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Siempre llego tarde

Novelas y Relatos de Carmen Fernández

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Mis novelas

Reflexión

¿Qué puede llevar a un joven muy enamorado de una hermosa muchacha, que es además correspondido con la misma fuerza, a abandonarla el mismo día que sus padres van a celebran el compromiso oficial con una espléndida fiesta?

¿Podría comprender alguien que un absurdo equívoco, digno del más vulgar y lacrimógeno serial, pueda llevar a la desesperación a una persona equilibrada, y con la vida “aparentemente” resuelta, hasta el punto de abandonar todo lo que ama y tratar de comenzar una nueva vida, lejos de todo lo que conoce y quiere?

A veces, los dramas más fuertes son el resultado de espejismos, que no han dejado de serlo porque la persona que los ha sufrido no se ha acercado lo suficiente al lugar donde nace o de donde parte la apariencia; o porque no ha tenido paciencia para comprobar si lo que cree ver es la auténtica realidad.

La historia que aquí se cuenta no debería haber tenido lugar, no existían motivos. Pero a veces… hay tantas historias sin sentido que no deberían haberse producido.

NO QUIERO VIVIR SIN TI.

NO PUEDO VIVIR SIN TI, y, NO QUIERO VIVIR SIN TI.

Dudé entre ambos títulos, pero me pareció que “no quiero” tenía más rotundidad. Porque Isabel no “quiere” vivir sin él, cree que no “podría” hacerlo y toma una determinación… que no tiene vuelta atrás

Pero la novela te obliga a reflexionar sobre tan errónea decisión.

No es una novela de amor, pero es el motor que la mueve

—Querer Poder.

Capadócia.

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  A pesar de llegar tarde a tantas cosas he tenido tiempo de realizar infinidad de actividades. Una de las mas satisfactorias ha sido viajar. Estas fotografía corresponden a la Capadócia.

Turquia es un pais lleno de encanto !Hay tánto que ver! Estambul y Capadocia son para mí el máximo esponente de sus maravillas. Claro que hay muchas más cosas que visitar, pero yo he utilizado estos lugares que tánto me impresionaron para desarrollar la trama de mi novela. Me encantaría haber sabido transmitir su especial encanto. Había visitado Turquía dos veces, pero fue en mi tercera visita cuando conocí esta maravilla de la naturaleza. En esta ocasión me acompañaban dos hijas y dos de mis nietos.

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Esta experiencia ha servido para situar a algunos de mis personajes entre estos lugares mágicos.

Los más inquietantes capítulos de LA MONTAÑA ÁUREA, discurren por estos parajes en mi tercer libro (novela).

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No quiero vivir sin ti.

LA MONTAÑA ÀUREA CAPÍTULO II, EGIPTO

 

CAPÍTULO II EGIPTO

La oferta era tentadora. Muy cara, pero tentadora. En estos momentos, un anticuario egipcio —aunque educado en Francia— le ofrecía una pieza egipcia encontrada y rescatada de una tumba hacía muchos años.

Al-Fasí le había asegurado que se trataba del busto de la atractiva esposa de Akhenatón, Nefertiti. Realmente era una belleza. La pieza era el busto de una hermosa mujer, ataviada con un exótico tocado, una especie de casco que alargaba oblicuamente su atractiva cabeza. En el centro del casco oscuro, un pequeño áspid dorado ondulante se volvía sobre sí mismo, dejando al aire una porción del centro de su cuerpo reptante. Un pectoral de vivos colores cubría desde el cuello todo su escote y parte de su busto, completando así sus vistosas galas.

El anticuario le mostró los certificados con los que constataba su antigüedad, aunque de forma aproximada, y la clase de materiales empleados en su creación. En un español que apenas tenía defectos de pronunciación, no tuvo ningún inconveniente en explicarle que llegó a sus manos gracias a los herederos del arqueólogo que la descubrió, «ignorantes, o tal vez demasiado amantes del dinero» —así había catalogado a quienes se habían desprendido de ella—. Patricia pensaba que la tentación tenía un precio muy alto, pero mirando aquella hermosa pieza antigua, estaba a punto de sucumbir.

—El tocado, sus adornos —explicaba Al-Fasí—, incluso la policromía del pectoral, son muy parecidos en colorido y forma al busto de Nefertiti que se exhibe en el museo de Berlín, aunque a diferencia de este, el de Berlín está realizado en piedra caliza pintada y es de tamaño natural. Un modelo que fue descubierto por Borchardt —aseguró el anticuario, dudando un momento antes de expresar el malestar interior que ese nombre le producía.

