Cual frustrado malabarista, Martín cogía con su mano derecha las manzanas, una a una, y con un impulso las  elevaba para pasarlas a la mano izquierda y ponerlas en el peso.

—¡Kilo y medio de manzanas para mi clienta favorita!  —entonaba mirando a  Mercedes, que en ese momento era su única clienta. 

            Martín giró el cuello para seguir con la mirada a unas jóvenes que entraban en su establecimiento. Volvió la cabeza de nuevo  y eligió  con la vista un melón, lo tomó con ambas manos, y tras  sopesarlo, presionó con el dedo pulgar los dos extremos.

            —Está perfecto para poderlo comer hoy —acompañó una sonrisa a sus palabras esperando la aprobación de la clienta, pero Mercedes, que no perdía al frutero de vista, lejos de darle el visto bueno, frunció las cejas y torció la boca mientras se quejaba:

            —¡Vaya miradita que les has lanzado a las jovencitas que acaban de entrar! A mi no me miras así, eso que soy, según acabas de decir, tu clienta favorita y, si me apuras, la mejor. ¡A saber que te comprarán ellas!

            —Doña Mercedes, no se me ponga celosa, sabe que la piropeo y la mimo todos los días, y que se lleva usted las más sabrosas manzanas y el más exquisito melón, lo mejor que tengo. Le guiño un ojo mostrándole de nuevo el melón.

            Martín llevaba viviendo en Madrid desde los diez años, pero todavía se dejaba acompañar por  el deje y la gracia andaluza que, junto a su buena planta, eran excelentes colaboradores en la batalla diaria con su clientela.

            Sin intentar evitarlo, sus ojos se escaparon de nuevo hacia aquellas dos bellas jóvenes que, por primera vez, habían entrado en su establecimiento.

 Doña Mercedes, movió la cabeza como el péndulo de un reloj acelerado, diciendo:

            —No tienes arreglo, ¡zalamero!, trae ese melón que ya te dejo para que atiendas a las jóvenes. Mira, una morena y una rubia, como en La Verbena de La Paloma. ¡Hay  si me hubieras conocido con  dieciocho años! Vaya chotis que nos hubiéramos marcao

            —Jajá, doña Mercedes, ¿pero tiene usted más de dieciocho?

            —Doña Mercedes rompió a reír enseñando unos dientes blancos y relucientes, que indicaban el esmero con que los cuidaba, al igual que su persona y toda su indumentaria. Pagó y se despidió observando descaradamente a su competencia.

            El frutero miró a las jóvenes más directamente, acentuando su sonrisa con ánimo de atenderlas.

            —¿Qué les puedo servir? Tengo todo tipo de frutas ­—les mostraba su genero,  señalándolas con el brazo extendido—,  y verduras, y…

            —No se moleste en hacernos publicidad de su género, no deseamos comprar nada —le cortó con sequedad la joven rubia, que parecía la mayor de las dos—, solo venimos a protestar. 

            Martín, con sus ojos castaños redondeados como platos, abrió la boca, bien formada, para después parpadear varias veces mostrando la sorpresa que le ocasionaba las palabras de aquellas no clientas.

            —Tampoco se esfuerce en ser amable o simpático con nosotras, sabemos que es un embaucador, a mi madre le ha vendido uno de sus productos que le ha ocasionado una colitis que a punto ha estado de irse  al otro barrio.

            —¿Yo? ¡Que yo!…  ¿Pero de qué habla?

            —El doctor nos ha dicho que la fruta tenía pesticidas muy fuertes.

            —¡No sería para tanto! —responde mientras se recupera de su sorpresa—. Y ¿por qué no han lavado la fruta como todo el mundo?

            Mientras la clienta rubia discutía con Martín, la morena recorría la tienda observando y tocándolo todo —cosa que Martín tenía completamente prohibido. Así lo expresaba un hermoso cartel. 

            —Las fresas también estaban mohosas.

            —Me extraña, pero si les ocurre de nuevo me las traen y yo las cambio sin ningún problema.

            —Los Kiwis estaban pasados.

             —Martín apoyó su mano sobre un hermoso melocotón, conteniendo las ganas de tirárselo a aquella “encantadora clienta”. 

Se dio cuenta de que empezaba a ponerse nervioso al advertir que aunque al apoyar su mano sobre la fruta, esta estaba dura, la mano empezaba a rezumarle parte de la pulpa del melocotón.

            —¡Ah!, y un hueso de melocotón se le atragantó y por poco se ahoga.

            —¡Pero bueno!, ¿también eso es culpa mía?

            —Si no se hace responsable de sus culpas, le vamos a demandar.

            —¡Jajá! —río Mario—, ¡ya entiendo!, es una broma para la tele.

            ­—No es una broma, cuando reciba la demanda se enterará de todo.

            A una mirada de la morena, de la que por unos momento casi se había olvidado, salieron las dos de la frutería levantando la cabeza, muy dignas.

            Martín se quedó sin comprender. No  apareció nadie con una cámara.  El chico  que estaba cruzando una y otra ver la puerta, y que parecía esperar  algo, tampoco se presentaba para decirle que estaban haciendo  un experimento televisivo. De pronto algo lo alertó y fue derechito al cajón del dinero ¡Solo quedaba las monedas!

            No lo pensó dos veces, cogió de la cesta de los melocotones uno con cada mano y salió corriendo del establecimiento. Divisó a cierta distancia al joven que había estado al otro lado de la puerta, y que, en ese momento se separaba de las no clientas y echaba a correr en dirección contraria a la de ellas, después de haber recogido un puñado de papeles de manos de la morena. 

            Martín también echo a correr en la misma dirección que el joven, acortando distancias. Cuando lo consideró oportuno le tiró con uno de los melocotones a una pierna, haciéndole  trastabillar, a continuación le tiro a la otra pierna con el que le quedaba, así consiguió lo que se proponía: que cayese al suelo.

            Lo alcanzó sin esfuerzo y se sentó sobre él sujetándole las muñecas con fuerza, mientras pedía que acudiera un policía. 

            —Devuélveme lo que me habéis robado si no quieres que te rompa la cara de imbécil que tienes —el ladrón observó los fuertes puños que lo sujetaban y antes de que se hiciera realidad la amenaza le prometió que le iba a devolver todo lo que llevaba encima.

            Martín le dejo libre un brazo, sin cambiar de postura.

            El ladrón se llevó con dificultad una mano al bolsillo y sacó un puñado de dinero totalmente arrugado. Se lo devolvió a su dueño.

            Martin se asombró al advertir que un policía había entrado en la escena. Pronto se hizo cargo de la situación, y al considerar que aquello no era un robo casual, sino uno de los mucho que estaban ocurriendo en distintos barrios de Madrid, con el mismo modus operandi, agradeció a Martín su valentía por arriesgarse  a detenerlo. Eso sí, después de tomarle todos los datos necesarios y algunos más, por si acaso…