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Siempre llego tarde

Novelas y Relatos de Carmen Fernández

Autor

Carmen Fernández Alsasua

Podría decir simplemente que comencé mi vida laboral en el mundo de la moda, diseñando y elaborando mis creacione. Lo que más me gustaba era la creación de modelos. Pero aún me gustaba más la abogacía, por lo que me licencié en Derecho y ejercí como abogada. Pero eso, por sí solo, no explicaría el título de este blog. Me propongo contarlo poco a poco con detalles. Actualmente mi placer es escribir. He colaborado con revistas jurídicas. También con programas de una conocida ONG. Pero en los últimos años y a causa de mi condición de abuela, mi actividad más apasionante ha sido y es crear personajes y situaciones por y para ellos; por eso escribo. Mi primera obra literaria fue "El Río Mágico" y la siguiente "Aprendiz de Sabio", ambas inspiradas en mis nietos y destinadas a adolescente. "La Montaña Áurea" es mi primera novela para adultos. La siguiente "No quiero vivir sin ti". Actualmente he presentado otra a un concurso literario, pero según las reglas de dicho concurso, no puedo decir su título. Os seguiré contando… Mejor dicho, os explicaré por qué siempre llego tarde. Si quieres ver mis libros los podrás encontrar en: Amazon: http://www.amazon.es/s/ref=nb_sb_noss?__mk_es_ES=ÅMÅŽÕÑ&url=search-alias%3Daps&field-keywords=carmen+fernandez+alsasua Lulú:http://www.lulu.com/shop/search.ep?keyWords=carmen+fernandez+alsasua&type=

MARTIN

Cual frustrado malabarista, Martín cogía con su mano derecha las manzanas, una a una, y con un impulso las  elevaba para pasarlas a la mano izquierda y ponerlas en el peso.

—¡Kilo y medio de manzanas para mi clienta favorita!  —entonaba mirando a  Mercedes, que en ese momento era su única clienta. 

            Martín giró el cuello para seguir con la mirada a unas jóvenes que entraban en su establecimiento. Volvió la cabeza de nuevo  y eligió  con la vista un melón, lo tomó con ambas manos, y tras  sopesarlo, presionó con el dedo pulgar los dos extremos.

            —Está perfecto para poderlo comer hoy —acompañó una sonrisa a sus palabras esperando la aprobación de la clienta, pero Mercedes, que no perdía al frutero de vista, lejos de darle el visto bueno, frunció las cejas y torció la boca mientras se quejaba:

            —¡Vaya miradita que les has lanzado a las jovencitas que acaban de entrar! A mi no me miras así, eso que soy, según acabas de decir, tu clienta favorita y, si me apuras, la mejor. ¡A saber que te comprarán ellas!

            —Doña Mercedes, no se me ponga celosa, sabe que la piropeo y la mimo todos los días, y que se lleva usted las más sabrosas manzanas y el más exquisito melón, lo mejor que tengo. Le guiño un ojo mostrándole de nuevo el melón.

            Martín llevaba viviendo en Madrid desde los diez años, pero todavía se dejaba acompañar por  el deje y la gracia andaluza que, junto a su buena planta, eran excelentes colaboradores en la batalla diaria con su clientela.

            Sin intentar evitarlo, sus ojos se escaparon de nuevo hacia aquellas dos bellas jóvenes que, por primera vez, habían entrado en su establecimiento.

 Doña Mercedes, movió la cabeza como el péndulo de un reloj acelerado, diciendo:

            —No tienes arreglo, ¡zalamero!, trae ese melón que ya te dejo para que atiendas a las jóvenes. Mira, una morena y una rubia, como en La Verbena de La Paloma. ¡Hay  si me hubieras conocido con  dieciocho años! Vaya chotis que nos hubiéramos marcao

            —Jajá, doña Mercedes, ¿pero tiene usted más de dieciocho?

            —Doña Mercedes rompió a reír enseñando unos dientes blancos y relucientes, que indicaban el esmero con que los cuidaba, al igual que su persona y toda su indumentaria. Pagó y se despidió observando descaradamente a su competencia.

            El frutero miró a las jóvenes más directamente, acentuando su sonrisa con ánimo de atenderlas.

            —¿Qué les puedo servir? Tengo todo tipo de frutas ­—les mostraba su genero,  señalándolas con el brazo extendido—,  y verduras, y…

            —No se moleste en hacernos publicidad de su género, no deseamos comprar nada —le cortó con sequedad la joven rubia, que parecía la mayor de las dos—, solo venimos a protestar. 

            Martín, con sus ojos castaños redondeados como platos, abrió la boca, bien formada, para después parpadear varias veces mostrando la sorpresa que le ocasionaba las palabras de aquellas no clientas.