»Bueno, esa es la versión oficial —continuó—. Según algunos expertos, Borchardt desenterró la imagen y escribió en su diario: “No se puede describir, hay que verla”. Según otros, el descubrimiento se produjo diez años antes, pero esperó esos diez años para sacarla a la luz. Otros aseguran que la descubrió en el taller de un escultor llamado Tumés, en 1905, en Tell el- Amarna.

»De cualquier manera, y gracias a que Borchardt en su descripción oficial decía que se trataba de la estatua de una princesa realizada en yeso, a pesar de saber muy bien que era de piedra caliza y que se trataba de la soberana Nefertiti, fue llevada y exhibida en el museo de Berlín.

El tono empleado por el anticuario denotaba lo molesto que le resultaba el asunto. Patricia, comprendiendo realmente la situación, ya que no era la primera vez que escuchaba lamentaciones parecidas, reconoció ante él la razón que asistía a los egipcios para estar más que molestos al ver cómo habían sido esquilmadas algunas valiosas antigüedades egipcias, que hoy se encontraban repartidas por distintos museos del mundo con independencia de cómo las hubieran conseguido.

Sin embargo, el busto que ahora contemplaba había sido realizado en un durísimo material negro: diorita, según el anticuario y los documentos que la acompañaban. Estos certificaban tanto la antigüedad, de al menos cuatrocientos años antes de Cristo, como los materiales de que estaba compuesta.

Sobre este fondo negro, el pectoral y el tocado azul índigo, rematado y bordeado en oro, resaltaban de una manera muy distinta al busto de Berlín, la versión de Nefertiti más conocida. Incluso podría decirse que el pectoral estaba formado de manera independiente del busto, habiendo sido incorporado después de esculpida la pieza principal. Tal era la perfección de su factura.

Recordó lo que más había llamado su atención la primera vez que tuvo noción de la vida de esta hermosa reina, esposa del faraón Akhenatón que reinó entre 1353 y 1336 a. C. e instauró el culto monoteísta al dios Atón (Sol).

A Patricia le había impresionado la fortaleza de Nefertiti al defender los criterios religiosos de su esposo cuando este murió, a pesar del enorme desgaste que suponía un cambio tan radical, con el que ni sus hijos estaban de acuerdo, como quedó demostrado. Nefertiti, durante su viudedad, fue ferviente defensora de la reforma religiosa emprendida por Akhenatón. Pero cuando una de sus hijas, Anjesenamón, contrajo nupcias con su hermanastro Tutank-Amón, este volvió a restaurar la religión que su suegro y padre había eliminado.

La representación de Nefertiti la había podido admirar en Egipto, en el Museo de El Cairo. Hallado durante las excavaciones realizadas en Amarna 

Más tarde admiró la expuesta en el Museo del Louvre, después de su transformación, con ocasión de sus repetidas visitas a París.

Pero fue en su encuentro con esta versión morena, que el anticuario le ofrecía, cuando algo la hizo retroceder en el tiempo y trasladarse mentalmente al Egipto de diez años atrás.

Había algo en el ambiente. El aire parecía perfumado de recuerdos. Las fragancias de la casa del anticuario traían a su mente escenas que creía olvidadas. En su interior, un cúmulo de sentimientos y sensaciones trataban de abrirse paso.

Respiró profundamente, deseando identificar ese cóctel de sensaciones.

Recordó aquella comida multitudinaria. La vio como si se tratase de una fotografía en color.

Ella estaba en un extremo de la larga mesa y su marido enfrente, y sentado en medio, como si se tratara de la presidencia, el egiptólogo que los acompañaba en sus excursiones. Estaba a punto de poner azúcar al café que acababan de servirle y Amman, el egiptólogo, le había dicho: «¡Cuidado! Hay una pompa en tu café».

La expresión cuidado le había sonado amenazante, aunque no acababa de ver la relación. ¡Había dicho una pompa, no una bomba! Ella, sorprendida, había preguntado:

—¿Una pompa? —Sí, ¿no la ves?

