La primera vez que lo vi fue en el tren. 

                  Saqué mi billete tarde y tuve que aceptar uno de esos asientos enfrentados tan incómodos si no los compartes con amigos o familia. Viajaba sola y  asumí que  las personas con las que iba a coincidir en aquel espacio para cuatro, podían perturbar lo que para mi era un placer, o, con un poco de suerte, ser causa de entretenimiento. 

                  Cuando subí al tren, mi predisposición era no consentir que nadie estropease un viaje que me resulta siempre tan placentero.

Ocupé mi lugar al lado de la ventana, pronto un joven ocupó el suyo a mi izquierda, se colocó unos cascos —buen comienzo, me dije—. Casi a punto de arrancar el AVE, los asientos que tenía enfrente permanecían vacíos. Por si acaso no quise ilusionarme con la perspectiva de verlos desocupados todo el viaje, e hice bien, porque en ese preciso instante un padre que, casi seguro, no había cumplido los cuarenta, aterrizaba  en el lugar destinado a los equipajes y comprobaba con cierto alboroto que no había sitio para su abundante bagaje.

                  Lo primero que hizo, una vez descargados los bultos con la ayuda de una  azafata, fue tratar de acomodar a sus dos niños. Dejó al de cinco años sentado junto a la ventana. Le encomendó el cuidado de su hermanita de once meses (las edades las supe más tarde). Una bebita graciosa de sonrosadas carnes llenas de lorzas, con una sonriente  y preciosa carita, muy en concordancia con sus rollizos muslos. Estaba para comérsela, la verdad.

                  El padre, no muy alto, pero de fuerte complexión; puso en los brazos del niño a su hermanita, y éste, sin protestar, más bien con aire de persona responsable, la agarró por donde pudo —que no era precisamente el más cómodo para la bebita—. La niña, sin duda debido a las posturas a que le obligaba su abnegado hermano daba muestras evidentes de su incomodidad, y comenzó a protestar sin demasiado entusiasmo, mientras el padre, que buscaba espacios para todo su equipaje, se limitaba a decir en un tono cordial y sin mirarlos:

                  —Coge bien a tu hermana.

                  El niño trató inútilmente de buscar una forma mejor de sujetar a su hermanita sin que esta se quejase, pero no había manera. El cambio de postura no pareció muy acertado o cómodo porque la niña comenzó a llorar, pero lo hacía como por compromiso; vamos, con pocas ganas.

                  Yo los miraba sin ánimo de intervenir, pero en pocos minutos había pasado del disfrute de ver a dos niños que me recordaban a mis nietos, a sufrir por las posturas imposibles de la pobre bebé. 

                  Su hermano tan pronto la sujetaba pasando el brazo por su enlorzado cuello —dando la sensación de que la iba a ahogar—, con todo el cariño, eso sí, como le ponía una mano tapándole un ojo y la nariz, o intentando sujetarla cambiando de postura porque se le vencía hacia el brazo de su butaca. La niña empezó a llorar, ya con decisión, y el padre continuó diciendo en el mismo tono calmado:

                  –Coge bien a tu hermana.

                  La bebé subió tanto el tono del llanto que el padre debió de sentirse en la obligación de cogerla en sus brazos, y de esta guisa trató de colocar la silla plegable en el porta equipajes, sobre nuestras cabezas. El padre no cambió su tono al decir: 

                  —Vamos a colocar la silla aquí.

                   Pero… misión imposible. Con la niña en brazos no se podía estirar lo suficiente.

                  Al verlos juntos, observé el gran parecido que había entre ellos: cara redonda, pelo muy negro… también el niño era moreno, pero de rostro ovalado

                  Contra lo que me había propuesto, me dirigí al padre para decirle que me permitiera sujetar a la bebita mientras el colocaba su equipaje. Casi sin terminar mi proposición tenía a la niña en mis brazos mientras el padre decía sonriente:

                  —¡Disfrútela un rato! 

                  Para mayor comodidad de la niña, la senté en la mesa mirándonos de frente, la niña que había dejado de llorar desde que paso a los brazos de su padre, continuó en calma y sonriente. Apreté con ganas sus rollizos brazos como si fuera una masa apetecible de amasar, después estrujé sus muslos, y acaricié sus abundantes papitos. ¡Qué rica! —dije.

                  El padre, al terminar de colocar sus bártulos, dirigió hacia mí su mirada, y yo, interpretando ese movimiento elevé a la niña tratando de entregársela, pero él, impertérrito, con la misma calma que había mostrado hasta entonces me dijo:

                  —No. ¡Disfrútela!, voy a la cafetería.

Le entregó a la niña un juguete de trapo que ella cogió sonriente, y después se dirigió a su hijo: tú pórtate bien, ahora vengo, cuida de tu hermanita. 