            —Tampoco se esfuerce en ser amable o simpático con nosotras, sabemos que es un embaucador, a mi madre le ha vendido uno de sus productos que le ha ocasionado una colitis que a punto ha estado de irse  al otro barrio.

            —¿Yo? ¡Que yo!…  ¿Pero de qué habla?

            —El doctor nos ha dicho que la fruta tenía pesticidas muy fuertes.

            —¡No sería para tanto! —responde mientras se recupera de su sorpresa—. Y ¿por qué no han lavado la fruta como todo el mundo?

            Mientras la clienta rubia discutía con Martín, la morena recorría la tienda observando y tocándolo todo —cosa que Martín tenía completamente prohibido. Así lo expresaba un hermoso cartel. 

            —Las fresas también estaban mohosas.

            —Me extraña, pero si les ocurre de nuevo me las traen y yo las cambio sin ningún problema.

            —Los Kiwis estaban pasados.

             —Martín apoyó su mano sobre un hermoso melocotón, conteniendo las ganas de tirárselo a aquella “encantadora clienta”. 

Se dio cuenta de que empezaba a ponerse nervioso al advertir que aunque al apoyar su mano sobre la fruta, esta estaba dura, la mano empezaba a rezumarle parte de la pulpa del melocotón.

            —¡Ah!, y un hueso de melocotón se le atragantó y por poco se ahoga.

            —¡Pero bueno!, ¿también eso es culpa mía?

            —Si no se hace responsable de sus culpas, le vamos a demandar.

            —¡Jajá! —río Mario—, ¡ya entiendo!, es una broma para la tele.

            ­—No es una broma, cuando reciba la demanda se enterará de todo.

            A una mirada de la morena, de la que por unos momento casi se había olvidado, salieron las dos de la frutería levantando la cabeza, muy dignas.

            Martín se quedó sin comprender. No  apareció nadie con una cámara.  El chico  que estaba cruzando una y otra ver la puerta, y que parecía esperar  algo, tampoco se presentaba para decirle que estaban haciendo  un experimento televisivo. De pronto algo lo alertó y fue derechito al cajón del dinero ¡Solo quedaba las monedas!

            No lo pensó dos veces, cogió de la cesta de los melocotones uno con cada mano y salió corriendo del establecimiento. Divisó a cierta distancia al joven que había estado al otro lado de la puerta, y que, en ese momento se separaba de las no clientas y echaba a correr en dirección contraria a la de ellas, después de haber recogido un puñado de papeles de manos de la morena. 

            Martín también echo a correr en la misma dirección que el joven, acortando distancias. Cuando lo consideró oportuno le tiró con uno de los melocotones a una pierna, haciéndole  trastabillar, a continuación le tiro a la otra pierna con el que le quedaba, así consiguió lo que se proponía: que cayese al suelo.

            Lo alcanzó sin esfuerzo y se sentó sobre él sujetándole las muñecas con fuerza, mientras pedía que acudiera un policía. 

            —Devuélveme lo que me habéis robado si no quieres que te rompa la cara de imbécil que tienes —el ladrón observó los fuertes puños que lo sujetaban y antes de que se hiciera realidad la amenaza le prometió que le iba a devolver todo lo que llevaba encima.

            Martín le dejo libre un brazo, sin cambiar de postura.

            El ladrón se llevó con dificultad una mano al bolsillo y sacó un puñado de dinero totalmente arrugado. Se lo devolvió a su dueño.

            Martin se asombró al advertir que un policía había entrado en la escena. Pronto se hizo cargo de la situación, y al considerar que aquello no era un robo casual, sino uno de los mucho que estaban ocurriendo en distintos barrios de Madrid, con el mismo modus operandi, agradeció a Martín su valentía por arriesgarse  a detenerlo. Eso sí, después de tomarle todos los datos necesarios y algunos más, por si acaso…

OTRA VEZ TERESA

                                                

¡Pobre Teresa!

Este año la pequeña Teresa, a causa de la covid, pasa sus vacaciones en un pequeño pueblecito donde se tiene la sensación de que el tiempo se paró hace más de medio siglo. La naturaleza es un disfrute y los pocos vecinos encantadores. Solo tiene el inconveniente de estar mal comunicado con los pueblos de su entorno, lo que en estos momentos ha pasado a ser una ventaja.

Teresa, resignada a no ver a su pandilla de verano, pone todo su interés en hacer bien las cosas para satisfacción de sus padres, pero… comprueba con decepción que no sirve de nada su buena voluntad. Al final siempre le sale todo mal y terminaba disgustando a sus padres. Como lo que le acababa de ocurrir con la leche.

