Una abuela primeriza, a su nieta, en su tercer cumpleaños. 

Dejadme que os presenta a la protagonista de esta pequeña historia. Se llama Carmen.

Seguramente tú conoces a alguna Carmen: tu hermanita, una prima, o una amiga, o tal vez tu misma te llames Carmen. 

Pues bien, Carmen es una niñita que en el momento en que empieza este relato acababa de cumplir dos años.

Carmen tiene la tez blanca y el pelo rubio, pero veréis, es un pelo tan fino y brillante que parece estar compuesto por fibrillas de oro.

Cuando el sol sale le gusta hacerse el encontradizo con  Carmen. Primero para disfrutar de su sonrisa, que le da alegría para el resto de su jornada de trabajo, y segundo, porque él,  que es muy coqueto, al descansar sobre su pelo parece más resplandeciente. Por eso el sol sonríe cuando la ve paseando por la calle con sus papás, y sin pensarlo dos veces, se posa en su cabecita despidiendo lindos destellos. 

Cuando el cielo está lleno de nubes, el sol trata de empujarlas, intenta hacer un pequeño hueco para poder ver a Carmen.

Unas veces lo consigue y saca sus largos brazos en forma de rayos de luz por la pequeña abertura que con tanto esfuerzo ha conseguido. 

En estos casos se limita a acariciar su cabecilla dulcemente.

Pero otras, las nubes se muestran especialmente duras y espesas, y el sol llora, de—solado, ante la imposibilidad de encontrarse con Carmen, pero entonces, las nubes se ponen a tirar agua para disimular y que así nadie sepa que también el sol puede humedecer la tierra con sus lágrimas.

—!Estaría bueno! —dice una nube que tiene fama de gruñona y reivindicativa —, !esa no es una función solar! ¿Qué diría el sol si nosotras empezáramos a dar luz y calor? —Y mientras lo dice, se esponja, haciendo que aumente la cantidad de agua que manda a la tierra, o sea, arreciando la lluvia. 

Carmen tiene, además, unos hermosos ojos azules que parecen dos inmensos lagos, donde uno al verlos, le gustaría coger su barca y ponerse a remar para estar en ellos y apreciar en toda su plenitud esas chispitas de alegría que se escapan destellantes de esos ojos.

¡No os confundáis!, se escapan porque no caven todas dentro, !es tanta la alegría que tiene! 

Sus ojos, como los tuyos y como los de todas las personas que conocéis, son un par de ventanas desde donde puede ver todo lo que hay a su alrededor. Esas ventanas tienen unas persianas llamadas párpados que, por cierto, resultan muy prácticas en cantidad de ocasiones, por ejemplo: para echar la siesta. Ya sabéis, bajas las persianas y ya no ves la luz, ni los juguetes que hay en la habitación, ni … bueno, ni nada que te distraiga, y así puedes descansar plácidamente de tanto jugar. Y cuando las levantas, puedes empezar de nuevo a jugar con más brío, si eso fuera posible .

!Pues bien! Las persianas de Carmen están rematadas, por unas pestañas… ¡Ya!, ya sé que como todas. Pero es que las de Carmen son de un tamaño y una espesura que, cuando se despierta y las abre y las cierra mientras se despereza, se levanta una especie de airecillo, que recuerda a la fresca brisa de una  primaveral y soleada mañana. Entonces muestra esos enormes ojos azules de los que ya os he hablado. No es de extrañar que sus papás y abuelitos deseen estar en ese momento lo más cerca posible de Carmen.

La boquita de Carmen completa el conjunto armonioso de su linda cara con una sonrisita, casi perenne, que permite contemplar a  dos de sus graciosos dientecillos que se asoman tímidamente. Ellos están muy, pero muy orgullosos de formar parte de esa carita tan linda  y quieren que todos lo sepan. Pero son tan vergonzosos… 

Cuando habla, unos cascabelillos se mueven en su garganta emitiendo una especie de musiquilla tintineante, a veces… un par de notas más alto de lo que cabría esperar, o más bien, desear.

!Ah! casi me olvido de la nariz; me ha pasado como a sus papás. Es que la nariz de Carmen … parece apenas  un proyecto.