De repente, volvió a la realidad. Advirtió la perpleja expresión del interesante anticuario, que la miraba sonriente, entre divertido y confuso, por lo que decidió, muy a su pesar, apearse del vehículo que la había transportado al pasado y pisar de nuevo, de manera firme, el momento presente. Patricia deseaba poner toda su atención en la operación que estaba llevando a cabo. Se concentró en las explicaciones que le ofrecía aquella alta figura que tenía frente a ella, Al-Fasí. Miró su rostro cetrino de grandes e impenetrables ojos oscuros. La cifra que pedía era considerable y tendría que sopesar, de forma relajada, los motivos que le impelían a querer adquirirla. ¿Había una relación de proporcionalidad entre lo que debía pagar y lo que adquiría, visto objetivamente? Quizá entraban en su valoración aspectos no tenidos en cuenta hasta ese momento. Al fin, y tras sentir que no podía tomar una decisión mientras mantuviese esa lucha interior, dijo en voz alta:

—Creo que su precio me obliga a meditarlo un poco más. Mientras estoy viendo a Nefertiti, solo puedo pensar que deseo que pase a ser de mi propiedad. Por eso necesito consultarlo esta noche con la almohada. ¿Puedo darle mañana la contestación?

—¡Por supuesto! —contestó Al-Fasí mientras sonreía complaciente, como si la decisión de Patricia fuera lo que más convenía a sus intereses.

Patricia no supo cómo interpretar la extraña actitud del anticuario. ¿Era un gran profesional, a pesar de ser aún muy joven, y disimulaba extraordinariamente su decepción por el nuevo retraso en la venta que ya parecía lograda? ¿O tal vez, por algún motivo que no acababa de entender, no estaba muy interesado en venderla?

Parecía como si la respuesta de Patricia le hubiera producido un alivio. Esa idea no la consideraba aceptable. Llevaba demasiado tiempo con la operación y, a punto de cerrarla, había pedido más tiempo para pensarlo.

Haciendo gala de su caballerosidad, el anticuario se ofreció a llevarla en su coche al hotel, pero Patricia declinó la proposición con una excusa. Se despidió hasta el día siguiente.

Salió de aquella casa un poco confundida. Bajó las escaleras haciendo caso omiso del ascensor que parecía estar esperándola. «Solo son dos plantas», pensó.

Estaba repasando las últimas palabras cruzadas con el anticuario mientras llegaba al portal y atravesaba la calle.

De haber mirado hacia la ventana del que desde fuera parecía el tercer piso, su perplejidad habría aumentado al ver cómo se movían unas cortinas dejando entrever un rostro que hubiera reconocido a pesar de las huellas que el paso del tiempo y sus avatares habían ido dibujando en él.

ESTAMBUL

Durante el trayecto de regreso al hotel, Ahmed le sugirió una visita al barrio de Galatasaray, pues le aseguró que podría ver la mejor panorámica de la ciudad. Arthur no necesitó pensarlo, aceptó encantado. De camino al distrito europeo de Beyoglu, Ahmed le puso al corriente de algunas costumbres turcas. A esas horas no había atascos, aunque advirtieron que no tenían la misma suerte los que hacían su ruta en sentido contrario.

El espectáculo era magnífico. El cielo se había ido tiñendo con grandes pinceladas de una tonalidad malva que parecían haber sido repartidas artísticamente sobre un intenso fondo azul. A su derecha, podía admirar la colina del Serrallo, coronada por el Palacio de Topkapi; al fondo, el mar de Mármara confundiéndose con el cielo; a sus pies, una parte de la ciudad bañada por el Bósforo, y sobre él, unos cuantos barcos de distintos tamaños y banderas lo surcaban y añadían belleza a la ya hermosa vista.

Arthur quedó extasiado y lamentó no haber dispuesto de una buena cámara que hiciera justicia a esa visión en todo su esplendor. Pensó en conformarse con la imagen que pudiera recoger con el móvil.

—Será aún mejor guardarlo en mi memoria tal y como lo percibo —dijo en voz alta, después de haber hecho una fotografía.

—Podemos volver mañana, u otro día —sugirió Ahmed, acostumbrado al efecto que producía aquella fantástica vista en los extranjeros que la visitaban por primera vez—. No es por casualidad la imagen que se ofrece ante su vista. Salvo el número y la clase de barcos, todo lo demás es lo habitual de cualquier tarde.

