En esta ocasión os quiero presentar a un malévolo personaje de mi libro. Una famosa catedrática de Egiptología. Aunque es pura ficción está inspirada en alguien que conocí en mi primer viaje a Egipto.

Se que no descubro nada si digo que Egipto es una maravilla. Volví una segunda vez y no me importaría repetir, por supuesto siempre incluyendo una navegación por el mítico Nilo y un baño a su paso por la antigua Nubia. Aguas cristalinas y arena del desierto nubio.

 Capítulo II:  Egipto

Ante el espejo, Tamoú se observó satisfecha de la imagen que le devolvía el cristal azogado. Parecía la representación de su idolatrada Isis. Un precioso y etéreo vestido azul muy pálido, de gasa plisada desde los hombros caía a lo largo de su esbelta figura, hasta rozar el suelo. Una banda de color azul intenso, acentuaba la estrechez de su cintura, en su parte delantera, dejando libres los pliegues de la espalda.

En los parpados, el maquillaje utilizado tenía el mismo tono azul intenso. Sus ojos, profundamente negros, estaban remarcados por líneas igualmente negras, que se expandían mucho más allá del final de sus pestañas. Se había maquillado utilizando los productos naturales que a lo largo de siglos habían empleado reinas y princesas egipcias. Desde los tiempos más remotos habían potenciado la belleza de sus rostros con aquellos polvos que les permitían destacar su hermosura, brillando con luz propia en la capital del reino: Menfis primero, más tarde en Tebas, gracias a aquella paleta multicolor que resultaba tan atractiva.

Había seguido el ritual que ella, Tamoú, tan bien conocía. El efecto estaba a la vista. Una cinta con pequeñas piedras colgando alrededor de su cabeza, sujetaba su abundante mata de pelo azabache. Una gargantilla y unos brazaletes en oro y lapislázuli le servían de complemento. ¡Ya podía comenzar con los conjuros!

Inició sus invocaciones a Isis y a Set, quemó diversas hierbas, cuya exhalación unida al humo, efecto de la combustión, tenía la facultad de transportarla en el tiempo y en el espacio -así se sentía Tamoú-. Habló con su admirada Isis y rogó su intercesión a Set. Cuando estuvo segura de haber logrado sus peticiones, dio las gracias y permaneció unos minutos leyendo aquel antiquísimo libro. Después realizó unos extraños movimientos sobre una piedra verde.

Una sonrisa malévola y triunfal se dibujó en su rostro excesivamente maquillado, pero que no lograba disminuir el efecto aterrador de su satisfecho gesto. Aquella poderosa imagen hubiera provocado estupor, desconcierto, incluso miedo, en cualquier mortal.

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