En este pueblecito todavía suministran leche recién ordeñada de las vacas y a Teresa le han asignado la misión de ir a comprarla cada atardecer; para ello le han proporcionado una garrafa de metal con un asa larga que le permite llevarla como si fuera un bolso —eso dice ella—. Sus padres le dan dinero para que la pague y ella cuida de no perderlo, pero parece que cuanto más interés pone…

A veces, por el camino se encuentra con las nuevas amigas que la invitan a jugar, y Teresa, que no quiere decepcionar a nadie, no sabe decir que no, pero se hace el firme propósito de que sólo será un ratito. Así que deja la lechera y el dinero en el lugar que consideraba más seguro y se pone a jugar. Luego, cuando se da cuenta de que empieza a oscurecer y ha transcurrido más tiempo del previsto echa a correr y solo se acuerda de la lechera, no se da cuenta de que le falta el dinero hasta que va a pagar la leche. No le ocurre siempre, pero la última vez que le ocurrió se prometió que no le volvería a pasar más, no podía soportar  ver la cara de desilusión de sus padres que solo decían: “Otra vez Teresa”. No, no volvería a perder el dinero.

Para evitar ese problema, se le había ocurrido guardar  el dinero dentro de la garrafa, porque al tener la boca un poco más estrecha que el resto, consideraba que estaría seguro y además ya no se olvidaría de él, aunque se pusiera a jugar con una amiga. Al llegar a la vaquería pagaría lo primero.

Pero siempre pasaba algo. ¡Pobre Teresa!

Alguien le había dicho una tarde al volver a casa con la leche, que si daba vueltas rápidas a la garrafa, el líquido no se caería. No  dijo que no se lo creía, pero realmente no acababa de creerlo. Llevaba un par de tardes con ganas de hacer la prueba, pero temía perder la leche, ¿qué le dirían sus padres?, pensarían “hace falta ser tonta, para ir a comprar leche, pagarla y luego tirarla, no, no podía hacer la prueba.

En su camino a la vaquería había un antiguo lavadero al aire libre, se le ocurrió de pronto que no pasaría nada si probaba con agua, por si acaso era mentira y tiraba la leche. Pero ya se había olvidado de que había metido en ella el dinero.

            La llenó y comprobó que era cierto. Dio muchas vueltas rápidas con la garrafa llena de agua sin que esta se cayera, bueno, apenas unas gotas, y antes de llegar a la vaquería tiró el agua. Solo cuando fue a pagar se dio cuenta de que también había tirado el dinero. Salió a buscarlo, pero ya no estaba.

Esperaba una buena regañina, seguro que sus padres no comprenderían que quería hacerlo todo lo mejor posible y siempre deseando que se sintieran tan orgullosos de ella como lo estaban de su hermana mayor. Pero se vio sorprendida por la extraña reacción de sus padres. Lo que les molestó no fue que perdiera otra vez el dinero, sino que lo hubiera metido dentro de la lechera. Le dijeron enfadados que eso era una porquería. 

¿El dinero que guardaba con tanto cuidado era una porquería? 

¡Que extrañas y contradictorias eran  las personas mayores! —pensó desolada Teresa—. ¡Nunca las comprendería!

La bailarina funambulista

 Me gusta mi trabajo. Me apasiona mi trabajo. Pero estoy temblando. Sé que esto es lo peor que me puede ocurrir. Un pie, otro pie… la cuerda parece que se bambolea, tengo que seguir adelante y no sucumbir a esta sensación que tanto se parece al miedo.

Tengo que recordar únicamente que no solo soy una bailarina de ballet, también soy funambulista y ahora mismo estoy sobre una cuerda, a seis metros del suelo, intentando hacer los ejercicios propios de mi arte. Un pie, otro pie… avanzo. No debo recordar aquel momento, ¡fue tan doloroso!, no, no, un pie, otro pie… 

El redoble de los tambores anuncia que llega el momento cumbre. Un pie, otro pie.

Veo al público, ojos y bocas abiertas, temiendo que sufra un accidente. Siento la tensión, estoy acostumbrada a verlo tanto desde la pista como desde esta  altura, pero nunca me había afectado ni he sido consciente del estado de ánimo de los espectadores. Mis padres son los propietarios de este circo desde antes de que yo naciera y me han enseñado a aislarme del resto del mundo mientras actúo, y a tener confianza en mí misma, principalmente porque estoy muy bien preparada, además, lo he demostrado a lo largo de mi corta vida en todas mis actuaciones: como amateur primero, como profesional después. Pero desde ese día…

 Un pie, otro pie…, los tambores aumentan la fuerza de su sonido. Ya estoy llegando al centro, ahora solo tengo que realizar mi actuación como bailarina y permanecer impasible como mi tutú, siempre inconmovible aunque dance y salte. Un pie, otro pie…  y ¡ya!

