A todas las profesoras que saben entender y cuidar tan bien, y con tanto afecto a nuestros niños y niñas, desde sus primeros pasos en la escuela o en “el cole”.

Javier apenas puede moverse, le tiemblan las piernas, siente que algo le quema por dentro, más o menos a la altura del estómago, es allí donde se lleva las manos. Mira con los ojos muy abiertos, como incrédulos, la actividad y la alegría de sus compañeros. Él no puede seguirlos, no está contento y además siente un dolor como cuando se come media tableta de chocolate; pero el no ha comido chocolate, ni helado; que también a veces come demasiado y le sienta mal. 

No  sabe qué es lo que le pasa. Pero eso no le impide sentir lo que siente. Aunque tampoco sabría explicar qué es lo que siente.

Todos su compañeros de infantil están alborotados.

—! Es el último día de clase!

Dicen entre gritos que ya no tendrán que madrugar en todo el verano. Alguno asegura dando saltos mientras ríe, que se irá de vacaciones a la playa con sus padres, otros cuentan que irán a ver a sus abuelitos al pueblo. ¡Bieeeen! —exclaman otros.

Para Javier no es solo que hoy termina el curso, es que sus padres, que llevan tiempo deseando cambiarse de casa, quieren aprovechar las vacaciones de verano para hacerlo — tendrán que trasladarse  a otro barrio—. Le han asegurado, que en la zona elegida hay un colegio, “más adecuado para él y  para el estilo de vida de la familia” —Javier no comprende el significado de aquella justificación. Él cree que significa “mejor”, pero no lo acaba de ver claro —.  Según sus padres, al terminar infantil como ya tiene seis años, es un buen momento para cambiar de colegio.

Lo que sí comprende Javier con toda claridad, es que hoy es el último día que se va a encontrar con aquellos amigos y con aquellas profesoras,  y sobre todo con  “su seño”, a la  que tanto quiere y  la que tantas cosas le ha enseñado. Se lleva las manos a la barriga, y cruza las piernas como si necesitara ir al baño.

A los amigos que tiene más cerca, les pregunta con una vocecita que apenas le sale del cuerpo, porqué están tan felices, si no se van a volver a ver. Los grandes ojos de Javier se humedecen al decirlo.

Tener que decirles adiós le produce algo parecido, pero más fuerte, a cuando tiene que abandonar su juguete favorito, porque se le ha roto de tanto usarlo, y tiembla como si un escalofrío recorriera  todo su cuerpo. El lo identifica con la necesidad de ir al servicio,  pero ahora no puede ir, le toca a él subir a la tarima dónde las profesoras les despiden con un consejo y un abrazo. Sube y cruza  las piernas cuando está frente a “su seño”, tiene que aguantar un poco. 

                  Sí, aún puedo aguantar   —piensa—.

“Su seño” le coge de la mano en ese momento, le dice que ha sido un muchacho excelente. Afirma que ella no lo olvidará

                  ¿Vendrás a verme algún día? —le pregunta.

Javier siente que algo se desmorona en su interior, y cuando le va a contestar advierte que un líquido caliente está descendiendo por sus piernas. Mira al suelo con pavor y comprueba que a sus pies se está formando un pequeño charco. Cruza con más fuerza las piernas, pero  ya no puede contener el fluido. Mira a  “su seño” como pidiendo socorro. Ella lo observa sorprendida, sin entender el  SOS. que le está enviando, hasta que la risa de unos niños y los dedos que lo señalan le descubren lo que está ocurriendo.

Javier rompe a llorar desconsolado. 

 ¡Demasiadas emociones Javier, para tu tierna sensibilidad!    —piensa “la seño”—.  Inmediatamente, se quita la bata  del colegio, donde aparece su nombre, Mª José y pide a una compañera que le traiga una bolsa de plástico de su taquilla. Trata de esconder el cuerpo de Javier con el suyo, para evitar las burlas de otros niños. Seca a Javier con su bata y después  la deja caer con disimulo al charquito. Consuela a Javier con un abrazo y le dice que no pasa nada. Mete su bata mojada en la bolsa que le ha traído su compañera y acompaña a Javier al baño. Una vez allí, saca de la mochila la ropa de recambio que la mamá de Javier siempre le pone, en previsión de posibles contingencias, y se lo da, diciendo con dulzura: 

 —Te espero fuera, tranquilo. No pasa nada —insiste pasando su mano por la cabeza de Javier y tratando de calmarlo —, cámbiate y sal, yo estaré en la puerta.

Pasa el tiempo, Mª José considera que más del que parece necesario, da unos golpecitos en la puerta y entra en el baño. Javier se ha cambiado, pero está en un rincón llorando  silenciosamente entre hipos. Mueve la cabeza negativamente . No quiere salir. 

“La seño” entiende que es el último día que está con sus amigos y no quiere que lo recuerden así. O tal vez es él quien no quiere recordar a sus amigos riéndose mientras lo señalan. 

Es tal el desconsuelo que, por primera vez, Mª José, aquella buena profesora, no sabe qué debe hacer.

En cuclillas  y tomándole las manos, trata de explicarle que ha sido la emoción del momento la culpable de su incontinencia, y no debe sentir vergüenza, porque eso solo demuestra lo grande y sensible que es su corazón.  Ella está muy orgullosa de “su Javier”.

—Es posible que no te comprendan todos los niños, pero, por esos no merece la pena que te preocupes.

Javier se va calmando y al fin accede a salir del baño. Un grupo de niños lo señala, pero otro grupo más numeroso se acerca a él para abrazarlo y despedirse, todos le piden que vuelva cuando empiece el curso y que los invite a su nueva casa. Quieren conocerla.

Javier se siente más tranquilo.

¡Tal vez la despedida no es para siempre! —piensa, mientras deja salir el último hipo.