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Antes de embarcar para navegar hasta al Tortuguero hicieron dos paradas. La primera, para recoger a tres personas que iban a realizar el mismo itinerario que ellos: un matrimonio español, con un chico de la edad de Diego; y la segunda, para visitar una bananera, donde se cortaban y cargaban manojos de plátanos, que quedaban suspendidos por medio de unos cables que servían de cinta transportadora. Avanzaban colgados del cable de forma automática desde la platanera al lugar donde se embalaban y se cargaban en el camión frigorífico que los iba a transportar.

La segunda parada solo duró una hora escasa, pero las cámaras fotográficas trabajaron incansables y para todos resultó muy interesante. El vehículo continuó atravesando la carretera que exhibía a sus dos lados inmensos platanares, hasta que el paisaje fue cambiando haciéndose más denso su verdor, pero ya sin plátanos.

Al fin, pararon a poca distancia del embarcadero. El lugar era muy húmedo, y el terreno, ligeramente pantanoso, por lo que no permitía al vehículo continuar y menos aún con tanto peso como transportaba. Un grupo de hombres los esperaban para trasladar los equipajes de los viajeros a una lancha motora.

Mientras, tomaron un pequeño refrigerio en la terraza de un rústico restaurante próximo, donde abundaban las iguanas. Terminaron con un ligero café del lugar hecho a la manera antigua, de puchero. Apremiados por el guía, no perdieron ni un minuto más de lo necesario y regresaron al embarcadero.

Una vez en la motora, el último de los chicos comenzó a hablar con los cuatro primos después de haberles dicho su nombre: Pedro. Les contó que era la tercera vez que hacía el viaje a Costa Rica, que habían llegado hasta el lugar donde los habían recogido en una avioneta que pilotaba su padre.

—¿Habéis venido desde España en una avioneta? —se asombró Pablo.

—Qué dices, Pablo, eso es imposible —respondió Diego adelantándose a las explicaciones del nuevo compañero de viaje.

—Ya, por eso. Me parecía muy raro.

—No, qué va, la alquilamos en un aeropuerto que está cerca de donde aterrizó nuestro vuelo desde España. Después hacemos escalas en los distintos campos de aterrizaje que hay por todo el país, porque las carreteras son espantosas, según dice mi padre. Pero claro, siempre sobrevolamos el Tortuguero y nos perdemos esta ruta por el río, que debe de ser chulísima —tomó aire para poder seguir explicando con la misma rapidez—, así que mis padres han accedido a mi deseo y esta vez veremos el mismo paisaje, pero desde el agua, observando animales que no se pueden divisar bien desde la avioneta.

Los primos miraron a los chicos noruegos esperando que se integrasen en su charla, pero un gesto del padre les indicó que debían permanecer en sus asientos. Se le veía enfadado.

En un momento de la conversación el guía pidió excusas al noruego. Le explicaba que, tal vez, se había producido un error imposible de subsanar, ya que en esas fechas no quedaba ningún otro guía libre que pudiera hacer con ellos la ruta del Tortuguero, pero que estaba seguro de que se iban a sentir muy bien con sus compañeros de trayecto, teniendo en cuenta que los chicos eran de edades semejantes y que el grupo era muy reducido. El noruego respondió algo en su idioma que el guía dijo no entender, pero él no se lo repitió. El noruego, con su actitud, dejaba claro que la solución no había resultado de su gusto.

El Parque Nacional de Tortuguero es un lugar al que solo se puede acceder en avioneta o en bote, y no en cualquier clase de embarcación. Para respetar el medio ambiente, los botes deben tener unas características ecológicas, además de su correspondiente licencia para poder surcar aquellas aguas que van a desembocar al mar Caribe, y los pasajeros deben ir acompañados de un guía que pertenezca a dicho parque. Por tanto, no había otra posibilidad para los noruegos que compartir guía y barco con nuestros protagonistas.

El viaje resultó impresionante. Entusiasmó a todos, principalmente a los chicos. La vegetación lujuriosa invadía las orillas eliminándolas casi en su totalidad, enormes ramas que tenían sus raíces hundidas en la tierra surgían del agua a más de un metro de la orilla. Cuando a cierta distancia parecían divisar un tronco en la superficie, el bote se acercaba con cautela y el guía les pedía que hablaran bajo, porque en muchas ocasiones lo que parecía un tronco era un cocodrilo o un caimán de anteojos, característico de América central, o a veces un caimán almizclado, propio de la América tropical, y aunque estaban acostumbrados a los gritos del conjunto de animales que poblaban el Tortuguero, se asustaban con las voces humanas.

Debido a estas recomendaciones del guía, cuando topaban con esta clase de reptiles las exclamaciones de admiración las hacían en voz baja para no espantarlos, lo que parecía una broma si se tenían en cuenta los continuos chillidos de los monos aulladores, la algarabía del canto de los pájaros, con sus continuos movimientos de rama en rama, y el máximo agitador de las mismas, el mono capuchino carablanca.

El bello y colorido plumaje de la gran variedad de pájaros, principalmente tucanes, de cortos y continuos vuelos, parecía confundirse con el de algunas plantas de flores de gran tamaño y de variados colores con intensas tonalidades.

Todos ellos y algunos pobladores más del bosque tropical, apenas perceptibles, contribuían a crear la ilusión de una explosión multicolor; una orgía de vivos y luminosos colores que los tenía absortos mientras discurrían por los distintos meandros, que a modo de telón que se va levantando poco a poco les permitía ir descubriendo nuevos paisajes.

Resultaba espectacular cuando a distancia se divisaba lo que parecía el comienzo de una pequeña isla verde con denso follaje, aunque en realidad solo era el efecto óptico de un meandro, o de la bifurcación en dos ramales del mismo río, lo que ocurría a menudo.

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