Allí mismo, en una gran terraza muy concurrida, compuesta casi en su totalidad por personas con apariencia semejante a la que pudiera encontrarse en cualquier parte de Europa, tomaron una copa mientras disfrutaban del maravilloso espectáculo y del magnífico clima. Una hora más tarde iniciaron el regreso al hotel.

Cuando se acostó, su espíritu estaba tranquilo, empapado de la paz que había experimentado en el barrio de Galatasaray. Apagó la luz dispuesto a dormir, pero no pudo evitar pensar en la entrevista que tendría al día siguiente por la mañana. Comenzó a dar vueltas sin cesar, evaluando lo que le ofrecían los de Samarcanda y lo que su padre le había dicho. ¡Imposible dormir!

Encendió el televisor. Sacó del minibar una de las botellitas de whisky que reposaban en su interior a la espera de ser consumidas. Dudó si añadirle hielo. Desistió de la idea. Lo vació en uno de los vasos que había sobre la bandeja del frigorífico. Lo tomó en pequeños sorbos y esperó a sentir su efecto relajante mientras veía las imágenes de una película turca. El licor cumplió con su cometido y Arthur pronto sintió la necesidad de cerrar los ojos.

Despertó muy pronto. Aunque lo intentó, no pudo volver a dormir. Tras muchas vueltas en la cama, en busca de una postura que le facilitara el sueño, se levantó, convencido de que su vigilia no era una cuestión postural. Sin dudarlo, descorrió las cortinas buscando inconsciente una compensación a su desvelo. El paisaje que se exhibía descaradamente ante sus ojos, aunque esperado, lo deslumbró, alentándolo a no volver a la cama. Abrió las ventanas y aspiró el perfume que la suave brisa le hacía llegar desde las plantas olorosas. El lujuriante verdor de los jardines le invitaba a caminar entre sus parterres. Descubrió un cielo azul en el que el sol no iba a encontrar ningún obstáculo para brillar en todo su esplendor, lo que interpretó como una agradable promesa. Al fondo, el Palacio de Dolmabahçe lucía resplandeciente mientras, indolente, se dejaba bañar por el Bósforo. Sintió en su espíritu la satisfacción profunda que le producía aquella vista y concluyó pensando que, con independencia de cómo se desarrollaran los acontecimientos que le habían llevado hasta ese lugar, todo aquello que percibían sus sentidos ya era motivo suficiente para haber volado a Estambul.

Tonificado tras una ducha larga, dudó si preparar un té o un café y saborearlo mientras contemplaba aquellos bellos jardines. Finalmente, optó por ser parte activa en el placentero paisaje que estaba admirando. Así que terminó su aseo personal y bajó a tomar un expreso al bar del hotel, para después pasear por los hermosos y ya soleados jardines mientras esperaba la hora de su cita.

Recordando las palabras de su padre, pensó en lo poco que conocía de las personas con las que pretendía encontrarse en la reunión prevista para esa misma mañana. Se trataba de dos científicos, padre e hijo, procedentes de Samarcanda. Doctores en ciencias, en no sabía qué materias. Interpretaba, por los datos que le había dado la persona con la que se había estado comunicando, que al menos el padre había coincidido en su vida y actividades con su abuelo durante la primera etapa, en la que él, lord Edward, se unió al grupo de locos… bueno, de sabios científicos.

Según su padre, entre todos ellos englobaban prácticamente el saber total de esta y otras épocas anteriores: astrólogos y astrónomos, matemáticos, filósofos, químicos, físicos y metafísicos, biólogos, etc., ciencias antiguas conocidas e incluso algunas desconocidas para la mayor parte de los mortales. También los de Samarcanda hablaban de ellos con mucho respeto cuando se referían al grupo. Los denominaban indistintamente científicos, eruditos e incluso sabios. Pero ¿cuántos años tendría aquel doctor en ciencias cuando conoció a su abuelo?, ¿qué años tenía su abuelo en el momento en que Hushein de Samarcanda llama la primera época?, ¿sería también un anciano a punto de abandonar este mundo? En ese caso, poco podría hacer por él.