En este momento fue cuando pasó… debo olvidarlo, desterrarlo de mi memoria, sobre todo en este momento tan crucial, plie, demi plie. Elevo con calma la pierna derecha flexionándola para apoyarla en la rodilla de la otra pierna en la que me apoyo con total confianza. Ahora, con cuidado de no desnivelar mis caderas, voy estirando la pierna y la dejo suspendida en el aire durante unos segundos. Debo ser elegante, mientras mantengo mi pierna en horizontal y en el aire…, eso es…, bien. Ahora la apoyo en la cuerda y realizo el siguiente movimiento. ¡Ahora!, ¡ahora!, ¡la red!, ¿Dónde habéis puesto la red?…

!!Uf!! Otra vez el mismo sueño. ¡Ya ha pasado todo! !Otra vez he revivido mi accidente!

Sé que mis piernas están bien, pero no puedo evitar comprobarlo cada vez que despierto de este sueño recurrente. Ahora olvidaré todo y saldré a la pista totalmente segura, y volveré a recibir los aplausos del público. Como siempre. 

Pero… ¿Qué ocurre? !No puedo! ¡!No puedo mover mis piernas!!

BALI

Hoy, revisando alguno de mis viajes, he abierto el álbum que correspondía a Bali, y lo que he visto me ha recordado un espectáculo con moraleja. Se trata de «La Danza del Barong». He sentido la imperiosa necesidad de comentarlo aquí, para poderlo compartir con todos vosotros.

No había olvidado la impresión que me ocasionó contemplar, en un teatro al aire libre y rodeada de una vegetación lujuriosa, esta representación tan exótica y atractiva. Otras impresiones quedaron escritas para salvarlas del olvido.

En Bali Las bailarinas son muy respetadas, las preparan para el escenario desde los cinco años. Su delicadeza de movimientos es insuperable, principalmente sus manos. Cada dedo se mueve con independencia del resto, si le añadimos que sus brazos parecen tener movimiento giratorio de 360 grados, la figura resultante es más grácil que la de la más delicada figura de porcelana. Podría añadir que su vestimenta de bonitos y variados colores realza esa imagen menuda, que se mueve con tanta elegancia sobre el escenario.

Danza y teatro balines van muy unidos y la representación más típica es precisamente la danza del Barong.

El Barong es el rey de los buenos espíritus y Randa es una bruja que practica conjuros, es la representación del mal. Es como ya se adivina una lucha entre el bien y el mal.

Era un espectáculo extravagante y muy colorista y el tema denota el carácter infantil o ingenuo, de los habitantes de la isla. Se suceden luchas y bailes, muy artísticos, que denotaban la pericia y profesionalidad de los bailarines.

La historia es, para nuestra mentalidad, infantil y cruel a la vez. Trata de una madre que debe sacrificar a uno de sus hijos y una bruja que hechiza a buenas personas que no desean que se hagan sacrificios humanos. Cada vez que una de ellas se opone al sacrificio, la bruja la hechiza y la transforma en mala. Así que parece que gana el mal.

En uno de los últimos actos, el hijo, aparece atado a un poste y va a ser sacrificado, pero, tras unos bailes, Siwa (Shiva), aparece y le concede la inmortalidad.

Entonces Randa, la bruja, le pide su redención para ir al cielo, precisamente  se lo pide a la persona que pretendía sacrificar y que ahora es inmortal, y éste se la concede. 

La bruja va al cielo.

Pero cuando sus seguidoras quieren ir también al cielo, el ahora inmortal se lo deniega lo que ocasiona una lucha con las seguidoras de Randa (los buenos y las malas). Los bailarines y bailarinas ejecutan sus bailes, como una lucha, de manera soberbia. Para acabar con esa lucha, los sacerdotes matan a un pollo y expanden su sangre por el escenario y  los malos espíritus se asustan y desaparecen. Así que ninguno gana.

La moraleja es, que ni el bien ni el mal pueden triunfar en este mundo, solo hay que intentar mantener el equilibrio.

EN EL SUR DE ANDALUCÍA

De nuevo en casa.

El paisaje que puedo admirar desde mi terraza me parece idílico, no es necesario saber que detrás de esas frondosas y altaneras palmeras está el mar. Siento que está ahí: activo, beneficioso, a veces osco y oscuro y muy de tarde en tarde enfadado y violento. No es necesario verlo para sentir la paz y serenidad que me aporta porque todo él paisaje que admiro está impregnado de MAR. Ya solo por eso, doy gracias al Hacedor del Universo.

Cuando regreso a este lugar, no hay nada más importante que salir a esta terraza, respirar profundamente y empaparme de todas las intensas y profundas sensaciones que  despierta en mí este aire impregnado de mar y esta magnífica vista.

A la derecha, muy, muy al fondo, una montaña que, desde mi posición, parece pequeña, pero que emerge de un grupo de altísimas palmeras salpicadas por  árboles rosáceos y entre ellos se deja  adivinar alguna vivienda de especial albura cuando el sol la mira. De frente, todo  un verde palmeral que, formando una barrera, trata de defender ese mar de las miradas ansiosas de posibles voyeristas.