¿Sabéis cómo camina Carmen? Apenas pone los pies en el suelo. Al menos esa es la impresión que da. Yo creo que solo apoya las puntas de los pies, como si cada pie estuviera impaciente por pisar y le dijera al otro: “ya vale, deja que me apoye yo”, y claro, no le da tiempo a apoyarse del todo en el suelo, eso que son muy pequeños, minúsculos. Bueno, tal vez no sea  ese el motivo, pero lo cierto es que su andar parece el inicio de unos pasos de ballet, o tal vez se asemeje a una pequeña gacela, o a  un cervatillo saltarín cuando corre brincando, pretendiendo alcanzar a su mamá la cierva. ¡Carmen! Es tan chiquitita y armoniosa, tan alegre y juguetona…

EL COLE

            Pues empiezo la historia que pretendo contaros.

 Al cumplir dos años,Carmen empezó a ir al baby —bueno a ella le gustaba decir que era un “cole”.

Carmen le encantaba ir al “cole”, coger su mochila, su bata y de la mano de mamá caminar con esos saltitos que hacían bailar su lindo pelo, para mostrar así la alegría de su amita Carmen

Allí, en el “cole”, aprendía muchas cosas: a dibujar y pintar, a contar, a conocer los colores y las formas, y sobre todo a cantar canciones.

 A Carmen le gustaban tanto todas las canciones, que se las aprendía con rapidez, para cantárselas a sus papás y a sus abuelitos. También le gustaba bailar, por eso, a la vez que cantaba se movía suave y rítmicamente al compás de la canción.

Carmen no solo cantaba las canciones del “cole”, también se había aprendido algunas que le cantaba su abuelita —ella la llamaba “yaya”—, y bailaba al ritmo que le marcaba la canción de turno. 

¡A ver!, No es que su “yaya” cante muy bien, ¡que va!, pero a ella  le gustaban sus canciones, sobre todo la de “La hormiga Titína” y cuando su abuelita decía: “y Titína, zás, se cae para atrás,  y Titína, zás, se cae para atrás, del susto no ma- a- as ”, Carmen se doblaba hacia atrás hasta casi tocar el suelo con su rubia melenita.

Lo más gracioso era cuando lo hacía en la sillita de paseo y sus esfuerzos por simular que se caía para atrás hacían reír a los que la contemplaban. Para su abuelita no había nada más divertido.                                               

Carmen tiene muchos amigos; todos los de su “cole”. Pero, además, tiene primos y primas, y a todos los quiere mucho, especialmente a sus primas María y Aniana. María es de la misma edad que Carmen, solo se llevan cinco días, por lo que se entienden especialmente bien. El problema es que, a veces, quieren las mismas cosas al mismo tiempo, lo que hace tomar decisiones salomónicas a sus pacientes padres, pero… se quieren tanto, tanto, que lo habitual es que la sola idea de pasar una tarde juntas les llene de entusiasmo. Aniana es más pequeña, por eso sus primas se sienten unas veces protectoras y otras… superiores y mandonas.

Pero no importa, porque les encanta permanecer juntas.

EL REGALO

Los papás de Carmen querían hacerle un regalo muy especial para Reyes: ¡un hermanito!

Carmen esperaba muy ilusionada su llegada, su mamá la acercaba a su abultado vientre mientras le decía:

–Pon aquí la mano, sentirás cómo se mueve tu hermanito, ¿notas que patadas está dando? y Carmen reía alborozada cuando sentía el brioso empujón de su hermanito en su pequeña mano.

—Me ha dado una patada ja, ja. ¿Cuándo va a salir mi he‑manito? —preguntaba impaciente. 

—Para Reyes —decían sus papás.

Mientras esperaban la feliz llegada del hermanito, pensaron en qué nombre le pondrían, y, tras mucho discurrir, decidieron por unanimidad que el hermanito debería llamarse Diego. 

Por fin llegó el día de los Reyes Magos, y Carmen recibió un montón de regalos por parte de los Santos Reyes, pero su hermanito no llegó ese día.

¿Que había pasado?

Pues que los papás de Carmen eran tan meticulosos, que después de terminado el hermanito lo estuvieron repasando cuidadosamente,  no fuera a ocurrir que se dejaran algún detalle sin terminarlo bien,  bien, lo que se dice bien. 