                  Pasó el tiempo y aunque la bebé no dio más guerra que la que le correspondía empecé a pensar que tal vez se había bajado en alguna estación, inmediatamente recordé que ese AVE no paraba en las primeras dos horas del viaje. En el tren seguro que continuaba.  El niño debía estar acostumbrado a esperar sin prisas a su padre, porque enseguida sacó una Tablet, la encendió, y sin titubeo comenzó a jugar a esos juegos de niños: DragonCity,  My Singning Monsters, etc. a todo volumen. Alguien le preguntó si no podía bajar el tono y el contestó que no sabía. El joven que estaba a mi lado y parecía no enterarse de nada, se quitó los cascos y se ofreció para hacerlo, pero el niño pareció no fiarse demasiado y no se lo permitió. La niña comenzó a tirar el pequeño juguete de trapo que llevaba en la mano y de nuevo el joven intervino cogiéndolo y dándoselo a la bebé una y otra vez, en un claro alarde de paciencia. Y así se fueron pasando los muchos minutos… 

                  Al fin apareció el padre  con un vaso en la mano, sin ningún comentario ocupó su butaca, el niño quiso probar el líquido que tomaba su padre, pero él le aseguró que contenía alcohol y no podía dárselo a probar. A la niña le hizo desde su asiento unas cuantas carantoñas con una mano, mientras con la otra sujetaba el vaso que se llevaba con cierta frecuencia a los labios. Yo empezaba a sentir cierta indignación además de los brazos doloridos, la niña, que también debía estar cansada y no paraba de moverse inquieta, tal vez deseando volver a los brazos de su padre, empezó a protestar a su estilo, sin muchas ganas y sin llegar a llorar.

                  Yo, que no veía al padre con mucho entusiasmo por llegar a recuperar a su hija, tras pensarlo un momento, apunté que la niña parecía cansada o tenía sueño. Él trató de relajarme, pasando ya al tuteo:

                  —Tranquila, estoy esperando que se canse un poco más para darle la merienda y así el resto del viaje lo hace dormida.

                  ¡Yo no me lo podía creer! 

                  Mucho más tarde, un azafato pasó ofreciéndonos las toallitas húmedas, y otro, el díptico de lo que iban a dar de merendar. Me limpié las manos sin soltar a la niña y el padre siguió mirándola con simpatía y tomando el líquido de aquel vaso, que parecía durar como si fuese mágico y no tuviera fondo.

                  Cuando se  acercaron con las meriendas y vi que el padre, se disponían a dar buena cuenta de la merienda, levante en brazos a la niña y directamente se la pasé al padre diciendo: es una ricura de criatura. Siento tener que devolvérsela, pero voy a tomar la merienda. 

                  ¡Menos mal que no la rechazó, que era lo que me temía!

                  Terminé la merienda casi al mismo tiempo que la bebé su potito. Entrecerré los ojos; un poco para indicar que pretendía descansar, y un poco más para evitar que me hiciera más favores aquel padre tan amable. Él, después de echar un vistazo a su entorno, colocó a la niña en la mochila, tipo canguro, y fue como si la hubiera anestesiado, se quedo dormida en el acto. 

                  A partir de ese momento pude observar, discretamente, al padre. Se llevaba con frecuencia una mano a la cabeza, los dedos, cual si fueran púas de un enorme cepillo, recorrían su pelo negro ligeramente rizado. Tal vez fuese un tic, pero no parecía nervioso. De vez en cuando contestaba a las preguntas de su hijo sobre el tiempo que faltaba para llegar, aunque la mayoría de la vez le decía: no te pongas pesado, no des guerra, y cosas por el estilo. El juego continuaba en sus manos haciendo a veces un ruido infernal, pero era evidente que eso al padre no le molestaba en absoluto.

                  El parecido con la bebé ya me había quedado claro, pero a pesar de su cara, más bien redonda, no estaba gordo, de cejas muy pobladas, sin que sus pobladores se hubiesen ido a vivir fuera  del poblado. Ojos oscuros como del montón. Me pareció que el único rasgo a destacar estaba en su boca: el labio superior delgado, en claro contraste con el inferior, parecía desbordarse desde el interior hasta media barbilla. Pensé que eso le daba un toque displicente, muy en consonancia con su actitud. O ¿tal vez era al contrario? 

                  Antes de llegar a destino una azafata vino a ayudarlo. La niña seguía dormida en idéntica postura que al colocarla en la mochila.

                  Salieron los primeros. No hubo disculpas hacia nadie, ni tampoco un gracias. 

                  Lo recordé más tarde. Cuando en la parada de taxi lo vi de nuevo junto a una señora, más o menos de mi edad, que tenía a la niña en brazos y dándole la mano al niño, a quien animaba para que entrase en el primer vehículo, mientras el taxista acababa de meter unos bultos en el maletero.

                  ¿Se estaba despidiendo? Le oí decir:

                  –No te preocupes mamá, disfruta de tus nietos y no me esperéis a cenar. ¡Ah!, si no te importa, no me despiertes a desayunar, necesito dormir, el viaje ha sido agotador.