Solo faltaba media hora para la entrevista. Decidió entrar en el comedor donde se servían los desayunos. Comenzó con un zumo de naranja recién exprimida —la encontró deliciosa—, un yogur natural y una tostada a la que añadió tomate fresco y un buen chorro de aceite de oliva virgen, tal como se había acostumbrado en sus visitas a España. Al terminar se dirigió a la sala donde iba a tener lugar la reunión. Era más bien una salita para diez o doce personas. Resultaba acogedora y bien iluminada gracias a la luz que penetraba por sus grandes cristaleras. Además de dos cómodas antiguas en perfecto estado, había dos mesas con agradables silloncitos rodeándolas. Se dirigió a la mesa que consideró mejor situada. Tomaría otro café mientras esperaba.

No había tenido tiempo de hacer su petición al camarero, cuando vio a tres personas cruzar la puerta de la sala en la que él se encontraba. De porte distinguido, parecían representar tres generaciones. Desconocía que pudiera acudir una tercera generación de los Turgay, pero sí sabía que acudiría un señor mayor, tal vez un anciano de edad próxima a la que tendría en estos momentos su abuelo de haber vivido, y su hijo. Sin embargo, al ver la prestancia de aquel hombre erguido, sin duda el mayor de los tres, pensó que como mucho podía haber cumplido los setenta. Lucía barba y cabellos plateados. El que parecía más joven tenía un semblante de rasgos armónicos y delicados, muy semejantes a los del que claramente era el mayor, lo que no impedía apreciar una apariencia de hombre firme y seguro. En cambio, el de edad intermedia resultaba más atlético y de rasgos mucho más duros; se le veía muy diferente a los otros, pero no tuvo duda de que aquellas personas eran las que él esperaba, por lo que se dirigió hacia ellos con una sonrisa.

—¿Doctores de Samarcanda? ¿Hushein y Hassan Turgay?

Arthur preguntó en su idioma, dirigiéndose con el brazo extendido para darle la mano al que tenía aspecto más venerable o patriarcal.

—¿Lord Arthur? —preguntó casi a la vez, en un inglés correcto, el que sin duda era el mayor de los tres—. Mi nombre, como ya ha adivinado, es Hushein Turgay, y este es mi hijo pequeño, Hassan. —Se refería al de apariencia más joven, como había adivinado Arthur.

Tras un firme apretón de manos que contrastaba con su aspecto casi etéreo, continuó con las presentaciones:

—Lord Arthur, le presento al doctor Horacio Barak, de Grecia.
—Encantado. Creo que no me habían mencionado su nombre. Desconocía que un griego iba a estar presente en esta reunión. Supongo que estará justificada su presencia —dijo saludando con precaución sin perder la sonrisa.

—Naturalmente —fue la escueta respuesta.

Tras las formalidades oportunas, pidieron café turco. El camarero les sirvió en la mesa un espeso café y dejó una cafetera llena sobre la mesa. Dispuso unos dulces gelatinosos de distintos colores. Algunos contenían diversos frutos secos, principalmente pistachos, todos ellos espolvoreados con azúcar glaseada.

—¿Por dónde quiere que empecemos, lord Arthur? — indagó el doctor Hushein tras ver salir del saloncito al camarero—. Seguro que hay preguntas que desea hacernos antes de entrar en la materia central.

—Sin duda, lo más importante para mí es conocer la relación que ustedes tuvieron con mi abuelo y en qué momento de su vida. Tampoco conozco mucho de la trayectoria de mi abuelo como científico, pero según mi abuela, fue un hombre muy prolífico que abandonó sus responsabilidades familiares y sociales para permanecer en el sur de España investigando en una extraña montaña. Esto es algo que nunca he podido entender, por muy idílico que fuera el lugar que compartían y por muy importante que resultara la labor que realizaban. En segundo lugar, son precisamente los resultados económicos de esas investigaciones los que, también según mi abuela, pertenecen a sus descendientes. En nuestras recientes conversaciones telefónicas ustedes parecen apoyar esta teoría.

Unos instantes de silencio fueron el preludio de la interesante historia que con cierta emoción relató el patriarca. Su aspecto bondadoso y su voz serenísima tuvieron efectos balsámicos en el alma joven, pero intranquila, del inglés. El anciano mesó su corta y blanca barba y antes de comenzar su relato, hizo una salvedad, mirándolo con evidente afecto.

—Las dos cuestiones están tan relacionadas entre sí que no podríamos llegar a ninguna conclusión si las disociamos. Nosotros disponemos de un tiempo limitado durante esta mañana, pero si las aclaraciones que necesita se prolongan, podríamos volver mañana. —El doctor Hushein miró al joven lord esperando su aprobación.