!Por fin quedo terminado a gusto de tan exigentes padres!

Nació el día ocho de enero. Realmente era un bebé precioso y Carmen esperaba impaciente la aparición de su mamá en  casa. El instante de conocer a su hermanito. 

¡Al fin había llegado el momento! Carmen lo esperó en la misma puerta de su casa, lo miró con sus preciosos y enormes ojos abiertos de par en par, sin permitir, ni por un instante, que sus párpados levantaran la más ligera de las brisas en su gracioso parpadeo. ¡Estaba tan nerviosa! Quería coger su regalo, y sus papás no se lo daban del todo, solo podía tenerlo mientras su papá lo sujetaba. De pronto, el  hermanito empezó a llorar. Carmen se puso seria, y tras un instante durante el cual podía advertirse su enorme preocupación, preguntó a su hermanito, mientras hacía sonar todos los cascabelillos de su garganta en un tono grave:

Riego ¿ po‑qué  roras?  ¿eztás t‑iste?

Toda la familia que se encontraba expectante presenciando el esperado encuentro, no pudieron evitar la risa.

Su mamá dijo: 

—No, no está triste, lo que ocurre es que tiene hambre, tendré que darle de comer.

 Casi sin terminar la frase, Carmen se puso en movimiento. Entraron en el salón donde ella tenía sus juguetes y entre ellos una cocinita que los Reyes le habían traído. Cogió una sartén de plástico y metiendo en ella un huevo frito del mismo material, se acercó a su hermanito diciendo:

Riego ¿ te guzta ezte huevo ?–—sin esperar respuesta comenzó un desfile de toda clase de productos comestibles (si no hubieran sido de plástico), mientras preguntaba incansable—: ¿Te guzta ezto Riego?

Mientras, mamá se preparaba para dar de comer a Diego algo más adecuado a su apetito.

Lo cogió suave y amorosamente, lo acurrucó entre sus brazos y Diego empezó a tomar su alimento del pecho de mamá. Carmen miraba la escena sin perderse ni un solo movimiento de ambos. Papá, que quería inmortalizar aquella escena, grababa sonriendo los movimientos apresurados y nerviosos de Carmen, que contrastaba con la escena reposada de la mamá y el bebé.

Carmen estaba encantada con aquella situación tan novedosa.

No rores bonito que e-toy aquí co‑tigo—solía decir al oír el lloro de su hermanito o bien:

No rores que me pongo tiste.

Carmen quería enseñarle: a hablar, a andar, a cantar, a comer con la cuchara o con el tenedor, en fin, todo lo que ella sabía. 

Su abuela le decía:

—Vas a tener que enseñarle muchas cosa a tu hermanito. Este niño no sabe nada, es un poco tontorroncito, y Carmen reía diciendo, con un tono de voz que hacía pensar que era todo un piropo:

Sí, e un poco totoroncito

Y al decirlo, le brillaban los ojos de tal manera, que las chispitas  que poblaban sus ojos se convertían en estrellitas y parecían tener ganas de bailotear  dentro, o de escaparse a dar una vuelta en torno al hermanito, para poder apreciar más de cerca, el motivo de la felicidad de su amita Carmen.

Diego era un bebé muy guapo, pero sin duda, con el paso de los días se iba superando. Cada día se parecía más a Carmen, aunque se apreciaba claramente que lo habían realizado en versión masculina. !Era un chicote precioso! Ojos azules como los de su hermana, aunque algo más grandes y redondos, rematados por inmensas pestañas. Lo más gracioso de su cara eran los dos triangulitos que formaban, uno sobre otro, la nariz y la boquita. 

La nariz era un triangulito con el adorno de los dos agujeritos. La boquita entreabierta que habitualmente formaba el otro triángulo, muy pronunciado, por cierto, a veces, principalmente cuando se reía, formaba una línea recta. Bueno, más bien dos líneas rectas paralelas. ¿Cómo podía estirarse el labio inferior gordezuelo y diminuto hasta tener el mismo tamaño que la suma de los otros dos lados del triángulo que formaban el labio superior?  Realmente era un espectáculo, sobre todo por el cambio de expresión de aquella carita sonriente. Era algo que volvía un poco locos a sus papás hermanita y abuelos, porque, sin que nadie dijera ni palabra, todos reían a la vez que Diego, sobre todo Carmen que, como ya habréis observado, pronunciaba la D de Diego como una ere suave: 

–!Ay Riego como te ríes!