Me gusta creer que han sido las palmeras de manera espontánea las que han decidido  proteger  el mar de esas miradas anhelantes, e indiscretas.  Tal vez por presunción narcisista—solo ellas pueden apreciar su propia esbeltez y belleza al mirarse en esas aguas—, tal vez por celos, o por otro motivo cualquiera que se me escapa. El por qué no cambia nada.

A la izquierda, una urbanización cuyos edificios parecen dos filas de guerreros enfrentados, haciendo guardia junto al mar para vigilar a quienes  quieren llegar hasta su orilla.  Están separados  por más palmeras, plátanos y otras plantas tropicales que cercan una piscina rodeada de su correspondiente césped —esta parte central es la que me permiten ver el mar al fondo.

Solo en momentos muy concretos lo observo por esa franja de mi izquierda, porque siendo  y sintiéndolo tan inmenso, no puedo dejar que mi cerebro recoja una imagen tan limitada. Me gusta observarlo cuando veo que el sol consigue reflejarse en ese lugar y le arranca intensos destellos; entonces no pienso que es un trocito minúsculo de mar, sino un inmenso y galáctico espejo colocado en la tierra.

Una vez que he dejado pasear mi vista, muy despacio, de izquierda a derecha, y he logrado impregnarme de todas las sensaciones  que me inspira este lugar, siento que estoy en total harmonía con el mundo y experimento una felicidad intensa y serena que absorben y desprenden todos mis poros.

En este paraje no se advierte el cambio de estación. El exultante verde esmeralda de las palmeras no esta sujeta a mudanzas de color. En esta vista no aparecen los tonos amarillos, ocres o rojizos que anuncian el cambio de estación.  La llegada del otoño.

No es que no me gusten esas tonalidades, me parecen preciosas y hasta puedo admirar durante horas un bello paisaje otoñal, pero prefiero contemplarlas sabiendo que me iré pronto a otro lugar donde luzca el sol en la playa.

El otoño ya ponía en mi vida un ligero y transparente manto de melancolía cuando yo era muy joven.

Sin embargo, las palmeras me recuerdan alegres lugares que he visitado y de donde no me quería ir. Lugares donde trataba de empaparme del paisaje, de aprehenderlo y llevarlo conmigo de vuelta a mi ciudad, porque aquello era una visita que seguramente no se iba a repetir.

Ahora salgo a mi terraza y aún sabiendo que puedo continuar disfrutando de esta vista muchos días, también trato de capturar todas esas  sensaciones que he descrito: la alegría, paz y serenidad que experimento con cada profunda aspiración.

Aspiro intensamente, sabiendo y sintiendo que el aire lleva un poquito de mar, besos de palmeras y mensajes de otras vidas exóticas que me gustaría ser capaz de reflejar en mis textos.

El Ángel

Había sido un día magnífico, nadie protestó, porque nadie se  percató del trabajo que había estado realizando durante aquella tarde-noche, seguro que había sido mucho lo conseguido. Una vez en casa comprobaría las ganancias logradas con las distintas carteras “sustraídas” o “afanadas”. ¡A buen seguro que era considerable! Su hado lo había protegido. 

            Encendió la lámpara de la mesita supletoria y se dispuso a  valorar con exactitud su trabajo. Contó emocionado lo que honradamente les había aligeraó a los transeúntes. Su trabajo estaba bien hecho y ahí tenía la recompensa. Era mucho más de lo que había imaginado. 

Sin pensarlo dos veces, metió las carteras a  una bolsa de basura y guardó el dinero, tan hábilmente ganado, en la maleta que siempre tenía preparada por si en algún momento tenía que salir corriendo.

Allí había ido depositando el resultado del esfuerzo de su trabajo, muy profesional y de muchos meses, aunque no siempre tan bien remunerado como el de esta tarde-noche.

            De pronto, con ojos atónitos, descubrió que a su sillón favorito le habían salido dos alas.

            Maravillado, se acerco al sillón del que sólo veía la parte trasera… con dos alas que ¿de donde saldrían? Su sorpresa alcanzó el grado máximo al llegar al punto donde podía ver más de frente el sillón. 

¿Qué veían sus ojos? Los distintos colores de las luces de neón que se colaban por su ventana iluminaban una figura que se debatía entre lo terrenal y lo sobrenatural. Tímidamente preguntó:

—¿Quién eres?, ¿mi hado?

—No, no soy ningún hado, soy tu ángel custodio. He decidido dejar que me veas porque tengo que reprenderte muy seriamente, no puedes seguir así, es preciso que cambies de vida.

