Cuando escribí la novela, No quiero vivir sin ti, lo hice respondiendo a una realidad que acababa de vivir.

Nochebuena y la Navidad propiamente dicha, siempre lo pasamos en familia, pero Nochevieja y Año Nuevo lo celebrábamos en un restaurante junto al mar, del que éramos asiduos todo el año.

Aquel año no iba a poder ser. Una familia lo había contratado al completo. Deseaban juntar allí a la extensa familia. Era una contrariedad para nosotros, pero teníamos que cambiar nuestros planes.

Me enteré en la comida de Nuevo Año. Aquella familia que se disponía a disfrutar en armonía y de forma espléndida la cena de Nochevieja, tuvo que hacer frente a un inmenso dolor. !Uno de sus jóvenes miembros decidió suicidarse aquella misma noche! !!!Terrible!!!

Me impacto muchísimo a pesar de no conocer a la familia. Mi único contacto era indirecto “El Restaurante”, Aunque traté de saber algo de aquella persona que tomó tamaña decisión, no pude averiguar nada, pero no la podía quitar de mi cabeza ¿Qué pasó por esa mente? ¿Qué problema insuperable le lleva a una persona a tomar una decisión de la que no hay retorno? ¿Un suicidio lo resuelve?

Por eso escribí NO QUIERO VIVIR SIN TI.

Sabía que era un tema tabú. Leí mucho sobre “el efecto llamada”, “el joven Werther”… y quise tratarlo desde un ángulo confuso y desmitificante.

¿A veces no nos precipitamos sacando conclusiones equivocadas? ¿No nos creamos problemas donde realmente no los hay? No estoy dudando de que existan gravísimos problemas con enorme dificultad para enfrentarnos a ellos. Pero, ¿no es también cierto que problemas que parecían irresolubles el tiempo nos demuestra que tenían solución?

Esta historia la he derivado hacia otras vertientes. La propia policía se encuentra en una encrucijada. Y los lectores permanecen unos instantes perplejos cuando llega el fin. La portada del libro es una buena clave para entenderlo.