 DE NUEVO AL COLE

Tras las vacaciones de Navidad, Carmen volvió de nuevo al baby, perdón, al “cole”.

Le encantó encontrarse con sus viejos amiguitos, sobre todo con Miguel. ¿Qué no sabéis quién es Miguel?,  pues es el defensor de Carmen. El papá de Carmen y la mamá de Miguel son primos, por lo cual ellos también lo son, aunque más lejanos, como dicen los mayores. Pero no es por eso por lo que Miguel defiende a Carmen, es que él la defiende incluso de sus otras primas, que a su vez son primas de Carmen. ¡Qué lío!, ¿verdad?

—. Bueno el caso es que con Miguel no hay problema de que a Carmen le hagan nada malo. !Bueno es Miguel!

Al salir del “cole” le esperan su mamá y su hermanito. Lo primero que hace Carmen es acercarse a su hermanito para hacerle una caricia y darle un beso, y lo hace con mucho cuidado y con un aire protector de personita mayor. !Claro! es que Carmen es mucho, mucho, más mayor que su hermanito y ella lo sabe muy bien, y tiene que tratarlo como tal. Después van a casa los tres para comer con papá, aunque a veces es papá quien va a buscar a Carmen, entonces ella corre hacia papá diciendo papito, papito, y juntos se van los cuatro a casa. Carmen, que ya ha comido en el colegio, se sienta a la mesa en medio de sus papás y se apunta a comer un poquito más con ellos. Después se va a la siesta.

 GOLOSINAS

Carmenes muy golosona le encantan las porquerías. Así es como ella llama a los dulces, debido a que sus papás le suelen decir que tiene que comer esto y lo otro, pero no porquerías, pero a ella lo que más le gusta son las porquerías, y cuando el abuelito le dice que son malas y que le va a doler la tripita si come muchas, ella dice:

No yeye no son malas, son u poquito muenas y u poquito malas.

Y añade moviendo la cabeza de forma afirmativa:

Etas son muenas

Entonces el abuelo que es muy abuelo se ríe y no sabe negarle esa porquería tan muena.

A veces, también su abuela va a buscarla a la salida del “cole”. A ella le ocurre algo muy curioso: sabe que va a buscar a su primera y única nieta que solo tiene dos años, y que es una linda muñequita. Pero cuando después de esperarla impaciente ve abrirse la puerta del baby y Carmen sale… siempre, siempre, se sorprende; es tan chiquitita y con tanta gracia. Ese caminar a saltitos, ese bailoteo de su pelo, esa sonrisa de su boquita y ese brillar de sus ojos…

 ¡No puede evitar pensar que el recuerdo no le sirve para nada, porque es incapaz de retener la sensación de tanta perfección, !hay que verla! Y siente una ternura inmensa y una alegría sin límites, al pensar que esa sonrisa es para ella y que esos saltitos quieren decir que camina contenta a su lado y… ¡yo que se que cosas cree su abuela ante esa cosita! pero os puedo decir, porque lo se de buena tinta, que en esos momentos es la mujer más feliz del mundo.

CARMEN SE ESTA HACIENDO MUY MAYOR.

(Dentro de muy poco cumplirá tres años). 

            Durante el verano ayudaba a mamá a cuidar de Diego, buscándole los juguetes que más le gustaban, recogiéndoselos del suelo cuando los tiraba, que por cierto es algo que Diego sabía hacer muy bien, no en vano tenía ya mucha práctica. También le ha enseñado a decir papa, mama, tata yeye y yaya. Además, cuando le preguntan ¿dónde está la luz?, mira a la lámpara que tiene más próxima y sopla diciendo luff, luff…, al tiempo que el triángulo de su boquita  se transforma en una esfera casi perfecta. 

CARMEN VA AL COLEGIO.

