De nuevo en casa.

El paisaje que puedo admirar desde mi terraza me parece idílico, no es necesario saber que detrás de esas frondosas y altaneras palmeras está el mar. Siento que está ahí: activo, beneficioso, a veces osco y oscuro y muy de tarde en tarde enfadado y violento. No es necesario verlo para sentir la paz y serenidad que me aporta porque todo él paisaje que admiro está impregnado de MAR. Ya solo por eso, doy gracias al Hacedor del Universo.

Cuando regreso a este lugar, no hay nada más importante que salir a esta terraza, respirar profundamente y empaparme de todas las intensas y profundas sensaciones que  despierta en mí este aire impregnado de mar y esta magnífica vista.

A la derecha, muy, muy al fondo, una montaña que, desde mi posición, parece pequeña, pero que emerge de un grupo de altísimas palmeras salpicadas por  árboles rosáceos y entre ellos se deja  adivinar alguna vivienda de especial albura cuando el sol la mira. De frente, todo  un verde palmeral que, formando una barrera, trata de defender ese mar de las miradas ansiosas de posibles voyeristas.

Me gusta creer que han sido las palmeras de manera espontánea las que han decidido  proteger  el mar de esas miradas anhelantes, e indiscretas.  Tal vez por presunción narcisista—solo ellas pueden apreciar su propia esbeltez y belleza al mirarse en esas aguas—, tal vez por celos, o por otro motivo cualquiera que se me escapa. El por qué no cambia nada.

A la izquierda, una urbanización cuyos edificios parecen dos filas de guerreros enfrentados, haciendo guardia junto al mar para vigilar a quienes  quieren llegar hasta su orilla.  Están separados  por más palmeras, plátanos y otras plantas tropicales que cercan una piscina rodeada de su correspondiente césped —esta parte central es la que me permiten ver el mar al fondo.

Solo en momentos muy concretos lo observo por esa franja de mi izquierda, porque siendo  y sintiéndolo tan inmenso, no puedo dejar que mi cerebro recoja una imagen tan limitada. Me gusta observarlo cuando veo que el sol consigue reflejarse en ese lugar y le arranca intensos destellos; entonces no pienso que es un trocito minúsculo de mar, sino un inmenso y galáctico espejo colocado en la tierra.

Una vez que he dejado pasear mi vista, muy despacio, de izquierda a derecha, y he logrado impregnarme de todas las sensaciones  que me inspira este lugar, siento que estoy en total harmonía con el mundo y experimento una felicidad intensa y serena que absorben y desprenden todos mis poros.

En este paraje no se advierte el cambio de estación. El exultante verde esmeralda de las palmeras no esta sujeta a mudanzas de color. En esta vista no aparecen los tonos amarillos, ocres o rojizos que anuncian el cambio de estación.  La llegada del otoño.

No es que no me gusten esas tonalidades, me parecen preciosas y hasta puedo admirar durante horas un bello paisaje otoñal, pero prefiero contemplarlas sabiendo que me iré pronto a otro lugar donde luzca el sol en la playa.

El otoño ya ponía en mi vida un ligero y transparente manto de melancolía cuando yo era muy joven.

Sin embargo, las palmeras me recuerdan alegres lugares que he visitado y de donde no me quería ir. Lugares donde trataba de empaparme del paisaje, de aprehenderlo y llevarlo conmigo de vuelta a mi ciudad, porque aquello era una visita que seguramente no se iba a repetir.

Ahora salgo a mi terraza y aún sabiendo que puedo continuar disfrutando de esta vista muchos días, también trato de capturar todas esas  sensaciones que he descrito: la alegría, paz y serenidad que experimento con cada profunda aspiración.

Aspiro intensamente, sabiendo y sintiendo que el aire lleva un poquito de mar, besos de palmeras y mensajes de otras vidas exóticas que me gustaría ser capaz de reflejar en mis textos.