—¡Ya! —dijo tímidamente el ratero—. Ya se que mi vida es un asco y que siempre estoy sobresaltado pensando si me pillará la pasma, si me llevarán a la trena, ¡un asquito de vida!, ¡ya te digo! Pero te prometo que lo dejo, ¡de verdad!, ¡lo dejo!

—Pero ¿cuándo? —le urgió aquel ser alado.

—  Precisamente ahora estaba preparando la maleta para irme a otro sitio. Voy a iniciar una nueva vida —mintió descaradamente—. El ángel lo miro dubitativo, como si no lo creyera. Por eso el ratero se sorprendió al oírle decir al comprensivo ángel:

—Esta bien. Te creo. Pero, para estar seguro de que no te vuelves atrás en cuanto dejes de verme, termina de recoger tus cosas, mientras, yo te pido un taxi que te lleve a la estación. Y allí ya decides a dónde quieres ir.

—No te arrepentirás de creer en mí, espera y verás el cambio.

El ratero entró en su habitación para recoger un par de cosas que quería llevarse con él. Mientras las cogía dudaba si debía hacer lo que le había dicho su ángel. Bueno, de momento le haría caso, luego ya lo pensaría.

—Ya estoy listo, guardo esto en la maleta y voy derechito al taxi —dijo al salir al cuarto de estar—. Pero ya no se veían las alas del sillón. ¿Dónde se había metido su ángel. Llamó primero, casi susurrando, luego fue subiendo el tono de voz hasta gritar:

—Ángel, ¿dónde te has  metido? ¿Dónde…donde está la maleta?, ángel, ángel…

Tardó bastante tiempo en querer comprender, desesperado, que su ángel se había largado con la maleta. Lo que no le acababa de quedar tan claro era, si él había sido engañado por un ladrón que se hizo pasar por su ángel, o  lo que era más terrible…con tanto robar, había llegado a pervertir a su  ángel de la guardia…

TERESA Y LOS PECES.

Tenía que ocurrir, y ocurrió. Teresa se había caído al estanque de los peces, cuya agua verduzca ya hacía presagiar lo resbaladizo que estaba el suelo. 

No conseguía ponerse en pie y aunque estiraba los brazos, no lograba llegar al borde del estanque  para encontrar apoyo. Estaba en apuros, era evidente, pero no quería pedir ayuda.

A pesar de sus ocho años, tenía orgullo, o tal vez un gran sentido del ridículo —seguro que lo había conseguido desarrollar a base de trastadas fallidas—, y prefería intentarlo por su cuenta una vez más, a ser objeto de las burlas de sus compañeras. Las mayores ya le habían avisado muchas veces del peligro que corría  intentando  coger con las manos esos peces tan escurridizos.  Claro que se lo decían entre risas, porque en el fondo les hacía mucha gracia la obsesión de la pequeña Teresa por acariciar los peces.

Durante las vacaciones de verano, con excepción de los 15 días que pasaban en la playa, Teresa iba tres tardes  a la semana con unas monjitas, que enseñaban a coser y bordar en los jardines del convento, a la sombra de frondosos árboles y muy cerca de un estanque lleno de pequeños e inquietos peces de colores, cuyos movimientos en el agua le fascinaban.

Las monjitas no tenían hora de cierre, solo de entrada, y dejaban al albur de las niñas la salida. 

Teresa era imprevisible, entre otras cosas, por ese nulo sentido que poseía del discurrir del tiempo. 

A veces el tipo de labor que le encargaban las monjitas era entretenido: cruceta, ganchillo…  y el tiempo volaba para ella; la monjita, tenía que decirle: “te has quedado sola Teresa”, entonces, de forma  atropellada, recogía sus bártulos y se iba corriendo a casa, segura de que sus padres ya estarían echándola en falta.

Otras veces le resultaba aburrida la labor de bordado. Entonces dejaba su bastidor y se iba al estanque a ver a los  pececillos de colores e intentar acariciarlos.  Allí se le iba de nuevo el tiempo sin enterarse. 

¡Hasta que ocurrió!

Una de las niñas advirtió el chapoteo de Teresa y dio la  voz de alarma: 

—¡Teresa se ha caído al estanque!, ¡Teresa se ha caído al estanque!

Al principio sus compañeras corrieron, preocupadas por Teresa. También las monjitas acudieron a socorrerla. Pero al tercer resbalón todas reían, sobre todo cuando aquella simpática monjita tiró de ella para intentar sujetarla, y fue la propia Sor la que cayó al estanque.

Cuando consiguieron sacarla se encontraron con un nuevo problema, aunque derivado del anterior: la ropa. No solo mojada, también verdosa. No era cuestión de secarla al sol, como  alguna sugirió. Tal como estaba la ropa, y aunque se secase, quedaría como una  tabla dura y repelente.

 ¡No había otra solución! 

De momento tenía que ponerse ropa de alguna de las monjitas.