Esta vez Carmen va al cole de verdad, y lleva un uniforme como las chicas mayores. En el cole está con su primita María.

Las mamás de las dos primitas habían advertido a la profesora de que estaban acostumbradas a una siesta y que, como era el primer día que no iban a ir a su casa a descansar con una siesta,  tendrían que llevarlas a esa habitación que tenía el colegio para que las pequeñas durmieran un poquito.

Cuando la profesora estaba dando su clase de lengua, advirtió que en una mesa había dos niñas que no le prestaban gran atención, a juzgar por la postura tan relajada que mantenían.

 Se dirigió hacia ellas para ver qué estaban haciendo. Al aproximarse comprobó que se trataba de Carmen y María. Las dos primas se habían quedado plácidamente dormidas apoyando sus cabecitas sobre la dura mesa de estudio, como si de una mullida almohada se tratase. Entonces  recordó la recomendación de sus madres.

¡No había llevado a las niñas a hacer la siesta!

EL UNIFORME

Carmen estaba encantada con su uniforme nuevo, se encontraba tan bien dentro de él, que no deseaba quitárselo para nada. Tan empeñada estaba en no quitárselo que veréis lo que pasó:

Era un viernes por la tarde, la mamá y la abuelita de Carmen, fueron, junto con Diego,  a esperarla en la parada de su autobús, a la hora de la salida del colegio. Como al día siguiente no tenía que volver al cole, la abuelita dijo a Carmen ¿quieres venir a dormir con los abuelitos?

Carmen no lo pensó dos veces y dijo saltando muy contenta:

—¡Sí, Sí!

Miró a su mamá muy sonriente preguntando: ¿Mamá, puedo ir con la yaya a su casita?

Su mamá esbozó una sonrisa que parecía una afirmación, pero Carmen,  que no lo tenía demasiado claro, buscó apoyo mirando a su abuelita mientras le decía:

—Yaya me quiero dormir en la camita de flores al lado del yeyé ¿vale?

Su abuelita río  contestando:

—!Vale!

Entonces Carmen miró a su mamá esperando el permiso de forma más clara. Su mamá, al fin, le dijo: 

—!Está bien!, pero a ver como te portas, tienes que ser muy buena y hacer caso a todo lo que te manden tus abuelitos. Carmen aceptó con su consabido !vale! y añadió, mientras movía su cabeza afirmativamente para dar más  rotundidez a lo que decía:

—Me voy a cortar muy bien.  

La verdad, Carmen se portó muy, pero que muy bien. Hablo, jugo, cenó, y todo ello haciendo las delicias de los abuelos que la miraban embobados. Solo hubo un problema: Carmen no quería desprenderse de su flamante uniforme, ni siquiera del jersey que llevaba como parte del nuevo uniforme y que sin duda le daba demasiado calor. Pidió a su abuelo que le pusiera la película de “LA DAMA Y EL GAVABUNDO” –así llamaba Carmen a Golfo, el perro vagabundo. El abuelo se apresuró a poner el video y Carmen se sentó frente al televisor y al lado de su yeye como ella llamaba a su abuelito.

A los pocos minutos, la abuelita se dio cuenta de que Carmen estaba sudando y se estaba quedando dormida. Entonces le dijo: 

—Vamos a la cama cariño que estas muerta de sueño.

Carmen contestó intentando abrir mucho los ojos, pero sin conseguirlo:

Epera u poquito que vea al gavabundo

La abuelita insistió:

—Mira cómo estas sudando te voy poniendo el pijama mientras ves la película y cuando termine de vestirte te llevo a la camita y desde allí puedes seguir viendo al vagabundo. Ven vamos a quitar el uniforme.

Carmen contestó, sujetando con las dos manos su jersey, con una fuerza inesperada dado su estado de sueño:

—No yaya, no me quites el uniforme.

—¿Cómo te vas a ir a dormir en la cama con el uniforme puesto? —trató de razonar la abuelita mientras intentaba disimular la sonrisa que amenazaba con convertirse en sonora carcajada.

—Quiero dormir con el uniforme —insistió Carmen mientras cruzaba los brazos sobre su jersey para evitar ser despojada del mismo.