—Ningún problema por mi parte —fue la apresurada respuesta de lord Arthur, que deseaba escuchar cuanto antes todo lo que el doctor Turgay tuviera a bien relatarle.

—La primera pregunta es quiénes somos. —Y tras una nueva pausa, añadió—: Puesto que podría ser su abuelo, voy a hablarle como si fuera mi nieto.

—¡Por favor! —aceptó gustoso Arthur. 60

»Es probable que mi nombre no le diga nada, pero para la historia de Samarcanda, incluso para la humanidad, el de mis antepasados ha sido y continúa siendo de suma importancia.

 

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Costa Rica Capítulo IX EL VIAJE

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Antes de embarcar para navegar hasta al Tortuguero hicieron dos paradas. La primera, para recoger a tres personas que iban a realizar el mismo itinerario que ellos: un matrimonio español, con un chico de la edad de Diego; y la segunda, para visitar una bananera, donde se cortaban y cargaban manojos de plátanos, que quedaban suspendidos por medio de unos cables que servían de cinta transportadora. Avanzaban colgados del cable de forma automática desde la platanera al lugar donde se embalaban y se cargaban en el camión frigorífico que los iba a transportar.

La segunda parada solo duró una hora escasa, pero las cámaras fotográficas trabajaron incansables y para todos resultó muy interesante. El vehículo continuó atravesando la carretera que exhibía a sus dos lados inmensos platanares, hasta que el paisaje fue cambiando haciéndose más denso su verdor, pero ya sin plátanos.

Al fin, pararon a poca distancia del embarcadero. El lugar era muy húmedo, y el terreno, ligeramente pantanoso, por lo que no permitía al vehículo continuar y menos aún con tanto peso como transportaba. Un grupo de hombres los esperaban para trasladar los equipajes de los viajeros a una lancha motora.

Mientras, tomaron un pequeño refrigerio en la terraza de un rústico restaurante próximo, donde abundaban las iguanas. Terminaron con un ligero café del lugar hecho a la manera antigua, de puchero. Apremiados por el guía, no perdieron ni un minuto más de lo necesario y regresaron al embarcadero.

Una vez en la motora, el último de los chicos comenzó a hablar con los cuatro primos después de haberles dicho su nombre: Pedro. Les contó que era la tercera vez que hacía el viaje a Costa Rica, que habían llegado hasta el lugar donde los habían recogido en una avioneta que pilotaba su padre.

—¿Habéis venido desde España en una avioneta? —se asombró Pablo.

—Qué dices, Pablo, eso es imposible —respondió Diego adelantándose a las explicaciones del nuevo compañero de viaje.

—Ya, por eso. Me parecía muy raro.

—No, qué va, la alquilamos en un aeropuerto que está cerca de donde aterrizó nuestro vuelo desde España. Después hacemos escalas en los distintos campos de aterrizaje que hay por todo el país, porque las carreteras son espantosas, según dice mi padre. Pero claro, siempre sobrevolamos el Tortuguero y nos perdemos esta ruta por el río, que debe de ser chulísima —tomó aire para poder seguir explicando con la misma rapidez—, así que mis padres han accedido a mi deseo y esta vez veremos el mismo paisaje, pero desde el agua, observando animales que no se pueden divisar bien desde la avioneta.

Los primos miraron a los chicos noruegos esperando que se integrasen en su charla, pero un gesto del padre les indicó que debían permanecer en sus asientos. Se le veía enfadado.

En un momento de la conversación el guía pidió excusas al noruego. Le explicaba que, tal vez, se había producido un error imposible de subsanar, ya que en esas fechas no quedaba ningún otro guía libre que pudiera hacer con ellos la ruta del Tortuguero, pero que estaba seguro de que se iban a sentir muy bien con sus compañeros de trayecto, teniendo en cuenta que los chicos eran de edades semejantes y que el grupo era muy reducido. El noruego respondió algo en su idioma que el guía dijo no entender, pero él no se lo repitió. El noruego, con su actitud, dejaba claro que la solución no había resultado de su gusto.

El Parque Nacional de Tortuguero es un lugar al que solo se puede acceder en avioneta o en bote, y no en cualquier clase de embarcación. Para respetar el medio ambiente, los botes deben tener unas características ecológicas, además de su correspondiente licencia para poder surcar aquellas aguas que van a desembocar al mar Caribe, y los pasajeros deben ir acompañados de un guía que pertenezca a dicho parque. Por tanto, no había otra posibilidad para los noruegos que compartir guía y barco con nuestros protagonistas.