La “braguita” le llegaba a los sobacos, después de haberle dado dos vueltas por la parte de la goma. ¡Vamos, como si llevaran cuello cisne!

Le pusieron una camiseta, mientras Teresa protestaba, porque  ella ni en invierno le gustaba llevar camiseta. Pero la amable Sor, argumentó que temía que cogiera un resfriado tras tanto tiempo entre algas.

Lo peor vino cuando le pusieron encima de la camiseta, un hábito de monja —el más pequeño que tenían—. Arrastraba demasiado para solucionarlo con un cinturón, por mucho que ablusasen el cuerpo. Optaron por ponerle solo la parte del delantal corto que, por cierto, a ella le llegaba hasta el suelo, a pesar de que también éste partía desde los sobacos.

Mientras, alguien se había preocupado de llamar a sus padres por teléfono, e informar del percance de la inquieta Teresa, advirtiendo, que ya estaba todo en orden y solucionado el problema, por lo que no era necesario que se dieran prisa.

 Acudieron los dos…

A Teresa no le pareció que sus padres estuvieran muy preocupados cuando la vieron de esa guisa.  Tuvo más bien la sensación de  que trataban de aguantar la risa mientras movían reiteradamente la cabeza, como desaprobando su intento de acariciar los peces.

Aún quedaba otro mal trago:  volver a casa.

De la mano de sus padres tenían que atravesar  el centro de la ciudad, a esas horas en que los vecinos  estarían   tomando un refresco en las terrazas que por fuerza tenían que atravesar.

Los padres habían tenido la precaución de coger ropa de Teresa para que se cambiara, pero al verla vestida, pensaron que tal vez su hija sería más consciente de su imprudencia, si tenía que volver así a casa. Seguro que lo tendría en cuenta para la próxima vez que se le ocurriese acariciar los peces del estanque.

Solo le dijeron: ¿Nos vamos? 

—¿Así? —Dijo Teresa mirando a sus padres mientras les mostraba el delantal al tiempo que lo estrujába con sus manos —una a cada lado—, pero sin añadir nada más.

—Sí, así —respondió su madre serena, aguantándose las ganas de reír—. Y así se fueron. 

Se cruzaron con un repartidor de pizzas que paró frente a ellos y, con mucha guasa, preguntó a dónde se llevaban a  la chiquilla si ya se habían terminado los carnavales.

Teresa recordó una frase  que había oído muchas veces a las monjitas. Levantó la cabeza, lo miró muy seria y dijo sin ningún apuro:

—Acabo de tomar los hábitos.

…Os contaré más cosas de Teresa

ISABEL.

Despertó de nuevo. Se levantó de inmediato. Solamente una idea ocupaba su cerebro: había quedado a cenar con su familia. Un pensamiento esperanzador se había abierto camino haciéndole olvidar. Tal vez él estuviera allí, al final de las escaleras; esperándola. Tal vez todo lo demás había sido un mal sueño. 

Como entre tinieblas, fue al cuarto de baño y abrió el grifo para eliminar los vestigios del llanto. Sentía arder sus mejillas. Con ambas manos vertió varias veces agua sobre su rostro, en un vano intento de refrescarlo y hacer desaparecer las huellas de sus sollozos. No tenía fuerza para permanecer inactiva en la ducha, aunque solo fuera unos minutos. Se maquilló y puso todo el interés del que era capaz en esos momentos en eliminar las manchas rojizas que aparecían por doquier. Pintó sus labios de rosa fucsia, ¡mucho mejor! Tomó el vestido que la esperaba desde la noche anterior junto a la larga capa negra. Su pelo, en agresivo contraste con su capa, parecía más dorado que de costumbre. Sin embargo, sus ojos, de un extraño azul turquesa, en esos momentos parecían grises. Salió corriendo de su dormitorio, tenía que comprobar qué había ocurrido. 

No había nadie al final de las escaleras. 

Ni al atravesar el portal de su casa.

Cogió apresuradamente su coche para dirigirse al lugar donde esa noche se reuniría toda la familia. Tratando de centrarse en conducir, la realidad se fue imponiendo de nuevo. No había vuelta atrás. Él no podía estar allí. Él no podía estar ya en ningún sitio para ella.

Paró el coche junto al puente. Descendió de él sin quitar la llave de contacto. La música que se escuchaba desde la profundidad de la noche, como un terrible presagio, se mezclaba con el sonido del motor en marcha. Madame Butterfly cantaba su última aria despidiéndose del mundo con determinación: Amore, addio! Addio, piccolo amore! Va, gioca, gioca!

Puso de manera instintiva, sobre sus desnudos y fríos hombros, la negra capa de seda salvaje que la protegía de la noche, y abrochó el único botón que sujetaba la tirilla alrededor de su esbelto cuello. Sintió el peso enorme de sus huesos y dio unos pasos con dificultad, pensando que se iba a derrumbar. Se apoyó en la barandilla. La carga era excesiva. ¿Qué iba a decir a su familia? ¿Qué era lo que pretendía celebrar?