En vano intentó la abuelita hacerle comprender que ya estaba pasando demasiado calor con el uniforme y que además la ropa del colegio era para el colegio. Para dormir, la ropa de dormir.

Al fin llegaron a un acuerdo: Carmen vería  con su uniforme “LA DAMA Y EL VAGABUNDO”  sentada en su camita de flores y después permitiría que le pusieran el pijama para dormir.

De repente, Carmen advirtió que su uniforme estaba húmedo de tanto sudar, sintió una sed inmensa  y pidió agua,  pero no dijo nada del calor que sentía, por si alguien trataba de quitarle el uniforme antes de lo acordado. 

Alguien le llevó un vaso de agua. Carmen empezó a beber y casi sin respirar se tomó un gran vaso, pero seguía teniendo sed  y siguió bebiendo y bebiendo de un enorme vaso. Notó como sus ropas se iban empapando de sudor, pero su sed no se apagaba y siguió bebiendo agua.

Aquél era un vaso muy extraño, parecía crecer en sus manos. Notó cómo cada vez le resultaba mas difícil sujetarlo, además, sus manos también estaban empapadas, !tanto sudaba! El suelo empezó a encharcarse del copioso sudor. 

¡Soltó el vaso!, !qué descanso! y el agua se derramó por el suelo, sintió que, sin hacer ningún movimiento, se deslizaba por la habitación. Muy pronto se dio cuenta de que una pequeña corriente de agua la arrastraba, trató de agarrarse a las patas de la cama de sus abuelos que era más alta que la suya, pero no lo consiguió. Extrañada miró a su alrededor, vio que sus abuelos se habían dormido, quiso gritar para que la cogieran, pero no pudo, no salía ningún ruido de su garganta por más que ella se esforzara.

El agua la arrastraba a través de la habitación sin que ella pudiera hacer nada. En el pasillo intentó de nuevo asirse, esta vez a la barandilla, pero todo fue inútil. Carmen observaba aquel pasillo como si lo viera por primera vez y le pareció largo, muuuyyy   larrrgo, pero… le estaba empezando a gustar el viaje. Estaba sentada en su camita de flores y se  deslizaba por el agua suavemente.

Así llegó a las escaleras, empezando lo más divertido para ella: su camita parecía  deslizarse por un  tobogán a través de una gran cascada. Sintió una especie de cosquilleo en su tripita que le hizo reír feliz, al llegar al descansillo,  la cama se paró rozando la barandilla, Carmen estiró otra vez  la mano pensando agarrarse a ella, pero lo pensó mejor y prefirió dejarse llevar por la corriente. !Realmente aquello era muy divertido!

Volvió a deslizarse como en un tobogán por el último tramo de escaleras y de nuevo sintió aquel cosquilleo. De pronto, la sensación de cosquilleo se hizo más fuerte, ¿qué está pasando? se preguntó Carmen. El agua al caer sobre la tarima del hall había taladrado el suelo y hecho un profundo agujero, por allí se estaba precipitando la camita de flores con Carmen encima. Estaba todo muy oscuro, pero Carmen no tenía miedo, lo que sentía eran ganas de reír como cuando su mamá le hacía cosquillas en la barriguita.

Por fin llegó a un lugar muy luminoso, desconocido, pero hermoso. Carmen sobre su camita se encontraba en medio de un riachuelo, cuyas orillas estaban llenas de flores. Vio a lo lejos unos animalitos que se movían lentamente. A medida que se iba acercando le pareció reconocer a uno de ellos, un gallo muy arrogante vestido con ricas plumas, con la cabeza muy tiesa moviendo su hermosa cola.

Cuando su improvisada barca  se estaba acercando al gallo, Carmen le dijo alzando la voz cantarina:

—!Hola señor gallo!

El gallo no contestó. Tal vez no la había oído.

Ya mas cerca le preguntó:

—¿Tú eres el gallo Kiríco?, ¿verdad?

—¿Por qué lo preguntas? —contestó el gallo de manera altanera, parándose a mirar a Carmen por encima de sus ahuecadas plumas—. ¿Por mi vestido de plumas tan rico ?