El viaje resultó impresionante. Entusiasmó a todos, principalmente a los chicos. La vegetación lujuriosa invadía las orillas eliminándolas casi en su totalidad, enormes ramas que tenían sus raíces hundidas en la tierra surgían del agua a más de un metro de la orilla. Cuando a cierta distancia parecían divisar un tronco en la superficie, el bote se acercaba con cautela y el guía les pedía que hablaran bajo, porque en muchas ocasiones lo que parecía un tronco era un cocodrilo o un caimán de anteojos, característico de América central, o a veces un caimán almizclado, propio de la América tropical, y aunque estaban acostumbrados a los gritos del conjunto de animales que poblaban el Tortuguero, se asustaban con las voces humanas.

Debido a estas recomendaciones del guía, cuando topaban con esta clase de reptiles las exclamaciones de admiración las hacían en voz baja para no espantarlos, lo que parecía una broma si se tenían en cuenta los continuos chillidos de los monos aulladores, la algarabía del canto de los pájaros, con sus continuos movimientos de rama en rama, y el máximo agitador de las mismas, el mono capuchino carablanca.

El bello y colorido plumaje de la gran variedad de pájaros, principalmente tucanes, de cortos y continuos vuelos, parecía confundirse con el de algunas plantas de flores de gran tamaño y de variados colores con intensas tonalidades.

Todos ellos y algunos pobladores más del bosque tropical, apenas perceptibles, contribuían a crear la ilusión de una explosión multicolor; una orgía de vivos y luminosos colores que los tenía absortos mientras discurrían por los distintos meandros, que a modo de telón que se va levantando poco a poco les permitía ir descubriendo nuevos paisajes.

Resultaba espectacular cuando a distancia se divisaba lo que parecía el comienzo de una pequeña isla verde con denso follaje, aunque en realidad solo era el efecto óptico de un meandro, o de la bifurcación en dos ramales del mismo río, lo que ocurría a menudo.

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Querer – Poder

image001 Quiero – Puedo. – Querer y Poder.

– Querer es Poder. – Si quieres Puedes.

No quiero.     No puedo.

Quiero, indica deseo.     Puedo, indica capacidad. Como consecuencia:

“No Puedo”, es falta de capacidad, o actitud negativa frente a una posibilidad que requiere al menos un intento, un esfuerzo y un fracaso, o varios intentos con sus consecuentes fracasos.

Es factible creer que no puedes, pero cabe intentarlo. Es creíble que la frase “No Puedo”, sea consecuencia de fracasos tras los correspondientes intentos.

En cambio, “No quiero”, indica algo más determinante y que no precisa de comprobación, es innecesario realizar un esfuerzo. Es fulminante, en el acto, algo inmediato, interno y personal. Es algo volitivo y ajeno a tu capacidad.

Isabel no quiere vivir sin él.

Red Fort, Puerta de Lahore.

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«HOY A LAS CINCO EN RED FORT, PUERTA DE LAHORE»

Por la puerta ventana alguien había deslizado un papel escrito por ordenador con grandes letras Arial. Solo decía:

“Hoy a las cinco, en Red Fort, Puerta de Delhi.”

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Alguien había estado en su terraza mientras él salía de compras y no había encontrado dificultad para dejarle aquel aviso.

Con toda seguridad, la persona que lo había dejado, habría esperado a verlo salir para evitar ser sorprendido. O tal vez, conocía muy bien las costumbres de la casa. No disponía de tiempo para avisar a Bruno.

Por un momento, pretendio hacer caso omiso al mensaje. Pero había demasiado en juego.  ¿Qué le podía pasar que fuera peor de lo que le esperaba si no obedecía aquella orden? Porque de eso se trataba, de una orden: la primera.No podía evitarlo, acudiría a la zona vieja de Delhi. A las cinco en punto estaría frente a una de las dos puertas principales del Fuerte.

Era un lugar muy concurrido por los turistas, muchos de los cuales acudían en rickshaws, dadas las dificultades de circulación. Esta puerta estaba menos concurrida que la de Lahore, que se encontraba frente al famoso mercado Chandni Chowk, que había visitado con Vainavi. Era el lugar donde las bicicletas y los rickshaws se entremezclan con la gente que va al mercado y los turistas que escuchan a sus guías y hacen fotos mientras se mueven incesantemente, por lo que aún solía ser mayor la aglomeración.

