Desde la puerta del pequeño salón, Ana miró el descuidado jardín de su casa. Siempre había deseado tener un jardín y mimarlo. Cuando adquirieron el pequeño apartamento ubicado en la planta baja de un humilde edificio, se sintió muy feliz y deseó llenarlo de plantas que diesen flores de todos los colores.

Destinaría una parte con césped en el centro para poner una mesita con dos sillas: una para su marido y otra para ella, dejaría un espacio para poder colocar una toalla sobre la verde yerba, allí se tumbaría a tomar el sol al terminar con las tareas del hogar, mientras esperaba la llegada de su marido para comer y el resto del reducido espacio lo llenaría de hermosas flores que cuidaría con mimo.

Pensó que hacía tiempo que había olvidado este propósito. Cierto que, en una de esas escasas ocasiones en las que la melancolía la avocaba a recordar sus intenciones de recién casada, se había dedicado a plantar unas violetas y unos bulbos de narciso en un lateral del  marchito césped, pero las violetas estaban mustias y los narcisos no daban señales de vida.

Antes de salir al jardín su vista tropezó con varios elementos desperdigados por el salón, pero una enorme desgana la invadía, y  se dijo como disculpándose consigo misma que no se sentía con energía, tampoco le apetecía ponerse a recogerlos en ese momento y empezar a colocarlos en su sitio, ya lo haría después de tomar el sol. Necesitaba algo de calor.

Se tumbó en la toalla sobre el deslucido y duro césped. Mientras pensaba miraba las formas caprichosas de las nubes y su lento discurrir por el espacio, compartido, muy de tarde en tarde, tan solo por algún avión. Unos minutos más tarde, una llamada desde el móvil interrumpió sus taciturnos pensamientos.

Cuando colgó fue consciente de que el mundo había dejado de girar. Las formas de las nubes, como de algodón blanco: un oso, un cocodrilo, un carro…, de repente, se empezaron a descomponer hasta adquirir formas  grises,  inquietantes, que no se acababan de definir.

Necesitaba pensar, tenía que aclarar el significado de aquellas palabras que su marido había pronunciado por teléfono. Ella había colgado sin dejarle terminar. Se había sentido tan mal al escucharlo que fue incapaz de mantener con él una conversación con sentido:

—Hola amor —le había oído decir a través del teléfono—, ¿quedamos en el mismo sitio de siempre para comer? Estoy deseando verte de nuevo, besarte y decirte…

—¡¿Guillermo?!  —había gritado asustada, a la vez que abortaba  la frase que pretendía decir su marido—. Creo que te has confundido, ¿Con quién crees que estás hablando?

—Con mi querida esposa, ¿Con quién…

La voz de su marido había sonado tan alegre como cuando lo conoció, como cuando se casaron y fueron a ocupar aquella casa con un pequeño jardín, que a ella le sugerían mil alegres posibilidades. ¡Hacía tanto tiempo que no escuchaba aquel tono feliz e ilusionado!

Ella colgó sin dejarle seguir, incapaz de soportar la terrible revelación que acababa de sufrir:

¡Su marido tenía una amante!

Era con ella con la que creía que hablaba. Lo había pillado infraganti. La llamaba para quedar a comer.  Y no era la primera vez, por lo que había escuchado.

El teléfono sonó varias veces, pero ella solo lo cogió para cerciorarse de que era su marido el que insistía. Entonces volvía a dejarlo sobre el áspero césped.

Las nubes, cada vez más oscuras y abundantes, pugnaban por cubrir el sol.

Si echaba la vista atrás, recordaba su hastío por la monótona vida que llevaban. No salían juntos de casa más que los domingos para ir a misa. Volvían  a comer después de dar un paseíto.  Sin parar en una cafetería para saborear un cafecito de esas cafeteras que destilaban un delicioso brebaje, tan distinto del que ella hacía con su “Melita”, o sentarse en una terracita al sol y tomar un aperitivo.

Antes de recibir la horrible llamada, estaba pensando precisamente que aquello no era vida. Deseaba cambiarla  y no veía la forma de hacerlo.

Su marido acababa de darle un motivo para ese cambio y, puesto que para su marido el amor se había acabado…

Una arcada  dio comienzo a sus nauseas. Se volvió de costado, la sensación de mareo le impidió levantarse.

