

Al-Fasí la animó muy amablemente, como siempre, a que le explicase lo que le preocupaba, hasta el punto de no querer irse a dormir sin resolverlo.

Le preguntó si había tenido algún contacto con un joven llamado Diego del Castillo, y antes de continuar con la explicación que pretendía darle, oyó una agradable risa que, teniendo en cuenta el carácter del anticuario, serio y poco dado a exteriorizar sus emociones, podía catalogarse como muy próxima a la carcajada. Aquella risa la dejó muy sorprendida. Le resultaba bastante extraño dado el hermetismo de que siempre hacía gala Al-Fasí en cualquier circunstancia.

—Perdone mi reacción. No he podido evitar reírme, tal vez un poco escandalosamente —dijo todavía divertido—. Perdón de nuevo. La respuesta es que sí. Supongo que querrá saber algo más. Pregunte sin miedo. Estaré encantado de darle los datos que usted necesite.

Patricia le explicó de la forma más escueta que pudo el encuentro con Diego del Castillo, incluida la sorpresa que le ocasionó que un extraño conociera la operación llevada a cabo tan solo unos minutos antes.

Al-Fasí la escuchó sin interrumpir y cuando, por su silencio, entendió que las explicaciones habían terminado, le informó ampliamente.

—Aun sabiendo que Diego del Castillo haría sus indagaciones hasta conocer a la persona receptora de la antigüedad, incluso suponiendo que posiblemente intentaría recomprársela, no esperaba que consiguiese la información tan rápidamente, ni que se diera tanta prisa en mover ficha, como dicen ustedes. La verdad es que Diego del Castillo no deja de sorprenderme —añadió todavía riendo, aunque en esta ocasión apenas se apreciaba su risa.

Tras un ligero silencio, continuó dando las explicaciones que podían interesar a Patricia, sin traicionar su natural reserva como profesional.

—Diego del Castillo es sin duda un magnífico cliente y además muy caprichoso. Pero yo me dejo guiar por mi instinto cuando tengo que desprenderme de piezas que considero muy especiales y ese instinto me dijo a quién debía vendérsela.

Patricia quiso comentar algo al respecto, pero escuchó de nuevo la voz al otro lado del teléfono:

—Para ser más exacto, fue Nefertiti quien la eligió a usted como su propietaria, y yo nunca le llevo la contraria a las mujeres hermosas.

Se sentía muy extrañada. ¿Estaba hablando en serio o le estaba tomando el pelo? ¿Era esa una explicación seria? ¡No! Pues entonces, se estaba burlando de ella.

Permaneció en silencio hasta que su interlocutor preguntó:

Madame Patricia, ¿Me escucha? ¿Está usted ahí todavía?

—Sí. Le estoy escuchando muy atentamente —respondió tratando de que su voz no evidenciara sus dudas.

—Le estaba diciendo que preferí vendérsela a usted y que no tengo una explicación lógica para preferirla frente a otro cliente, y menos frente a Diego del Castillo. Solo mi instinto me empuja a elegir al comprador, pero no tome esto como algo extraño. Los vendedores de piezas únicas tenemos nuestras manías a la hora de desprendernos de las favoritas. A lo largo de nuestro ejercicio profesional nos encontramos con obras de las que jamás nos desprenderíamos, pero tampoco nos podemos quedar con todo lo que nos gusta, que son la mayoría de las cosas especiales que vendemos.

Se oyó un clic, el típico ruido de un buen encendedor al cerrarse y una bocanada de humo debió de escapar por la boca de Al-Fasí. Tras este corto silencio, se oyó de nuevo la voz del anticuario.

—Cuando hace apenas unas horas fuimos a su hotel, vimos de lejos a Diego del Castillo. Créame que pensé: qué casualidad, seguro que se imagina a qué venimos. No parará hasta conocer a la actual propietaria. Por eso no he podido evitar reírme cuando usted lo ha mencionado. Pero estoy seguro de que Diego no pudo escuchar que pronunciábamos su nombre, a menos que sepa leer en los labios y a mucha distancia. Seguro que al ver que subíamos en el ascensor se acercó a recepción, y tras sobornar al recepcionista, consiguió conocer el nombre de la persona que deseábamos visitar. Asociar dicha persona con la afortunada propietaria que le impediría disfrutar de la pieza que le tenía obsesionado desde hace tiempo era ya tarea fácil.

—Siendo así, no entiendo por qué no se la ha vendido a él antes de aparecer yo en su tienda.

—Observo que no acaba de creer lo que le he asegurado. Mi instinto no me había dicho vende, y yo no tenía mucho empeño en vender a la hermosa Nefertiti. De cualquier manera, y para su tranquilidad, he de decirle que Diego del Castillo, además de un buen cliente, es totalmente inofensivo, gran persona y muy serio en sus operaciones. Aunque un poco impetuoso y enamoradizo —añadió—. Tal vez eso sea lo que no le gustaba de él a Nefertiti. Quizá ella espera que la amen eternamente y no hasta que aparezca la próxima belleza.

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