Sin duda, quienes lo habían convocado querían pasar desapercibidos entre la gente, pero sin tener demasiados problemas para verle llegar al Fuerte Rojo.

El edificio estaba construido con piedra arenisca roja. Era un edificio espectacular; no solo por su color llamativo, sino también por sus formas y las extraordinarias dimensiones, cuyos muros se extienden a lo largo de más de seis kilómetros.

Cuando estaba llegando a la puerta donde se leía en hindi y debajo en inglés “Delhi Gate”, alguien se cruzó en su camino y le obligó a tropezar con él. Aún así, fue Rubén quien pidió excusas. El que había provocado el tropezón le respondió:

—Sígueme con disimulo.

Esquivando a las muchas personas llegadas desde cualquier parte del mundo, paraban frente al edificio para realizar las fotografías que más tarde darían fe de su viaje y de su recorrido por la India, Rubén caminó tras aquel hindú que ni una sola vez se volvió a mirar si él lo seguía. La imagen colorista que brindaba el lugar no le resultó tan atractiva como en otras ocasiones en las que había admirado la plasticidad de aquel espectáculo cromático que ofrecían los saris, conbinados con vestimentas de las más variadas formas y colores, y de fondo las rojas tonalidades del Fuerte Rojo

Tras un largo recorrido, durante el cual Rubén estuvo tentado de darse la vuelta varias veces, llegaron al río Yamuna. Un velero estaba a punto de zarpar con varías personas ya embarcadas y de un aspecto parecido a aquel que le había pedido que lo siguiera. El hindú subió a la embarcación y una vez en ella se dio la vuelta a tiempo de decirle “salta”, cuando acababan de soltar los amarres y el velero ya iniciaba su salida. Rubén no lo pensó y saltó con agilidad. El hindú lo sujeto por el brazo, empujándolo con energía hacia el centro del velero.

Dashashwamedh

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»En cuanto a mis hermanos, han seguido distintas sendas. El santón que he saludado es el mayor de mis hermanos. Él escogió el celibato y toda su vida la ha dedicado al estudio y la enseñanza. Los dos más pequeños continúan en Inglaterra, como auténticos gentleman. En cuanto al que va después de mí, sabemos que es un fanático de nuestra religión. Ha elegido para defenderla otro camino nada pacífico. Ninguno de los  hermanos estamos de acuerdo con sus métodos. En cambio, él sí está de acuerdo con nuestras vidas, pero cree que si no fuera por su lucha para mantener viva nuestra religión tal como  se refleja en los vedas, ni nosotros, ni mucho menos los que vienen detrás, podríamos cumplir con nuestras obligaciones. Cree que la modernidad está ahogando nuestras costumbres ancestrales y él participa de la lucha activa. No hemos podido convencerle de que deje esa lucha y se vuelve muy violento cuando intentamos convencerlo.

Rubén quedó un rato pensativo. Tal vez tuvieran razón en luchar por defender sus costumbres, pero el fanatismo unido a la lucha por la defensa de cualquier causa suele ser una mala combinación.

El asceta quiso saber algo de la vida de su interlocutor. A preguntas del hindú, Rubén también le contó una versión muy abreviada de dónde procedía y el motivo de su estancia en Benarés; se encontraba tan a gusto que no hubiera dado fin a la conversación en toda la noche, pero fue su acompañante quien se despidió tras darle las gracias por aquella inesperada velada con “banquete” incluido y haciéndole una recomendación: que se levantase antes de salir el sol y bajase al Río Ganges unos Ghats más adelante:

—Pregunta por el Dashashwamedh. ¿Lo recordarás? Si te guías por el flujo de gente, seguramente acertarás sin preguntar. Toma uno de los barquitos que salen al amanecer y contemplarás algo cuya imagen te acompañará el resto de tu vida. Ya sé que te va a faltar tiempo para todo lo que pretendes hacer, pero merece la pena, créeme. Si me necesitas, no dudes en buscarme por este lugar, es mi Gath —dijo sonriendo a modo de resignación indolora.

Rubén sintió el impulso de darle un abrazo y el ex leproso harapiento lo aceptó sin ninguna oposición.

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