Pensó, mientras se mordía los nudillos de sus dedos índice y anular, que su marido no gastaba ni un céntimo en invitarla, y a la otra la iba a llevar a comer… ¿Cuánto tiempo llevaría invitándola? Los pinchazos en su abdomen la hicieron  doblarse por la cintura y recoger las piernas. Agarró las hierbas que tenía más cerca, las arrancó y las golpeó una y otra  vez.

¿Cuándo había invitado a comer a su querida? ¿Después o antes de comer en casa? Porque Guillermo comía en casa todos los días, ¡y con qué apetito!

—¡Siento rabia! —dijo, alzando la voz—. Todos los días después de comer Guillermo descabeza un sueñecito frente al televisor. ¿Cuándo come con ella?  ¿Antes? ¿Y qué come para llegar a casa con tanto apetito? Lo a gusto que se le veía en su butaca mientras dormía. ¡Cómo me ha engañado!

De pronto sintió deseos de retroceder en el tiempo. Los dolores de cabeza. Su cansancio. Excusas para no tener una relación íntima. ¡Qué pereza! Realmente no lo deseaba. Ahora sin embargo sentía la necesidad de recuperarlo.

Pero qué estaba pensando, ¿es que  no tenía amor propio? ¡Pero si lo odiaba! En cuanto llegara le obligaría a hacer la maleta y salir de la casa para siempre, no había hijos que pudieran echarlo en falta, así que … ¡a otra cosa! Se vería libre de él y empezaría una nueva vida: iría al cine, se sentaría en una terraza para tomar el aperitivo. ¿Por qué no le producía ninguna satisfacción la idea? —Absorta en sus pensamientos no se dio cuenta de lo que presagiaban los negros nubarrones.

Sintió que el frío y la humedad del césped le calaba hasta los huesos. No, ¡el césped no podía estar húmedo! Al fin fue consciente de que estaba lloviendo. Estaba lloviendo y se estaba mojando.

Se levantó con rapidez, dio una patada en el suelo queriendo destruir el inexistente jardín y sintió dolor en la planta del pie, se le había clavado una pequeña astilla, se agachó para arrancársela, y antes de enderezarse  agarró la hierba, para tirar de ella con todas las fuerzas, mientras sus dientes chirriaban. Repitió con más fuerza varias veces, arañándose las manos. Entró al fin en la casa dando un fuerte portazo que hizo temblar los cristales.

Allí seguía la toalla, las zapatillas, la taza de café… Cogió la taza y la estrelló contra el suelo. Temblaba. Encogió los pies, para sentarse sobre ellos en el sofá, cruzó sobre el pecho los brazos y los agarró con fuerza para evitar seguir temblando.

Oyó las llaves en la puerta. Vio aparecer a su marido. Trató de superar la indignación y el dolor, que no le permitían arrancar a hablar, para decirle que se fuera para siempre de su lado, que no lo quería volver a ver. Pero él, sin dejarla hablar, se acercó con los brazos abiertos, mientras le decía:

—¿Qué le ha pasado a tu teléfono?  ¡No he podido contarte la buena nueva! ¡Pero estás calada! Voy a por una toalla, veo que te ha pillado la lluvia en el jardín, ¿no? —entonces advirtió la toalla que descansaba sobre el sofá desde el día anterior, la tomó y comenzó a secarle la cabeza con brío —. Quería decirte… —la miró a los ojos escrutando su lánguido rostro—. Quería decirte que no, que no quedamos en el mismo sitio de todos los días, que hoy te invito a comer en un restaurante para celebrar que… ¡me han ascendido! Ya no tendremos que hacer tantos sacrificios para economizar cuatro euros, a partir de hoy podremos ir algún día al cine y tomar alguna tapa los domingos. Qué feliz me hace poder darte algún capricho. Sé como te gustaría sentarte en una terraza para tomar algo. Nunca te has quejado, pero veo tu cara cuando miras a las parejas sentadas al sol. Se me parte el alma. ¡Has sido tan sacrificada, y sin quejarte! Qué suerte he tenido casándome contigo. ¿Lloras? Estas emocionada como yo. Ven que seque también tus lagrimas.

Había parado de llover, el césped brillaba, las violetas se habían recuperado y los narcisos pugnaban por hacerse un hueco entre la tierra.

Fin.