Es que mi yaya me ha contado el cuento de un gallo muy presumido que iba a la boda del tío Perico, y un gusanito, que estaba metido en el lodo, le dijo que lo llevara con él a la boda. El muy fresco, se lo comió. Pero entonces se manchó su pico, y  al ver que tenía manchado de lodo su pico, todos le preguntaban: ¿Dónde está gusanito? 

—¡Pero yo no llevo manchado de lodo el pico! —añadió muy orgulloso:

—¿No ves que mis plumas relucen de limpias y mi pico brilla como el sol?

Carmen, que se había agarrado a unos juncos que crecían dentro del río, cerca de la orilla, para poder hablar con el Gallo Kiríco, le respondió un poco desilusionada:

—Eso no importa, has tenido mucho tiempo para poderte limpiar el pico y las plumas. ¿Quieres que haga la prueba de llamar a gusanito?

El gallo alzó las alas despectivamente, entonces Carmen empezó a llamar con su más agudo timbre de voz:

—Gusano, gusanito ¿dónde estás que hoy no te he visto? 

Carmen extremó su atención, esperando que, como en el cuento que tantas veces le había contado su abuela, el gusano respondiera: 

—”Aquí, aquí estoy, en la tripita del gallo Kiríko que me lleva a la boda del tío Perico”. 

Pero se produjo un silencio total, el gusanito no respondió y Carmen de nuevo repitió la pregunta .

—Gusano, gusanito ¿dónde estás que hoy no te he visto? 

De nuevo, silencio.

Entonces el Gallo empezó a reírse: ¡Ki Ki Ri Ki!, ¡Ki Ki Ri Ki!,  ¡Ki Ki Ri Ki! —se reía con tantas ganas que no fue consciente del terreno resbaladizo que pisaba—. Mientras se reía dio un resbalón que le hizo perder el equilibrio y fue a caer a la orilla del río que estaba lleno de barro, sus hermosas y brillantes plumas quedaron sucias, embarradas, lo mismo que su pico que quedo hincado en el barro de forma bastante graciosa.

Se levantó presuroso, miró en todas las direcciones avergonzado, esperando que nadie se hubiera dado cuenta de su poco elegante postura, y cuando vio que Carmen lo estaba mirando sonriente y a punto de soltar una enorme carcajada, se fue a todo correr.

En ese momento Carmen oyó una voz muy tenue que le llamaba por su nombre:

—Carmen, Carmen.

Miró hacia el lugar de donde provenía la voz  y vio cómo, de entre el lodo, se asomaba un gusanito diciendo:

—Hola Carmen, Perdona que no te haya contestado cuando me has llamado, pero no quería que me viera ese Gallo fanfarrón, primo del gallo Kiríko, porque si me llega a ver, él también hubiera intentado llevarme… dentro. 

Sin dar tiempo a que Carmen reaccionase de su sorpresa Gusanito preguntó: 

—¿Qué haces aquí? ¿A dónde te diriges?

Carmen, ya repuesta de la sorpresa de conocer a Gusanito, respondió haciendo broma como en el cuento de su abuela:

—!Qué se yo!, ¡qué se yo! Que lo adivine quien sea más listo —y con una preciosa sonrisa añadió—: ¿Me quieres acompañar?

—!Uy no!, contesto Gusanito.  ¡Se esta aquí tan calentito! 

Y mientras lo decía, se fue hundiendo más en el cálido lodo.

Carmen se encogió de hombros al tiempo que dejaba de sujetarse a los juncos y siguió deslizándose lenta y plácidamente por medio del riachuelo. 

Una abeja empezó a dar vueltas al rededor de su cabecita. Era inconfundible, Carmen exclamó llena de entusiasmo, mientras juntaba sus manitas aplaudiendo:

 —!Bieeen es la abeja Maya!

En ese momento se incorporó a la danza Willy, el querido amigo de Maya, que también revoloteaba sobre Carmen. Ambos estaban jugando a pillarse, pero, por un instante, se pararon para hacerle una caricia a Carmen con sus pequeñas alas, mientras le decían:

—Adiós, adiós Carmen, que tengas buen viaje ya nos veras en la “tele”.