Se asomó por la ancha barandilla del puente. La profundidad abismal que contemplaba era fiel reflejo de sus sentimientos. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Como respuesta a un reclamo de su angustia, recordó una frase de Goethe que siempre le había impresionado: «Si la mañana no nos desvela para nuevas alegrías, y si por la noche no nos queda ninguna esperanza, ¿es que vale la pena vestirse y desnudarse?».

De pronto se sintió ligera. Como un autómata, se encaramó a la ancha barandilla. El abismo la llamaba, parecía un lecho amoroso donde podría reposar tranquila. Ya podía contestar a la angustiosa pregunta. Asió el borde de su negra capa, y como si fuera una extensión de su cuerpo, abrió los brazos en cruz saboreando anticipadamente la deseada paz y se dejó caer para emprender un vuelo sin retorno. Por un instante fue consciente de la decisión que acababa de tomar y quiso recuperar su equilibrio para volver a pisar el suelo.

¡Demasiado tarde, Isabel!

Corresponde al final del —Capítulo I— de NO QUIERO VIVIR SIN TI.

NOSTALGIA II

Ya en mi adolescencia Había una canción que contenía la misma palabra y me   producía intensa emoción, mitad dulce mitad triste:

“Desde la colina contemplé, donde yo mi amor te confesé, el tiempo ha pasado, todo lo ha borrado, tan solo NOSTALGIA sentiré”

Me encantaba la canción y sentía, ilusoriamente, la dulce nostalgia de ese amor ya acabado (aunque todavía no tenía ninguna experiencia en el amor).

Al cumplir dieciocho años me trasladé a San Sebastián durante todo un curso. Disfruté mucho en mis clases de diseño de ropa, nunca falté a una clase, eso que tenía compañeras que continuamente me invitaban a sus fiestas, pero yo quería aprovechar muy bien mi tiempo. Los fines de semana era distinto, salía con una prima, a la que adoraba, y que también estudiaba en San Sebastián. A menudo los pasábamos en Deva, que era su auténtico domicilio —claro, y de mis tíos—, ella tenía allí su cuadrilla de amigos, todos encantadores.

Durante la temporada baja preparaban unos maravillosos guateques en el hotel de los padres de una de las amigas. Nos dejaban la sala de baile, cuyos grandes ventanales daban a la playa, allí pasábamos la tarde merendando y bailando.

EN EL PIK UP SONABA LA VOZ DE NAT KING COLE………………

Aquellos ojos verdes, de mirada serena, dejaron en mi alma, intensa sed de amar, anhelos de caricias, de besos y ternuras, de todas las dulzuras, que sabían brindar… Aquellos ojos verdes…………

Aunque el cantante no pronuncia la palabra  NOSTALGIA, yo siempre la he asociado con esta canción.

… Recuerdo muy bien escuchar la voz de Nat King Cole, cantando en español mientras yo bailaba. Y volver  a sentir NOSTALGIA:

“No saben la tristeza, que en mi alma dejaron, aquellos ojos verdes, que ya nunca miraré.”

El cantante, con esa voz tan melodiosa y en un español desvaído, que aún la hacía más atractiva, cantaba nostálgicamente hablándonos de ese amor perdido. Hablaba de tristeza, pero todavía no he encontrado mejor definición para la palabra nostalgia que lo que aquella canción me hacía sentir.

Recuerdo con “Dulce Nostalgia” todas aquellas cosas vividas y perdidas: Las maravillosas vistas desde los grandes ventanales, mientras sonaba la música, en simpática y amable compañía, los bailes… — Perdí el contacto con la mayoría de aquellas personas al volver a mi casa. Queda el recuerdo de bailar ese bolero y sé que lo hacían muy bien… aunque ninguno tenían los ojos verdes— Pero en aquellos momentos lo verdaderamente importante era, más que la música, más que la cálida voz del cantante, su mensaje y las sensaciones que despertaba en mí.  

Inesperadamente…

Hoy he vuelto a escuchar a Nat King Cole y no he podido evitar sonreír durante todo el tiempo que ha durado la canción. He sentido esa dulce NOSTALGIA, de una etapa de mi vida en la que para ser feliz apenas necesitaba nada. Cuando las tristezas eran tan leves que hasta disfrutaba de sentir nostalgia, aunque casi no supiera cuál era su profundo significado. Todavía no había perdido a ningún ser querido y cualquier otra pérdida iba unida a instantes donde apenas atisbaba lo que era sufrir de verdad por una pérdida… 

Así que, mi NOSTALGIA de hoy, tiene el sabor dulce de momentos que han dejado recuerdos gratos e inocentes de mi transitar por la vida.

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