Continuó su camino contemplando el maravilloso paisaje que se ofrecía ante sus asombrados ojos. Miraba cada flor, admirando la intensidad y variedad de sus colores, y a las mariposas que se posaban sobre ellas compitiendo en colorido. Seguía como embobada el suave movimiento de su vuelo de flor en flor, hasta que  a lo lejos vio un niño con un extraño casco en la cabeza.

A medida que se iba acercando le iba pareciendo más familiar aquella figura, hasta que por fin lo reconoció, no en vano lo veía todas las semanas en la TV. 

Ese debe ser Viki el vikingo —pensó—. El niño estaba partiendo un tronco y Carmen dejó que  su camita se acercase a otra  mata de juncos para agarrarse de nuevo. Cuando lo hubo conseguido, le preguntó:

—¿Qué haces Viki?

—Hola Carmen, contestó Viki el vikingo, agitando la mano en señal de saludo.

—Estoy haciéndome un barco para ir a navegar por el mar. 

Entonces se fijó en la cama de flores de Carmen y le preguntó:

—Y tú, ¿de donde has sacado esa barca tan rara? ¿Quién te la ha hecho? ¿No me digas que te la has fabricado tú solita? ¿Has navegado con ella por el mar? ¿Qué tal se porta en el mar?         

—!Vale!, !vale! —dijo Carmen

—Si no dejas de hacerme preguntas no te puedo contestar.

—Perdona —dijo Viki un poco avergonzado—, pero … es una barca tan extraña.

—Escucha —dijo Carmen—, esto no es una barca.

—!Ah no! Pues entonces, ¿qué es?

—Es una cama —respondió Carmen sin inmutarse lo más mínimo—. Es la camita que tienen mis abuelitos solamente para mi.

—¿Una cama? !Una cama! —Grito asombrado Viki al mismo tiempo que comenzaba a reírse, sin duda muy divertido con la situación.

—Ja, ja, ja, ja, !una cama!

Repetía una y otra vez, sin poder contener la risa.

Carmen lo miraba haciendo aletear sus hermosas pestañas, ella deseaba reír al igual que Viki, aunque no acababa de entender el motivo de su risa, pero como era muy contagiosa, Carmen dejó, que de su garganta se escapara aquel sonido cantarín, como si se tratara de un grupo de notas musicales y armoniosas  que se escaparan de unos violines.

Realmente, oír reír a Carmen era como escuchar un alegre minueto.

Viki, continuó entre risas:

—Pero ¿cómo se te ha ocurrido salir a navegar con una cama?

—!No seas tónto!, a mi no se me ha ocurrido navegar, ni siquiera se lo que es navegar…, pero…, de repente…,  yo estaba en la casita de mis  “yeyes” sentada en mi camita de flores, viendo en la televisión “La Dama y el Gavabundo”  y … no se qué ha pasado, pero … he llegado aquí y … ya ves donde estoy. 

—Por cierto, ¿dónde estoy?

Viki intentó explicarle dónde se encontraban, mientras trataba de darle la mano para que bajase de la cama y diese un salto hasta donde él estaba, pero Carmen no podía moverse, estaba como pegada a la cama. 

En ese momento la cama empezó a dar vueltas sobre sí misma por culpa de un remolino, parecía como si se hubiera montado en los caballitos y estos se hubieran vuelto locos. Carmen decía: 

—Vamos Viki, móntate aquí conmigo, esto es muy divertido.

De pronto, oyó otra voz muy conocida que no pertenecía a Viki. 

—¿Qué pasa cariño, te has quedado dormida viendo “La Dama y el Vagabundo”? Ven que te ponga el pijama para que duermas más tranquila.

Carmen hizo un gran esfuerzo para abrir los ojos y mirar a su alrededor, estaba en su camita de flores, sí, pero… no estaba en el río, estaba en el dormitorio de sus “yeyes”, y estos la contemplaban muy divertidos.

!Que pena!  —pensó Carmen—,“con lo bien que lo estaba pasando”. Voy a dormirme rápidamente, a ver si todavía sigue en el mismo sitio esperando para jugar conmigo, Viki el vikingo.

Y mientras su abuelita le ponía el pijama, Carmen cayo en un sueño tan profundo como sólo los niños de tres años son capaces de disfrutar.

Para Carmen. De su abuelita, en el día de su tercer cumpleaños.